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El efecto placebo: cuando la mente manda

Basta una pastilla neutra y sin efecto para que se alivie el dolor, se solucione el insomnio o desaparezca la indigestión. Es el efecto placebo que refleja el poder curativo del cerebro. Algo que está echando a pique los más modernos fármacos, que no logran superar la eficacia de esta falsa píldora.

por Sebastián Urbina - 03/10/2009 - 16:41

En la Edad Media, el azúcar se vendía en las boticas -actuales farmacias- para hacer una serie de preparados y pócimas, con el fin de curar toda clase de males, incluido el "de amores". La ciencia médica daba sus primeros pasos.

Pese a los siglos transcurridos, con el mismo fin, los investigadores fabrican hoy comprimidos de azúcar de leche para remediar también las más variadas enfermedades. La diferencia es que ahora los científicos saben con certeza que esta pastilla es una farsa y se la conoce como placebo. Es decir, una sustancia neutra, inocua.

En los ensayos clínicos, los verdaderos fármacos deben superar en eficacia a esta falsificación -entre otras exigencias- si quieren obtener la aprobación para su venta. Lo paradójico es que en los últimos años, a los laboratorios les cuesta cada vez más derrotar a esta pastilla de azúcar. Incluso, un 50% de los últimos y más prometedores medicamentos han perdido esta competencia, según la revista Wired.

En noviembre pasado, por ejemplo, una terapia génica para Parkinson que tenía el respaldo financiero de la Fundación Michael J. Fox, fue retirada de las pruebas, ya que los pacientes que la recibieron no anduvieron mejor que quienes recibieron una inyección de placebo. En marzo pasado, la pastilla inocua tuvo mejores resultados que otro prometedor medicamento, esta vez contra la enfermedad de Crohn, que afecta al intestino. Una suerte similar corrió al poco tiempo una droga para la esquizofrenia, ya que el placebo resultó mejor.

Lo anterior se ha reflejado en las cifras: en 2007, la FDA aprobó en Estados Unidos sólo 19 productos nuevos, la cifra más baja desde 1983, y sólo 24 en 2008. Más aún, algunas pruebas de seguimiento demuestran que productos que llevan varias décadas en el mercado, como Prozac, estarían hoy en duda. Porque lo que la ciencia está comprobando es que el llamado "efecto placebo" se ha duplicado en el último tiempo y nadie sabe por qué.

APOYO DE GOBIERNO
Se trata de un fenómeno descrito por primera vez por el anestesista Henry Beecher, cuando durante la Segunda Guerra Mundial atendía soldados de EE.UU. en el sur de Italia. Cuando la morfina se agotó, la enfermera aseguró a un soldado que le aplicaría un potente calmante, mientras le inyectaba sólo un suero, que era agua con sal. Para sorpresa de todos, el soldado se alivió y no cayó en shock.

Beecher escribió en 1955 un artículo que causó sensación: El poderoso placebo. Hoy, siete de cada 10 ensayos clínicos para drogas siquiátricas están fracasando por este efecto. Revisando una gigantesca base de datos, el investigador David DeBrota logró aclarar algunos aspectos de lo que pasa.

Existe un grado de influencia subjetiva que es diferente en las distintas culturas y que explica que el placebo sea más potente para una droga que para otra.

Por ejemplo, a fines de los 90, ya se veía que mientras el diazepam seguía funcionando en Francia y Bélgica, no lograba superar el placebo en EE.UU. Al revés, mientras la fluoxetina mantenía su eficacia entre los estadounidenses, los resultados eran dudosos en Europa o Sudáfrica.

También están en revisión los ensayos en países en desarrollo, donde a los médicos se les paga por los listados de voluntarios que reclutan. Esto los llevaría a enrolar a pacientes con formas leves de la enfermedad, lo que facilita el efecto placebo. Más aún, en países con malos servicios de salud, el paciente con sólo ingresar a un ensayo clínico que promete una buena atención, ya se siente mejor.

Pero además, después de 15 años de investigación, hoy se sabe que basta que algunas personas estén convencidas de que están ingiriendo un medicamento eficaz para que en su cerebro se liberen sustancias similares al opio. Es decir, el paciente siente un  alivio del dolor, de los espasmos y de las palpitaciones.

También se libera dopamina, lo que mejora los movimientos en los pacientes con Parkinson, eleva el ánimo y las capacidades cognitivas, alivia la indigestión, soluciona el insomnio y reduce las hormonas del estrés.

De hecho, en los pacientes con un cerebro dañado por el Alzheimer, el efecto placebo casi desaparece. Porque ellos no tienen conciencia de lo que están tomando y, además, tienen algunos circuitos cerebrales dañados.

RITUAL TERAPÉUTICO
El creciente prestigio que ha ganado la medicina ha incrementado la creencia de que existen fármacos eficaces para casi todas las enfermedades. De hecho, uno de los placebos más potentes que existen es lo que nos dice el médico. Pero también, el ver testimonios de pacientes sobre los beneficios de determinada droga ayuda a crear este efecto. Este es el aspecto social de la medicina, también llamado ritual terapéutico.

En el mismo sentido funciona el papel sugestivo de la publicidad, en que los laboratorios asocian la marca de un fármaco con aspectos de la vida que promueven el bienestar mental: "Estar más tiempo con los niños, el libro que uno lee por placer o el programa favorito de TV, se ponen en el mismo nivel de la pastilla que soluciona ese desagradable reflujo gástrico", ejemplifica Jim Joseph, de la agencia Saatchi & Saatchi. Evocar esas asociaciones positivas fortalece la respuesta placebo. Esto ha llevado a poner límites a este tipo de publicidad.

Lo claro para los laboratorios es que el cerebro es una poderosa herramienta sanadora, que se intenta usar a favor del paciente. De hecho, una encuesta realizada entre médicos en Chicago reveló que el 50% de ellos prescribía fármacos ineficaces, para dar tranquilidad al paciente. Los más comunes: analgésicos, vitaminas, antibióticos y tranquilizantes.

Lo que viene ahora es poder sumar este efecto placebo con el beneficio real de las nuevas drogas, para curar la mayor cantidad de enfermedades. Y en eso se está trabajando.

 
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