Ernest Hemingway y los toros son el sello indiscutible de la capital de Navarra, "Iruña" según el topónimo en lengua vasca y con 200 mil habitantes. La fama internacional que dio Hemingway a los sanfermines tiñe a Pamplona incluso cuando la ciudad está quieta, tranquila, pasada ya la afiebrada fiesta que multiplica por cinco la población de la ciudad.
Cuando ya no hay toros corriendo por el empedrado ni mozos vestidos de blanco intentando salvar el pescuezo –necesariamente ataviado con un pañuelo rojo-, la ciudad luce nostálgica. Los viajeros que recorren el casco antiguo tropiezan con carteles de la fiesta taurina, fotos de las cornadas más espectaculares y algunas detalladas secuencias de los menos intrépidos a la hora de arrancar.
En portales de las calles Santo Domingo o Estafeta un letrero indica que por allí pasan los toros del encierro, los que durante una semana –cada año, del 7 al 14 de julio- y por unos minutos cada día –siempre a partir de las ocho de la mañana, según el reloj de la iglesia de San Cernin- recorren desde los corralillos de Santo Domingo hasta la plaza de toros.
Los que no pueden –o no quieren- visitar Pamplona en estos días de masas y euforia, encuentran fácilmente una ciudad amable, que luce un centro histórico estrecho de trazado medieval que se recorre fácilmente a pie y otras zonas marcadas por grandes parques y avenidas.
Imperdible es recorrer los alrededores del Palacio Consistorial, desde donde se lanza el "chupinazo", el cohete que cada año anuncia las fiestas en la víspera de San Fermín. La Plaza Consistorial es uno de los ejes del casco viejo y sede de la oficina de turismo que orienta a los visitantes sobre todas las posibles rutas en la ciudad y Navarra en general.
Los aficionados a la historia podrán organizar su recorrido en torno a los vestigios más antiguos de Pamplona, fundada en el 75 a.C. por el general romano Pompeyo, asaltada por vikingos y hasta hoy una de las paradas clave para los que siguen el Camino de Santiago de Compostela. La ruta de los peregrinos suele entrar a la ciudad por sus murallas, por el puente medieval de la Magdalena.
Cuando no es época de toros se ve más pamploneses que afuerinos en las terrazas, y en bares y restaurantes se puede saborear tranquilamente una amplia variedad de deliciosos pinchos: jamón ibérico con alioli, setas con mermelada de tomate, revuelto de gulas y gambas, rollos de calabacín y queso, pimientos rellenos... Junto a la Plaza Consistorial y las callejuelas del centro, otro escenario que no hay que perderse es la Plaza del Castillo.
Amplia y enmarcada por una veintena de edificios antiguos bien conservados o remodelados, cuenta entre ellos al Café Iruña, de estilo Belle Epoque, que abrió sus puertas en 1888. Era uno de los lugares más frecuentados por Ernest Hemingway.
En una de las esquinas de la plaza Fernando Hualde sigue a cargo de la recepción de La Perla, un hotel con historia enlazada a Hemingway, pero también a otros personajes de renombre que pasaron por allí: Charles Chaplin, Manoleste, Orson Welles –que se fue sin pagar- o Juan de Borbón, padre del actual rey Juan Carlos, que en 1936 cruzó la frontera desde Francia haciéndose pasar por botones de La Perla.
EL REYNO DE LAS CUATRO ESTACIONES
Fuera de Pamplona, de los siete días de julio de San Fermín y sin divisar ni un solo toro, Navarra ofrece mucho para ver.
La Comunidad Foral –cuenta con un régimen especial de autonomía económica y administrativa respecto al Estado español- se autopromociona como el Reyno de las Cuatro Estaciones, por contar con opciones atractivas para los viajeros durante todo el año.
En el límite con Francia, el territorio de Navarra, con un total de 600 mil habitantes, se divide en cuatro zonas: la cuenca de Pamplona, la Zona Media, la Ribera y, en el norte, la región de los Pirineos.
La cara atlántica de los Pirineos es siempre verde, boscosa, con cuevas y cascadas. Junto a esta "Navarra Húmeda" se despliegan los Pirineos Orientales, más agrestes y empinados. Desde Pamplona, un giro en el mapa en dirección noreste permite un paseo por esta zona, donde abundan topónimos vascos de sonoridad exquisita: Zubiri, Lintzoain, Abaurrepea, Abaurregaina, Izalzu…
Uno de los puntos más conocidos de la región es Roncesvalles –Orreaga en vascuence-, paso obligado para los peregrinos que desean hacer completo el Camino de Santiago español. Cada 15 de agosto, en la iglesia gótica de Roncesvalles es posible escuchar el Cantar de Roldán, el poema épico que recuerda la caída del ejército de Carlomagno comandado por Roldán en los Bosques de Ronzesbal, en el año 778.
En el poblado, que nació como santuario y hospital en 1132, destaca el conjunto arquitectónico de la Colegiata, que acoge el sepulcro del rey Sancho VII el Fuerte, y el Silo de Carlomagno. En esta zona arbolada, donde pasta algún rebaño de ovejas, los peregrinos también son parte del paisaje.
