Una cultura del respeto

Ricardo Hepp

Ricardo Hepp

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A RAIZ DEL atentado ocurrido el 7 de enero en París, que dejó doce víctimas fatales, entre ellas el director del semanario satírico francés “Charlie Hebdo”, algunos dibujantes e ilustradores y dos policías, se ha generado un intenso debate en torno a la libertad de expresión y a sus eventuales límites. No sólo en Chile, también en otros países.

 

Varios lectores han escrito en los últimos días para opinar y proponer una gran variedad de restricciones “para que algo así no vuelva a ocurrir”.

 

La libertad de expresión figura en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y dice: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

 

El texto, que data de 1948, no incluye restricciones. Han sido los hombres -de aquí y allá- quienes han buscado restringir esta libertad o darle alcances distintos. Muchas sociedades reconocen hoy algunos límites, en especial cuando estiman que la libertad de expresión entra en conflicto con otros derechos y valores que éstas consideran fundamentales. Pero, no se detienen allí. También aplican otras medidas coercitivas que tienen graves efectos en múltiples aspectos de la vida diaria. En el ámbito de la prensa, la libertad de expresión es el marco, y en él están contenidas, entre otras, las libertades de información, de opinión y el derecho de las audiencias de ser informadas. Edison Lanza, el actual relator especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, en artículo escrito para el diario El País de España, pregunta: “¿Sería sensato limitar los discursos ofensivos hacia las creencias religiosas en aras de fomentar la tolerancia?”.

 

Un límite -de haberlo- podría ser de autorregulación: una cultura del respeto asociada a la educación. Los jóvenes aprenderían a buscar, difundir y recibir información; y a respetar a quienes piensan o se expresan distinto. También permitiría que, más adelante en sus vidas, estos mismos jóvenes pudieran apoyar o disentir de sus autoridades, opinar, defender o reprobar decisiones políticas, estudiar en espacios de libertad académica, y apreciar la literatura y manifestaciones artísticas sin dictados previos. Y, claro, podrían escoger libremente a qué medios brindarles credibilidad y a cuáles, no.

 

Dos alternativas...

 

En el cuerpo de Reportajes de La Tercera del domingo 28 de diciembre el columnista Héctor Soto, en entrevista al ex presidente Ricardo Lagos, dice: “Hay dos alternativas...”. La lectora María Ester Gómez señala que la palabra “alternativa” figura en casi todos los diccionarios como una “opción entre dos cosas”. Ella piensa que el columnista debió decir “hay una alternativa...”. 

 

En respuesta a una consulta que hice a la Real Academia Española, el académico de turno sostuvo que el término “alternativa” es “opción entre dos o más cosas”, pero también “cada una de las cosas entre las cuales se opta”. Decir que “hay dos alternativas”, como escribió el columnista Héctor Soto, es correcto.

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