Resistencia a la verificacion

Ricardo Hepp

Ricardo Hepp

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“HAY verdades que por sabidas se callan, y por calladas se olvidan. Y hay falsedades que, por excesiva repetición, tornan dudosa la misma verdad. Es un fenómeno de error y negación: primero se desacierta por ignorancia; luego se toma lo falso por verdadero y, por último, se desarrolla una resistencia a la verificación”.

La interesante reflexión la aporta el profesor de derecho político y constitucional Neville Blanc R., que indica que ha leído en textos periodísticos -que no identifica- la expresión: “Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”, atribuida a don Quijote de la Mancha. Agrega que “el ingenioso hidalgo nunca le dijo esas palabras a Sancho, su escudero, y que no hay en la novela de don Miguel de Cervantes y Saavedra ningún pasaje donde se pueda leer esa frase”.

En su carta, el académico cita, además, varias otras expresiones de connotación culta que tampoco son ciertas. Por ejemplo: “Elemental, mi querido Watson”. Asegura que Arthur Conan Doyle, creador del famoso detective Sherlock Holmes, “nunca empleó esa frase en sus cuentos y novelas”.

Pero nos quedamos con “ladran, Sancho...”, que incluso presenta variantes que acomoda quien usa la expresión, pero todas ellas erróneas en cuanto al supuesto origen. Expertos bibliófilos le han seguido la pista a esta locución y, tras descartar al Quijote, concluyen que la acuñó otro gigante de las letras universales, el alemán Johann Wolfgang von Goethe. En uno de sus poemas -escrito en 1808- y titulado Kläffer (que es el nombre que se da en alemán a los perros chicos de ladrido chillón), el poeta -en traducción libre- dice: “Quisieran los perros del potrero / por siempre acompañarnos / pero sus estridentes ladridos / sólo son señal de que cabalgamos”. 

¿Nacería la expresión de la pluma de Goethe o éste la recogería de escritos anteriores?

 

Vientos de guerra

El lector Carlos Bande señala que La Tercera, en la sección Mundo, publicó el domingo 29 de junio una información titulada “Bosnia conmemora dividida el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial”. Indica que en el texto “se señala que la ciudad (Sarajevo) era entonces capital del imperio austrohúngaro..., lo que no es cierto”. El lector agrega que también se publica una fotografía que no lleva ninguna explicación”.

Tiene razón: Sarajevo no fue capital imperial. Allí, el 28 de junio de 1914, se produjo el magnicidio del archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José y heredero de la corona, y de su esposa, la princesa Sofía de Hohenberg.

El imperio austrohúngaro tuvo dos ciudades capitales: Viena, en Austria, donde residía el emperador, y Budapest, capital del reino de Hungría, que gozaba de una autonomía relativa. Desde 1867, Sarajevo fue capital de la provincia de Bosnia y, más adelante, también centro administrativo del condominio de Austria y Hungría. Al margen del asesinato que detonó la “Gran Guerra”, a Sarajevo se la recuerda también como sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984, cuando la ciudad pertenecía a la hoy disuelta Yugoslavia. Y, tal como acusa el lector Bande, la fotografía que acompaña a la información, en lugar de aportar al contexto, confunde con una situación que no explica.

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