MEDIACENTER

Paris, ¡te amo!


Esta es la historia de un romance, en la ciudad de las luces, el coqueteo es un derecho.

por María Victoria Zuñiga, para revista Viajes | 21/11/2008 - 17:05

Estar sola en París es como presentarse completamente vulnerable ante un chico que te gusta: nunca sabes cuán lejos va a llegar esto. Acá estoy, cargando una mochila enorme, que en otras circunstancias un galán estilo Danielle Steel me ayudaría llevar.

París se siente hostil en un principio, un viejo francés malagestado sube mi equipaje al bus y espera una propina por su labor. La mala noticia es que un billete de 50 euros –mi billete más pequeño–, sería un pago desproporcionado, así que le regalo un gesto de "lo siento". A cambio, me llevo un mascullado "merde".

Un pésimo primer acercamiento, quedemos a espera de que de la química nazca. Ya de pie sobre la ciudad, busco el lugar donde alojaré por los próximos días, en el 14 Arrondissement..

Lamentablemente, para mi trabajo como periodista de viajes, mi sentido de la orientación es completamente nulo y leer un mapa es un verdadero calvario.

Es el momento para clamar por la ayuda de París. Es ahora, cuando un hombre joven, que va de vuelta a casa desde su trabajo, se detiene a auxiliarme. Tal es su condescendencia, que antes de que yo ponga a prueba mi escueto francés, él me da las indicaciones para llegar a destino en un inglés con exquisitos toque galos. Punto para mí.

Llega la mañana del día siguiente y, cual quinceañera, no puedo decidir qué usar para gustarle a este París. El día anterior, durante mi largo recorrido en metro, puse atención a los atuendos de las delgadas parisinas.

Deduje que su mundialmente famoso estilo no radica en prendas rimbombantes, mucho maquillaje o zapatos de taco; son sencillas, de cara lavada, pero hacen de su vestimenta algo especial con pequeños detalles que encargan a sus accesorios. Recuerdo la entrevista que alguna vez leí a Elettra Rossellini en Elle, "el día más importante de toda chica francesa es cuando le llega su primer par de flats Chanel".

COQUETEANDO CON LA CIUDAD
Lo diría el manual de la suegra, "las primeras conquistas son por el estómago". Desde una banca en el Jardín de Tullerías, un pan au chocolat se convierte en un tiro certero al corazón.

Ahí, en el más antiguo jardín de París, la ciudad se ve sin maquillaje: cuando aún los turistas no han invadido los prados con sus enormes cámaras fotográficas, cuando los ruidos de la ciudad son más suaves. A esa hora aún puedo tararear "Je t'áime moi non plus" de Serge Gainsbourg sin vergüenza, esa canción donde los gemidos de Jane Birkin escandalizaron al mundo entero.

Es la atmósfera perfecta para nuestro romance. Pero no soy la única que se entrega a su soledad, y a mi lado, turistas y parisinos –solitarios por opción–, se pierden mentalmente en el follaje de los olmos y el incesante danzar de las aguas de Tullerías.

Segunda estocada al estómago: un almuerzo en el Quatier Latin. Por dato de una amiga brasileña, llego a un restaurante italiano en el que por 12 euros hay un abundante menú que incluye postre y un mesero coqueto que bromea con las comensales como un verdadero profesional.

Con estómago y corazón contento, aplanar unas cuantas calles por el Blvd. St Michel y luego por el St Germain es un bajativo perfecto. En medio de tiendas de libros usados, ropa y cafeterías, pasan desapercibidos dos sitios fundamentales para la historia de la literatura: el Café de Flore y su rival eterno: Les Deux Magots.

Ambos fueron frecuentados por los más célebres intelectuales europeos en la época de post guerra, Jean Paul Sartre y Simone de Beavoir, mientras sentaban las bases de la filosofía existencialista, eran clientes habituales del primero. Por otro lado, Hemingway y Rimbaud eran mesa segura del café que debe su nombre a dos esculturas de madera en su interior que representan a dos mercaderes (magots) chinos.

