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8 de agosto de 2008

CULTURA

Los símbolos universales del arte son exhibidos en Jerusalén

La exposición Secretos y Vínculos presenta 38 obras de siglos y orígenes completamente diferentes, pero con elementos visuales y temáticos comunes.

EFE


07/08/2008 - 13:37

Obra de Max Ernst

Obra de Max Ernst

A lo largo de la Historia, los artistas han recurrido a miles de formas, colores y materiales distintos en función de su época y cultura, pero siempre con un mismo objetivo: dar respuesta a las preguntas básicas del ser humano.

A partir de esta premisa, el Museo Israel de Jerusalén ha organizado la muestra Secretos y Vínculos, una exposición de 38 obras de siglos y orígenes completamente diferentes, pero con elementos visuales y temáticos comunes, que permanecerá abierta al público hasta mediados de noviembre.

"El visitante está acostumbrado a colecciones separadas. Son más fáciles de ver. Pero ahora queremos mostrar que, cuando se quitan las paredes, los objetos comienzan a dialogar entre ellos", explica el comisario de la muestra, David Ibgui.

Los casi cuarenta cuadros, esculturas, fotografías y vídeos artísticos están expuestos sin apenas paneles explicativos ni tabiques de separación, para que "el propio visitante adopte un rol activo, y no de mero espectador pasivo ante lo que el museo le da hecho", agrega.

Así, una escultura de bronce de Max Ernst que muestra a un hombre-toro jugando al ajedrez es expuesta frente a un pebetero precolombino con cabeza de jaguar y a una figura de Nimrod, el mítico fundador de la Torre de Babel, con un halcón al hombro.

Pese a pertenecer a momentos y continentes dispares, todas tienen en común el recurso a un animal como espejo de las fuerzas que mueven la existencia humana, ilustra Ibgui.

Otra sección de la exhibición tiene como hilo conductor la definición de la identidad personal y, en particular, la dificultad de preservarla en un contexto familiar o de grupo.

Una tensión que el creador alemán Stephan Balkenhol reflejó en 1992 al esculpir un hombre moderno de frente y de espaldas, posturas que representan la sociabilidad y el ansia de anonimato.

Esa misma preocupación había sido abordada, tres siglos antes, por los pintores holandeses Jacob Gerritsz Cuyp y Aelbert Cuyp, para advertir con la caza como símbolo de los riesgos de desligarse de la familia.

También la fragilidad del ser humano y la inexorabilidad de la muerte han marcado la creación en todo el planeta desde hace milenios.

Para ilustrar esa angustia, el polémico fotógrafo estadounidense Andrés Serrano recurrió a la iconografía cristiana.

Sumergió en un acuario una pequeña escultura de la escena de la Última Cena, fotografió el resultado y lo positivó en cinco grandes planchas hasta lograr una negra y burbujeante imagen que transmite sensación de caducidad.

Por su parte, el creador francés Christian Boltanski recogió fotos de antiguos alumnos de una escuela judía en Viena, las iluminó con las típicas lámparas de interrogatorio policial y apiló unas cajas que simbolizan sus recuerdos para mantener viva la memoria de las víctimas del Holocausto.

En esta misma línea se exponen los jarrones que albergaban en el Antiguo Egipto las vísceras de los embalsamados con la vana esperanza de que sobreviviesen al paso del tiempo.

La muestra se centra por último en otra obsesión clave del ser humano: la ausencia.

En un juego de identidades, la francesa Sophie Calle tilda de "autorretrato" una fotografía del albornoz que su primer novio olvidó en casa y ella usó tras la ruptura para sentir como si él la abrazara.

Tampoco aceptó bien un anciano Pablo Picasso la marcha de Françoise Gilot, lo que le llevó a retratarse como una sombra que trata de retener a su ex amante, "aunque consciente de que no es más que una sombra incapaz de atrapar al ser querido", apunta Ibgui.

Y una ausencia clave para el pueblo judío es la del Mesías, cuya llegada anunciará el profeta Elías, según la tradición hebrea.

El asiento donde el padrino sostiene al bebé durante la circuncisión recibe el nombre de Silla de Elías, por la creencia de que este profeta baja de los cielos para proteger del daño al pequeño en cada una de esas ceremonias.

El Museo expone así la cuidada silla creada a principios de siglo XX por alumnos de la Escuela de Arte de Bezalel (Jerusalén) para recordar "una de las tres ausencias básicas para el arte judío: un Dios invisible, el Templo destruido por la Roma Imperial y el Mesías", destaca Ibgui.

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