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12 de agosto de 2008

EDUCACION

Colegios crean talleres para controlar la rabia y la agresividad entre los alumnos

Educar a los niños para que aprendan a manejar sus emociones, se ha transformado en el objetivo de algunos establecimientos que quieren prevenir en sus aulas la existencia de alumnos agresivos, intolerantes y violentos.

Sofía Vargas


10/08/2008 - 13:32

"Cada vez que tengo rabia o pena, respiro profundo tres veces, cuento desde el 10 hacia atrás, pienso en cosas positivas o que me calmen y así llego a la razón de qué fue lo que me causó la pena o rabia. Me ha servido mucho, antes era muy insegura", dice María José, nueve años, de cuarto año básico.

Como ella, otros 240 compañeros de primero a sexto año básico del colegio Calasanz participan desde abril de una experiencia única: talleres para controlar su agresividad e impulsividad, ponerse en el lugar del otro y resolver problemas pacíficamente. El establecimiento particular de Ñuñoa importó el programa Me Educo, aplicado en 21 países y a 10 millones de escolares. Pero no es el único. Otros establecimientos particulares, como los colegios San Esteban, San Felipe, y San Nicolás  han aplicado programas similares. A ellos se suman otros cinco colegios municipales, que trabajan con la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile; y más de 15 establecimientos que trabajan con el programa Valoras de la U. Católica. Todos con un objetivo: enseñar a sus alumnos a controlar la agresividad y a desarrollar el autocontrol y la empatía.

INFANCIA MAS CORTA
Existe consenso de que, en una sociedad más agresiva, los niños no escapan del fenómeno. A la etapa egocéntrica, normal en los primeros años de vida, se agrega una sociedad más individualista y niños criados en familias más pequeñas, con padres que trabajan todo el día. El resultado: niños menos socializados, con baja tolerancia a la frustración y mayores dificultades para expresar sus emociones. "Están más acostumbrados a obtener todo en forma rápida, y si no lo logran, se mueven, se paran o se enojan", dice Blanca Michaela, profesora del Calasanz.

Según el único sondeo sobre el estado de salud mental de los escolares del país -realizado por la Junaeb-, el 18% de los niños de primero básico tiene problemas de conducta, como excesiva agresividad o timidez. "Se observa un acortamiento de la infancia, cambian sus intereses antes de tiempo y es más común la agresión en niños más pequeños", dice Mónica Llaña, socióloga de la U. de Chile, a cargo del programa que busca mecanismos de solución de conflictos al interior de los colegios. No es de extrañar entonces que cuando se sienten agredidos, dos de cada 10 reacciona con un insulto; el 15,7% con un golpe, y el 17,9% lo hace con la misma agresión, según el estudio de violencia escolar de 2005.

Así las cosas, los colegios se han visto en la necesidad de enfrentar el problema. Porque la ecuación es conocida: mientras más niños violentos e incapaces de controlar sus emociones, peor es el clima que se vive dentro del aula; los profesores pierden más tiempo en ordenar a los niños, en desmedro del tiempo para aprender; hay mayores casos de microviolencia, la antesala del bullying; y se logran peores resultados académicos.

Con distintos matices y metodologías, tanto el programa de la U. de Chile, como el de la Católica y el del Calasanz buscan que los niños identifiquen sus emociones, para luego controlarlas. Por ejemplo, en el Calasanz trabajan en talleres donde se elaboran fichas que abordan temas específicos, por ejemplo, el miedo. A partir de allí, los niños desarrollan un debate sobre las situaciones que han vivido; luego realizan una interpretación de una situación puntual y cambian de roles, lo que les permite empatizar con el otro. El último paso es una reflexión sobre el problema.

Los talleres involucran, además, a los profesores y auxiliares del colegio e, incluso, hasta a las propias familias.

Otras metodologías, como la de la U. de Chile y de Valoras UC, incorporan, además, la elaboración de un manual de normas de convivencia entre todos. Así se ha hecho, por ejemplo, en la Escuela Reyes Católicos de Santiago y Cristóbal Colón, de Conchalí: los propios niños y profesores establecen normas mínimas de convivencia y se comprometen a cumplirlas.

Los resultados son más que positivos. En el colegio Reyes Católicos, las anotaciones descendieron en un tercio y las visitas a inspectoría a la mitad; en el Calasanz, si bien no llevan una estadística, reconocen que han disminuido las burlas y sobrenombres -los problemas más típicos de los primeros años de básica- y hasta la materia se pasa más rápido, porque hay menos interrupciones en el aula. "El cambio se nota hasta en situaciones cotidianas: si antes dos niños se peleaban en el patio, los profesores los separaban, anotaban y castigaban. Hoy los propios menores han aprendido a preguntarse a sí mismos las razones y a arreglarse", dice Marcela Gutiérrez, directora del primer ciclo básico del colegio de Ñuñoa.

También los padres han sentido el progreso. En casa, los niños les enseñan a los papás los métodos de respirar y contar desde el 10 hacia atrás cuando se enojan o a hablar mirándose a los ojos.

También los resultados académicos han mejorado. En el Cristóbal Colón, por ejemplo, desde que participaron del programa de la UC, en 2003, han subido en el Simce 59 puntos en lenguaje y 62 en matemáticas.

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