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24 de agosto de 2008

NACIONAL

Los tesoros desconocidos que se conservan en la bóveda del Archivo Nacional Histórico

En sus ocho depósitos, la institución contiene piezas valiosas del pasado colonial y del pensamiento íntimo de los próceres.

Claudia Urzúa


24/08/2008 - 09:08

A salvo de la luz y los cambios de temperatura que pueden dañar las delicadas páginas reposan en la semipenumbra de la bóveda del Archivo Nacional cientos de miles de documentos históricos, a la espera de que alguien se interese por ellos. Que siempre los hay, pero podrían ser más.

"Creo que gran parte de la ciudadanía desconoce la rica documentación que hay aquí", comenta Osvaldo Villaseca, el director del archivo, desde su amplia oficina con lámpara de lágrimas y muebles antiguos. La institución funcionó hasta 1983 en la sección Periódicos de la Biblioteca Nacional, y llegó a ocupar su actual sede una vez que el Museo Histórico Nacional, radicado allí, se trasladó a la Plaza de Armas. 

El archivo fue creado en 1925, pero desde la Colonia siempre se tendió a conservar los documentos importantes. "Nuestro sistema administrativo está basado en el papel: si las cosas están escritas, existen", explica la historiadora Emma de Ramón, coordinadora de la institución. Con las manos enguantadas sostiene el Libro Becerro y muestra "el documento más antiguo que existe en Chile": el acta de la fundación de Santiago (1541), firmada por Pedro de Valdivia.

Cada estante de la bóveda y la antebóveda poseen un tesoro. Aunque tiene varias ediciones y ha inspirado obras de teatro y películas, el original de "Cautiverio Feliz", de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, el español apresado por los indígenas en el siglo XVII, sorprende con sus hermosos dibujos.

"En síntesis, se pueden encontrar en el Archivo documentos de las instituciones coloniales y de las entidades del período republicano, como ministerios y otros servicios del Estado, más colecciones donadas de personajes de alta importancia, como políticos, diplomáticos, abogados e historiadores", resume Karin Pereira, encargada de la sala de lectura. Con ojo experto, identifica el volumen donde está el testamento que, en 1662, escribió para La Quintrala el notario Pedro Vélez.

Como tantas mujeres de la época, Catalina de los Ríos y Lisperguer no sabía escribir y, además, ya estaba muy enferma.

En los depósitos se guardan, restauran y conservan las cartas de los próceres, el acta de posesión del Estrecho de Magallanes, el testamento de Catalina de los Ríos y Lisperguer, el descubrimiento del mineral de plata Chañarcillo, detalles cotidianos como menús en francés para comidas elegantes y, por supuesto, todas las Constituciones. Incluso yace en la bóveda, en un muy bien cuidado tomo, la última modificación a la Carta Fundamental firmada por el ex Presidente Ricardo Lagos en 2005. Aunque por ley tenía cinco años para transferir el documento al archivo, Lagos se adelantó "por su especial sensibilidad con el tema histórico", explica Emma de Ramón.

La última colección privada recibida por la institución es la de Orlando Letelier, el ex canciller del gobierno de Salvador Allende. Incluye objetos como el maletín que usaba el día en que fue asesinado en Washington. Las pulcras cajas comparten el estante con una de las posesiones más valiosas del archivo: la colección Jesuitas en América, declarada Memoria del Mundo y protegida por la Unesco, que contienen la situación de las posesiones jesuitas tras su expulsión de las tierras bajo dominio español en 1767.

Estos testimonios, cuya obtención en sí son una historia, están disponibles mayoritariamente en microfichas o avanzando hacia la imagen digital. Basta acreditarse, revisar con paciencia los catálogos de los fondos y pedir (en los horarios determinados) los volúmenes que se desee revisar. Ahí empieza la búsqueda.

Respirar el aroma seco del papel o del cuero envejecido y cargar los tomos de cinco kilos es privilegio de escogidos, pero la historia, que es lo que cuenta, está a mano para todos.


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