A pie o en bicicleta, con bastones y mochilas, casi siempre llevan atada una concha de vieira, molusco típico de los mares de Galicia y símbolo para los que caminan rumbo a Santiago de Compostela.
La ruta hacia el Este está salpicada de pequeños pueblos muy cuidados, casas de fachadas amplias, macetas rojas, balcones repletos de flores. Uno de los más atractivos y típicos del Pirineo navarro es Ochagavía, en el valle de Salazar, donde confluyen los ríos Anduña y Zatoia. Un incendio provocado por el ejército francés durante la guerra de la Convención (1794) destruyó casi por completo la ciudad, que fue reconstruida con especial esmero urbanístico.
Las callejuelas empedradas ascienden y descienden en forma irregular a ambos lados del río, donde destaca un puente románico de piedra. Hay que poner ojo a los detalles, como las macetas de piedra con laboriosos grabados o las señas en los portales con el escudo de armas que Felipe II otorgó a la ciudad en 1566 -un lobo negro con una corona y cordero atravesado en la boca- o el imponente retablo barroco de tres piezas en el altar de la iglesia parroquial.
Para vistas panorámicas hay que seguir el camino que sube desde el barrio de Iribarren. Ya en los límites del poblado, los visitantes suelen detenerse en la ermita románica de la Virgen de Muskilda, objeto de peregrinaciones y bailes populares en agosto. Según el ánimo, el estado físico y la estación del año, los visitantes de Ochagavía apuestan por hacer trekking, esquí de fondo, buscar setas o recorrer a pie o en mountain bike –entre pinos y hayas- los senderos de la Selva de Irati.
Actividades similares se pueden organizar en otros pueblos de la zona, entre ellos Isaba, en la zona del Roncal, base para las excursiones a los valles de Belagua y Belabarce.
A pocos kilómetros, siguiendo la ruta hacia el Este, hay un pequeño poblado llamado Urzainqui, que destaca hace un lustro por ser el punto de partida y llegada de La Pirenaica. Se trata de una marcha cicloturista que es todo un manjar para los aficionados a escalar montañas sobre dos ruedas.
DÓNDE DORMIR
En Pamplona las alternativas de alojamiento son diversas y hay que considera que los precios se disparan en San Fermín. En los pueblos, los sitios de camping pueden costar alrededor de 17 ó 20 euros (por dos personas y un automóvil). También hay casas rurales y hostales confortables y económicos como el Orialde, de Ochagavía: 25 euros por la habitación doble con desayuno.
CÓMO LLEGAR
El aeropuerto de Noain, a 7 km de Pamplona, conecta diariamente con Barcelona y Madrid. Para llegar a Navarra también se puede contar con la red ferroviaria o varias alternativas en autobús.
GASTRONOMÍA
Los pinchos, indudablemente, no hay que perdérselos. Los ofrecen en muchos bares de Pamplona y una buena opción es probarlos en la Cervecería Estafeta (calle del mismo nombre, Nº 54) a 1,70 euros la unidad. La semana del pincho, donde se presenta nuevas variedades, se celebra la última semana de marzo. El clásico Café Iruña, en la Plaza del Castillo Nº44, también ofrece un menú a 13 euros pp. En la zona pirenaica de Navarra, las especialidades incluyen trucha, jabalí y migas de pastor. Para beber, un licor típico es el Pacharán navarro.
VIAJES ACONSEJA
Fiesta de San Fermín: Es sólo una semana, pero la ciudad se revoluciona. La fiesta atrae a miles de turistas de todo el mundo para esta celebración de orígenes medievales. En un principio, la conmemoración era en octubre, pero en el siglo XVI, cansados de los estragos del mal tiempo, los pamploneses decidieron cambiarla a julio.
La fiesta está en la calle desde el día 6, víspera de San Fermín e incluye el encierro matinal de los toros, procesiones, comparsas de gigantes y cabezudos, peñas populares, música y conciertos y fuegos artificiales.
El cierre es la medianoche del 14 de julio y acaba con la canción que dice: "pobre de mí, pobre de mí, que se han 'acabao' las fiestas de San Fermín…"
Libro: Para quien visita Pamplona por primera vez, el libro Fiesta de Hemingway –The Sun also rises es su título en inglés-, es un clásico. Ayuda a entender cómo el periodista y novelista norteamericano dio fama internacional a esta fiesta.
Visita literaria: Para los más entusiastas con la obra de Hemingway y su pasión por Pamplona, se organizan recorridos literarios basados en el libro Fiesta. El relato y las anécdotas que el Nobel vivió en la ciudad son el hilo conductor de esta visita organizada por Global Servicios Culturales. Para horarios y reservas, llamar a: 94 8230062 o al teléfono celular + 34 610893395 (preguntar por Ramona). Precio: 10 euros.
Quesos: El queso artesano de oveja es una de las especialidades del Reyno de Navarra. Uno de los más afamados es el del valle del Roncal, certifica su calidad a través de una Denominación de Origen.