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8 de noviembre de 2008

TENDENCIAS

"Carrete" con guardaespaldas

Un guardián que los acompañe, que evite que manejen con alcohol, los asalten o terminen en la clínica tras una pelea. Cada vez más, hay familias que están dispuestas a pagar para proteger a sus hijos en las salidas nocturnas.

Marisol Olivares


07/11/2008 - 13:23

Después de muchos litros de cerveza rubia y varias horas de alegre y despreocupada conversación, Matías se despidió de sus compañeros de universidad y caminó tambaleante por la vereda. Su auto no estaba lejos, sólo era cuestión de enfocarse para llegar. Pero no alcanzó. En el camino aparecieron tres hombres, le quitaron las llaves del auto y lo patearon en el suelo. "Estaba tan borracho que no pude ni defenderme", cuenta a un año de que fuera dejado inconsciente en una calle del barrio Bellavista y amaneciera en una clínica con tres dientes menos, una fractura en el tobillo y varios moretones. Y lo cuenta relajado, con tono de anécdota, sabiendo que a escasos metros está un guardaespaldas que contrató su madre hace cinco meses para que lo cuidara en sus salidas de fin de semana.

Matías (20) no es un rockstar ni sus padres -un arquitecto y una traductora- son conocidos públicamente, él sólo es parte de un creciente número de familias que están dispuestas a pagar los $ 80 mil por noche que cobran las empresas de guardaespaldas, para asegurarse que sus hijos  vuelvan sin rasguño a sus casas.

"La mayoría de los que cuidamos son hombres, universitarios, que viven en Las Condes, Lo Barnechea y Vitacura y han tenido algún problema de seguridad: fueron drogadictos, chocaron borrachos o se involucraron en peleas y salieron mal parados", resume Sebastián González Searle, dueño de Guardaespaldas Express. A Matías lo cuida Cristián Soranse, un tipo vestido de traje y corbata, de 1,85  de estatura y amplios hombros. El mismo que, como parte de la empresa  que funciona hace dos años, acompaña discreta, pero atentamente, a Matías desde las 22.30 a las cuatro de la madrugada de un viernes cualquiera.

"Vamos al bar La Previa, de ahí vemos si cruzamos (a otro local). Quiero llegar temprano, porque mañana escalo un cerro", le dice el joven a manera de saludo, sin soltar la mano de su polola y mientras el guardaespaldas le abre la puerta del BMW rojo en el que los tres se alejarán de la parcela ubicada en El Arrayán, para llegar al pub de Vitacura.

Ya instalados en el lugar, Soranse desentona. Su traje y corbata no encajan en el ambiente. Tampoco la botella de agua mineral sin gas que está frente a él y su mirada fija en el joven rubio y la chica morena de pelo ondulado. Los jóvenes, en cambio, parecieran ser parte del inventario del lugar, conversan ensimismados -como muchos otros esa noche- y en apariencia no se diferencian de los demás.

Pero sólo en apariencia, porque a ojo atento se descubre cómo el estudiante de Kinesiología le hace un gesto al hombre calvo que está sentado en la barra y éste se levanta, hace fila frente a la caja y envía a la mesa de la pareja una jarra de cerveza y un ron con Ginger Ale. Lo mismo ocurre más tarde: Matías levanta su cajetilla vacía y su guardián llega con una nueva y un encendedor. El ritual tiene lógica: el chico no lleva plata. Sus padres le entregan el dinero al guardaespaldas y es él quien lo administra.

Lo de Soranse es una disciplina practicada desde antes de ser parte de los 40 guardaespaldas que tiene la empresa. Porque él, al igual que todos sus compañeros, es un ex miembro de Carabineros o de  otra rama de las Fuerzas Armadas. Y como todos ellos, también, cumple con el requisito de medir sobre 1,80, estar dispuesto a trabajar toda la semana, ejercitarse una vez al mes con un preparador físico y no hablar de más.

"Existe un código de silencio cuando sales como escolta. A los padres lo que les importa es que sus hijos lleguen enteros a casa, si toman, fuman o jalan no es el tema de este tipo de protección", dice González Searle, dueño de Guardaespaldas Express sobre la relación entre cliente y guardián, que incluye reserva incluso si éste quiere terminar la noche en un motel. Para saber lo que hace exactamente un hijo, cuenta, los padres deben contratar el otro servicio, el de "espionaje", en que se informa "todo".

La familia de Matías acude a este servicio en un promedio de cuatro veces al mes, es decir, pagan $ 320 mil mensuales en protección para su hijo, una cifra que no sólo en Chile familias como la de este artículo están dispuestas a invertir. En México, en el estado de Chihuahua, la protección a jóvenes se incrementó en un 300% y en Guatemala los chicos que salen con escoltas hicieron que las empresas de protección facturaran un 10% más en 2007 respecto del año anterior.

"Cuando mis amigos me ven con guardaespaldas me molestan, porque dicen que le 'pongo' mucho", comenta Matías sin soltar a su polola. Y ella, todavía una escolar, sonríe cuando comenta que le gusta salir acompañada: "A mis papás les encanta la idea, no les gustaba que saliéramos solos".
Las mujeres, para este tipo de empresas, no son un mercado significativo. Alguna vez aparece una familia que busca protección para su hija, pero con ellas las razones son distintas: simplemente son padres que se inquietan por las horas de llegada y necesitan una persona de confianza que las acompañe.

Pero para Matías sus padres quieren seguridad permanente. Por eso, después de dejar el bar, Soranse lo acompaña a otro pub y espera que converse con sus amigos y baile un rato. Cuando ya han pasado casi seis horas desde que su protector lo pasara a buscar, el joven se acuerda de que al día siguiente escalará un cerro y dice que es hora de partir. A las 4, el BMV rojo se detiene nuevamente en la parcela ubicada en El Arrayán. "Chao", dicen los jóvenes, y abren la reja, pero el auto no se mueve hasta que los dos entran a la casa.

LA SOSPECHA
La sensación de que algo no anda bien con sus hijos. Con sólo esa motivación suelen llegar los padres que contratan el servicio más caro de Guardaespaldas Express (www.vip-seguridad.com). La mayoría de las veces las sospechas apuntan al consumo de drogas y necesitan saber qué hacen sus hijos y con quiénes se juntan, por lo que pagan los 120 mil pesos que cuesta el "espionaje" y que concluye con un completo informe de lo que sucedió la noche del seguimiento encubierto. Una tarea que incluso puede requerir que intervenga más de un guardián.