Oscurece en París. En una noche de jueves, aunque creo que es algo que sucede a diario, las personas se van temprano a sus casas para poder aprovechar la noche interminable. Yo me arreglo como si más tarde me pasara a recoger el hombre de mis sueños, aunque en realidad el recorrido lo hago en Metro hasta Pont Neuf, donde, en el último piso del edificio de Kenzo, está el restaurante Kong, cuyo diseño estuvo a cargo de Phillipe Stark.

En el trayecto, tras un contacto visual de 6 Estaciones con un parisino, me declaro completamente culpable de este juego: en la Ciudad Luz, el coqueteo es un derecho. En el Kong, Marcel, un garzón que parece salido de un catálogo de Calvin Klein, me ofrece algo para tomar.

Dos copas de Cabernet Sauvignon y ya creo que Marcel debería estar colgando en una gigantografía desde la Torre Eiffel. No más vino para mí. Antes de que la motricidad fina se haga gruesa, voy al segundo piso.

Desde este domo traslúcido que corona el edificio, con París rodeándome a diestra y siniestra, es como que la ciudad me observara a mí. Esta noche, París me ha visto desde todos sus ángulos.

MOMENTOS DECISIVOS
Esta tarde tenemos otra cita. Es algo más exótica que las anteriores, hoy me voy a recorrer los cementerios. Parto con el Perre Lachaise, donde cientos de fanáticos visitan al muerto más buscado de la ciudad: James Douglas Morrison.

Yo me dedico a visitar las tumbas más solitarias, asumiendo que necesitarán algo de compañía. Una pasada por la adornada tumba de Frederic Chopin; el muy besado sepulcro de Oscar Wilde, visitado por más solitarios como yo; la tumba del poeta George Rodenbach, inmortalizado saliendo de su entierro.

Y curiosamente, la más solitaria que he visto hoy, la del "pequeño gorrión", Edith Piaf, que esta mañana tan sólo es acompañada por Theo Sarapo, su joven y último marido que murió en 1970 en un accidente automovilístico.

Más tarde voy camino al de Montmartre. En medio del silencio, se escucha la prédica de un rabino que justamente esa tarde asiste el funeral de un anciano judío, que es llorado desconsoladamente por quien, en vida, habrá sido su esposa.

Tras pasar el oscuro tumulto de asistentes, aparece este cementerio, mucho más pequeño que el anterior. Si Perre Lachaise es el cementerio pop, de los artistas contemporáneos, de los compositores de muchos hits, Montmartre será el de los clásicos, que guarda bajo sus tumbas toda la creatividad del siglo antepasado y unos pocos clásicos contemporáneos. Acá yacen Hector Berlioz, Emile Zola y el pequeño bailarín ruso Vaslav Nijinski.

Con el ánimo reflexivo, es curioso que a poco andar, después de salir del cementerio, se suceden sin tregua los sex shop y peep show. Con anfitriones a su entrada, estos últimos son de los que hacen sonrojar al que pasa por su puerta, generalmente, turistas sedientos de algo más de intimidad. Y claro, luego de lo que parecía una tarde silenciosa, París hace su movida más osada y me invita, abriendo sus puertas de par en par, al Museo Erótico de Montmartre.

Son siete pisos de esculturas, historia, tratados y manuales bastante gráficos de la vida erótica de este mundo y sus civilizaciones. Acá hay que tener la cara bien seria, nada de sonrojarse o burlarse de las exhibiciones.

Por eso agradezco hacer este paseo en solitario, para evitar los cuchicheos de doble sentido con el acompañante que, por ejemplo, una pareja de ingleses no puede evitar. Finalmente ellos deciden recorrer la exhibición por separado. Penes y senos están por todas partes y es acá donde mi expresión facial debe reducirse a "esto es muy interesante".

