Habían pasado varios días desde que intenté contactar a Ramiro por primera vez. Todo comenzó con un mensaje que dejé en su página web, explicando algunas de mis dificultades existenciales, desde el estrés, pasando por la ansiedad, un poco de angustia y hasta los vaivenes anímicos que cada cierto tiempo inundan a los solteros empedernidos como yo. Sólo había que hacer coincidir nuestras agendas para concretar la cita.
Se suponía que debíamos encontrarnos en MSN, entre las 17 y las 20 horas, pero nada. Hasta que recibí un mensaje en mi Hotmail: "Hola Ricardo. Te estuve buscando por estos días en los horarios que me pasaste, pero no he tenido suerte. Espero encontrarte para poder dialogar contigo. Te dejo un saludo. Ramiro". Con 64 años de edad, este supuesto terapeuta uruguayo asegura tener 34 años de experiencia como Licenciado en Sicología.
Difícil comprobarlo, sobre todo considerando que la única prueba de "profesionalismo" que puedo obtener a la distancia es un sitio web, un formulario de contacto como cualquier otro y una foto en su portal que parece calzar con la edad que dice tener. Como sea, acá estaba, conectándome a internet con ansiedad para conocer al que sería mi terapeuta en la virtualidad.
TERAPIAS VIRTUALES
Diversos grupos de "ciberterapeutas" ofrecen el servicio a quien quiera ocupar el "sillón virtual" de sus consultas, pagando US$ 25 la sesión (la primera siempre es gratis). Los hay en países como Argentina, Uruguay y España, así como en otros tantos alrededor del mundo. Para tratarse con ellos sólo hay que contar con acceso a la web y conectarse al chat, "por MSN o Skype", como promocionan en sus páginas. En Chile, aunque ha habido experiencias de terapia en internet durante la última década, estas no se han mantenido en el tiempo y actualmente se limitan a interacciones específicas entre el terapeuta y su paciente, como complemento a las sesiones tradicionales.
Debo aclarar que, en mi caso, nunca, en toda mi vida, había asistido a una terapia con sicólogo. Y no por considerarme un "súper hombre" incapaz de ser abatido por las vicisitudes de la vida, sino por una suerte de certeza interna de que cualquier "temporal anímico" es posible de ser superado sin ayuda de nadie. Una convicción casi machista, profundamente imbricada en las mentes de todos los que crecimos escuchando eso de que "los hombres no lloran". Una vez un sicólogo conocido me dijo que yo sufría de "autoconfianza arrogante". Puede ser.
"ESTÁS EN UNA CONSULTA"
Finalmente, coincidimos en MSN y comenzamos a conversar de mis problemas. En concreto, le hablo de una sensación de angustia que en ocasiones me invade y de algunos errores cometidos en mi vida sentimental. El dejó que me expresara: "Sí, sí, comprendo, bien", me decía, sin aportar respuestas.
Casi al final de la sesión me interrumpe. "Sería importante hacer un revisionismo de tu vida, de tu historia personal, en un intento por rastrear aquellas causas más remotas que te llevan a ser como eres", me escribe. "¿Usted cree que yo debería ir a una consulta", le contrapregunto. "Estás en una consulta, Ricardo", sentencia. Luego agrega que cualquier cambio se debe generar mediante un tratamiento sicoterapéutico: "Intentarlo por uno mismo es inviable", asevera.
Todavía indeciso respecto de la conveniencia o no de invertir dinero en las sesiones venideras, le pregunto sin rodeos: "Por favor, dígame con mucha honestidad: ¿los tratamientos virtuales realmente ayudan?". "Estos métodos de atención permiten el anonimato. Por eso existen y se propagan", me dice para darme confianza. Me cuenta que hace cuatro años comenzó con el sistema y asegura que ha obtenido excelentes resultados. Recibe unas 150 consultas mensuales y dice tener una decena de pacientes en tratamiento virtual.
¿LA INFANCIA EXPLICA TODO?
En la siguiente sesión le converso acerca de una "lamentable" y "casi natural" tendencia a evitar los compromisos. Me remite a mi infancia, a la relación con mis padres, mis hermanos. Creo que nunca reflexioné tanto acerca de mi niñez, ni con mi familia, pololas ni con nadie. Pero aquí, ante este perfecto extraño que me aseguraba tener un "cartón" de sicólogo, no tuve mayor problema en explayarme.
Me dice que muchos miedos o angustias actuales a la hora de formar pareja podrían deberse al hecho de haber sido hijo de padres jóvenes, que por el hecho de estar en la universidad debieron confiar mi cuidado a terceros con mucha frecuencia. Una angustia temprana, por esta "separación" forzosa, sería la causa del rechazo que afirmo tener a formar lazos duraderos.
Pienso que lo mismo pudo decirme un amigo. Y lo que es peor, gratis. Por eso replico e insisto en una respuesta. "Disculpe Ramiro, pero creo que encontrar el origen de mis problemas no es suficiente como para revertir los aspectos de mi personalidad que me desagradan". Pero él se escuda en el sicoanálisis y dice que todo se puede resignificar. "¿Resignificar?", pregunto. "Esto significa que todo aquello en lo cual nos formamos (valores, formas de ser, conductas, ejemplos) siempre admite la posibilidad de ser reformadas", me dice.
Agrega que eso lo conseguiremos, paulatinamente, en la medida que yo me vaya haciendo consciente del motivo por el cual soy así. "Entiendo tu necesidad perentoria de encontrar soluciones, pero si te dejas ganar por la ansiedad que te inunda, difícilmente podrás alcanzar lo que deseas". Me invita entonces a guardar las conversaciones y a releer cada sesión varias veces. No siento mucho alivio, la verdad.
A la semana siguiente nos volvemos a encontrar, no sin antes realizar el depósito por dos sesiones (US$ 50), a su nombre, en Western Union. Esta vez trato de plantear ideas simples para ver si encuentro respuestas. Le hablo de una sensación de ansiedad y angustia. Pero al igual que antes, se limita a preguntar. Nuevamente aparecen mis padres y mis relaciones de pareja.
Lo único concreto que me dice es que tanto ansiedad como angustia podrían estar ligadas a mis experiencias con "mi familia de origen" y que, probablemente, eso incide en el "desgano" ante los compromisos y vuelve a recalcar que necesitamos tiempo para encontrar respuestas. Me queda claro que el asunto será para largo. También, que soy demasiado ansioso como para darme el tiempo de esperar las respuestas de un sicólogo. Decido llegar hasta aquí. ¿Conclusión? No la hay. Abandoné la terapia igual que a una novia en la iglesia. Mi cuenta del banco ha disminuido en US$ 50, pero sigo feliz, con las mismas dudas existenciales de siempre.
#{date} | #{author}

por Daniel Vak Contreras | 4/11/2009
por Víctor Perl | 4/11/2009
por Daniel Vak Contreras | 2/11/2009
por Roberto Rosenzvaig | 2/11/2009
por Miguel Kottow | 2/11/2009