Precedida de buena crítica, de todo tipo de comentarios entusiastas y distinguida con el Premio La Otra Orilla, galardón que desde el año 2005 entrega editorial Norma, la novela Necrópolis, del colombiano Santiago Gamboa, es un libro decepcionante y, a ratos, aburrido. Según el jurado del certamen (el mexicano Jorge Volpi, el español Pere Sureda y el chileno Roberto Ampuero), la obra en cuestión "logra generar un efecto de intriga y extrañeza que implica un riesgo narrativo que el autor supera con mucha pericia". Sin embargo, no hay que ser demasiado perspicaz para constatar que se trata de un desacierto.
Necrópolis es una obra ambiciosa, cosmopolita y extensa. Pero detrás de estos adjetivos, que en un principio podrían sonar atrayentes para el lector, no existen rasgos literarios dignos de destacar. En suma, tenemos un enorme tinglado por donde transitan personajes exóticos, medianamente exóticos o normales (un predicador cristiano estadounidense de pasado penitenciario, una estrella porno italiana, un escritor colombiano que hace dos años no escribe una línea), tenemos un exceso considerable de palabras y de historias secundarias, pero no tenemos algo similar a una frase iluminadora por la inteligencia que contiene o algún indicio de que la literatura, a fin de cuentas, es un ejercicio artístico.
Ambientada en un futuro inmediato, gran parte de la novela se desarrolla en una Jerusalén devastada por el conflicto bélico que animan judíos y árabes (de ahí el título del libro). En medio del caos producido por los bombardeos, los protagonistas participan en un encuentro que ha organizado el Congreso Internacional de Biógrafos y de la Memoria. Además de las vivencias propias del narrador, el escritor colombiano, las historias giran en torno a un anticuario húngaro, un bibliófilo especializado en textos religiosos judíos, la actriz italiana, el empresario que debió escapar de Colombia y José Maturana, el pastor evangélico que provino del vicio y de la miseria.
Al igual que Roberto Bolaño (al principio de la novela hay una sentida alusión a él), Santiago Gamboa ha escrito un libro gigantesco que aspira a dar forma a un universo complejo, hermético y violento por el que deambulan personajes peculiares que, forzosamente, han de contar con voz propia y distinguible. Pero, a diferencia del chileno, el colombiano falla en la profundidad de la palabra: no basta con entrelazar de buena manera un número de historias más o menos paralelas, así como tampoco fue suficiente el evidente esfuerzo puesto en definir la estructura de Necrópolis. De hecho, hoy en día es muy difícil deslumbrar al lector informado con las puras ansias de la ambición, sobre todo si es que el lenguaje elegido no pasa de ser el del correcto periodismo.
Dicho en pocas palabras: Necrópolis es una novela en la que abundan las alusiones literarias, pero que, a excepción de un cansador monólogo de Maturana repleto de tropicalismos y raptos de spanglish, está escrita en un lenguaje bastante plano. Aquí primó la necesidad de narrar muchas historias a la vez por sobre el cómo narrarlas. Y esto suele acarrearle al lector decepción y, en último término, aburrimiento.
Necrópolis
Santiago Gamboa
Norma
455 páginas
$ 12.900