Acá me queda claro que los orientales tienen una variada vida sexual, y que las civilizaciones griega y romana veneraban el cuerpo como algo verdaderamente sagrado, sobre todo sus órganos sexuales. Mientras más arriba subo, más avanza en el tiempo la concepción de lo erótico, el piso más bullicioso, es uno donde dos sillones en forma de corazón son las butacas de cine para ver un clásico de pornografía de los años 40. Inevitable dejar el museo sin las mejillas rosadas y el ánimo en alto.

EL GOLPE FINAL
Esta noche se decide todo con París. Hemos quedado de tener una comida íntima en un lugar con mucha onda: el "Tokio eat" del Palais de Tokio, museo de arte moderno de la ciudad. Siempre quise conocerlo, desde que alguna vez entrevisté a Anne Lacatton y Jean Phillipe Vassal, los arquitectos que crearon este maravilloso lugar.

Algo sale mal en esta cita, un guardia me avisa que por hoy, y durante unos cuantos días más no se puede pasar a las salas por cambio de exhibición. Me sentí como cuando terminas con un novio y decides refugiarte en la comida. Claro, acá en vez de comida, me sumí en la más profunda fiebre consumista de la librería del Palais de Tokio.

Con tantos libros de diseño, arte y afines como hubiera deseado. Con una generosa selección de revistas de todo el mundo y, a simple vista, los colores más estimulantes que podría tener un sitio de este tipo.

Antes de caer en la gula, cambio de rubro a BlickBlack, la curiosa giftshop del museo, ocupada casi en su mayoría por objetos de diseñador, exclusivas prendas y zapatillas. Esta tarde lo atiende una anciana cuyo estilo es una mezcla de Laurie Anderson, Lucía Bosé y Marianne Faithfull. Fabulosa.

En Palacio de Tokio también se puede comer. Tokio Eat es un restaurante moderno, debe ser lo que sentían los tripulantes del Enterprise cuando llegaba el momento de sentarse a la mesa.

Curiosamente, de los pocos lugares en París donde la mayoría de los comensales son locales. Parisinos que se ríen a carcajadas, que comentan las desventuras de su trabajo, que cantan cumpleaños feliz o simplemente se miran en silencio.

Acá, el anfitrión me recibe en inglés, pero la mesera que me recibe me intercambia como si se tratara de una mala carta y le dice a su compañero Serge en francés: "te toca atender a la americana". Me dieron ganas de decirle que soy chilena, y que entendí perfectamente que trató de deshacerse de mí. Pero mis deseos se frenaron cuando apareció Serge: delgado, desgreñado, con unos anteojos gruesos y una sonrisa tierna.

En perfecto inglés me ofrece la carta y algo para tomar. Y así, como lo consiguió Marcel en el Kong, después de tres copas de Carmenere y un risotto de alcachofa, Serge me parece completamente encantador.

Antes de perder la motricidad y decencia, es hora de salir por la puerta ancha del Tokio Eat, respirar la brisa fría del verano francés y confesar sin miramientos: París, je t'aime.


1 Comentarios

Agregar Comentario
Procesando mensajes...

#{date} | #{author} | #{mail}

#{message}

#{date} | #{author} | #{mail}

#{message}

Procesando...
Gracias por comentar
#{errorMsg}
Intente comentar luego
Haz tu comentario
Enviar Comentario
Quedan 500 caracteres
Normas de uso
Esta es la opinión de los usuarios, no de LATERCERA.com
No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes chilenas o injuriantes.
Como LATERCERA.com nos reservamos el derecho de eliminar los comentarios que consideremos inapropiados.
Una vez aceptado el comentario, se enviará un correo electrónico confirmando su publicación.
Los +
latercera.com
Consorcio Periodístico de Chile S.A. Derechos reservados
Se prohíbe expresamente la reproducción o copia de los contenidos de este sitio sin el expreso consentimiento de Consorcio Periodístico de Chile S.A.