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7 de julio de 2008

MUNDO

John Pinchao, el hombre que burló a las Farc

El suboficial secuestrado en 1998 y que compartió varios años de cautiverio con Ingrid Betancourt relata su experiencia a La Tercera.com.

Pia Rubio Molina


05/07/2008 - 15:13

Si hay alguien que sabe lo que significa estar en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) es John Frank Pinchao, el suboficial de la Policía de Colombia que durante casi nueve años estuvo cautivo por la guerrilla y que el 28 de abril del año pasado, tras una larga travesía de 17 días a través de la selva, recuperó su libertad.

Pinchao, secuestrado el 2 de noviembre de 1998 tras un intenso combate entre los guerrilleros y las fuerzas policiales de Mitú (pueblo ubicado en medio de la selva colombiana), compartió varios años de su secuestro con Ingrid Betancourt. De su paso por la selva así como su relación con la ex candidata presidencial colombofrancesa el joven oficial colombiano conversó con La Tercera.com.

Durante su cautiverio a manos de las Farc, coincidió con muchos oficiales y políticos. ¿Cuándo conoció a Betancourt?, ¿Cómo describiría su relación?
A fines de 2003 fue la primera vez que vi a Ingrid Betancourt, que estaba con Clara Rojas y Eladio Perez, quienes habían sido detenidos por la guerrilla, luego de que ésta decidió que lo mejor era secuestrar políticos, porque pensaban que así conseguirían ejercer una mayor presión para lograr la liberación de sus guerrilleros. En el fondo lo que ellos querían era un triunfo político, sentir que ellos habían triunfado en su petición. Pero yo empecé a compartir más con ella a finales de 2004, cuando nos dividieron en grupos de 10 personas. En el mío quedaron 6 policías, dos militares y dos políticos que eran Ingrid Betancourt y Eladio Pérez. A partir de allí iniciamos una nueva etapa del secuestro.

Se ha dicho en reiteradas ocasiones que ustedes con Ingrid Betancourt y Eladio Pérez generaron una especial amistad, pese a tener posiciones distintas en muchos puntos ¿Cómo describiría esta amistad?
La verdad es que teníamos diferencias como uno tiene con cualquier amigo, nada insalvable. Con Ingrid teníamos discusiones constructivas. Por ejemplo yo no quería estudiar, porque a mi edad me parecía que ya no servía, porque terminaría a los 40 años y en el mundo laboral a esa edad ya no se es productivo. Entonces siempre le decía que si estudiaba lo haría por satisfacción personal y no por más. Pero ella siempre me reiteraba que tenía que estudiar, que debía hacerlo (...) Ella influyó mucho, ahora estoy reiniciando mis estudios universitarios. Estoy estudiando Relaciones Internacionales y Estudios Políticos y, bueno, finalmente ella triunfo. Influyó y de forma positiva porque Ingrid es una persona que siempre está incentivando a la gente a que mire más allá, a que no deje de soñar, a que proyecte y trabaje. Es una líder natural. Ella siempre iba un paso más allá, me motivó mucho. Su fuerza, su carácter, su forma de ser fueron un ejemplo para mí. El hecho de ver a una mujer emprender una huida en las condiciones adversas, arriesgando la vida en busca de la libertad, es un acto digno de imitar y eso fue lo que hice. Fue una amistad muy enriquecedora.

Es difícil imaginar las condiciones en que vivía, ¿Podría describir esto y alguno de los campamentos en los que estuvo?
Bueno, lo esencial es que estábamos casi siempre encadenados las 24 horas. Nos encadenaban del cuello de un secuestrado al de otro y compartíamos espacios muy reducidos. Irónicamente, una selva tan inmensa y nos tenían confinados a espacios tan pequeños que incluso en una ocasión estuvimos en un campamento al que bautizamos como "tabla y media". Era una pequeña habitación de unos 5 metros de largo por 6 metros de ancho, donde tuvimos que convivir durante uno o dos meses un grupo de 30 secuestrados. El día que llegamos allí, todos quedamos de pie, no imaginamos como dormiríamos ahí, porque apenas había espacio para estar de pie. Hasta que alguien se le ocurrió que nos dividiéramos 15 por cada lado, es decir, recostarnos enfrentados, topando las plantas de los pies. Entonces alguien contó las tablas del piso y calculó que a cada uno nos correspondía tabla y media, algo así como 30 centímetros de espacio para dormir. Acá, literalmente se cumplía hombro con hombro. Al igual que todos los campamentos, estaba completamente forrado en alambre de púas. Yo tengo una marca de ellas en uno de mis brazos. Todos los campamentos eran como un campo de concentración.

¿En qué consistía un día normal para ustedes?
Generalmente nos despertábamos a las 5 A.M. con la radio, aunque había ocasiones en que nos la quitaban por supuestas razones de seguridad. Nos dejaban totalmente incomunicados. A las 6 nos quitaban el candado y nos permitían ir al baño, que es un hoyo en la tierra, al que se va con el compañero. Después nos repartían café y tomábamos desayuno, el que muchas veces era solo un café. Después a media mañana cada uno se dedicaba a lo que quería. Algunos hacíamos deporte, otros leían, hacían artesanías o simplemente conversaban. Nosotros además de deporte, aprovechábamos de aprender cosas nuevas. Por ejemplo, Alan Jara nos enseñó inglés, ruso, geopolítica, política, incluso, hasta a jugar cartas. Ingrid también lo hacía. Me dio clases de francés, de política, de historia. Era una búsqueda de tener un motivo más de soportar la situación.
Al mediodía almorzábamos, por lo general legumbres. Después de esto, nos llevaban a bañarnos. Nos daban 15 a 20 minutos y luego debíamos regresar al campamento. Después continuábamos con las actividades del día hasta las 5 P.M. cuando cenábamos, nos lavábamos la boca y ya a las 6 debíamos ir a dormir. Dormíamos en hamacas cubiertas de una tela impermeable. Todo esto encadenados. Era una relación prácticamente de siameses, todo tenía que hacer de a dos, incluso ir al baño. No hay independencia, la distancia de la cadena entre cada secuestrado era de una metro, un metro treinta. Es decir, si se caía uno de los dos rehenes caía también la pareja. Esto era muy riesgoso en las caminatas, porque muchas veces pasó y se comprometió la vida de los rehenes. Teníamos que bañarnos juntos e incluso aprendimos a chapotear y a cruzar ríos en pareja. Estas cadenas eran un curso real de tolerancia. Permanecer encadenado es una sensación de humillación, de impotencia tremenda.

Por último, ¿Conversó con Ingrid después de su rescate?
Sí, ese mismo día tuve la oportunidad de saludarla. Ella estaba emocionada, feliz. Para mí es una gran felicidad y espero que así como ella regreso, el resto de mis compañeros que aún están secuestrados también lo puedan hacer.


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