En Metallica no hay licencia para respiros. Todo es un tobogán. Una lucha todo vale, un puñetazo que no da lugar a treguas. 21.25 horas, las luces del Club Hípico se apagan, la épica introducción orquestal The ecstacy of gold se funde con imágenes de la cinta El bueno, el malo y el feo, y el vértigo estalla: los cuatro jinetes del metal, la máquina más convocante del rock pesado, salta a escena para descargar Creeping death, el clásico ochentero con el que han inaugurado todas las fechas de su tour latino. La comunión con los fans está servida. 54 mil personas que repletaron el reducto y que lo hicieron ver como pocas veces antes, con seguidores encaramándose en las vallas que separan galería del sector cancha, y otros impulsando el viejo ritual de saltar a una mejor ubicación a espaldas de seguridad.
Fieles que comenzaron a llegar el lunes 25 al mediodía, 33 horas antes del inicio, y que reciben al conjunto con un estruendo avasallador y el puño derecho en alto, como si se tratara de una horda de guerreros vikingos.
El cantante James Hetfield, de pelo engominado y barba de chivo, lo resume mejor a 20 minutos del espectáculo, antes de largar otro clásico, Harvester of sorrow: "Esta es la familia de Metallica en Santiago", dice en su primer diálogo, mitad en inglés y mitad en español, con la hinchada. Y así fue anoche: Metallica ya es una institución que agrupa a un público transversal, con feligreses de la vieja escuela del thrash metal, hasta veinteañeros que los descubrieron en los 90, cuando mostraron su filo pop y sus himnos sonaban tanto en rankings televisivos como en tugurios de escaso presupuesto.
También hay adolescentes que no superan los quince años y hasta una abuela de 76 que acompañaba a su nieto, Graciela Mora, que se ubica en una silla al costado del lugar con un cintillo de la banda y bajo la atención de los presentes. Se trata del show más multitudinario del conjunto en el país, timbrando su popularidad y duplicando por lejos sus visitas de 1993 y 1999. En escena los norteamericanos lo entienden y hermanan presente y pasado con temas como For whom the bell tolls y Fade to black, y algunos de su último disco, el alabado Death magnetic (2008). Ahí demuestran también su vigencia como músicos, alternando ritmos, y desenfundando un sonido claro y apabullante que incluso se escuchaba a tres kilómetros de distancia. Por su parte el baterista Lars Ulrich y el guitarrista Kirk Hammett ejecutan solos de depurada precisión, mientras Hetfield aleona sus huestes con frases como "sienten lo que yo siento".
Pero el virtuosismo de los músicos contrasta con una escenografía simple y sobria con apenas dos tarimas, aunque enclavada en un escenario de grandes dimensiones (21 metros de ancho, 19 metros de profundidad y 90 toneladas de equipo). Al medio una pantalla LED de exquisita definición corona el cuadro, secundada por otras dos laterales más pequeñas.
El instante más pirotécnico de la jornada llega en el tramo final, inaugurado por One: las llamaradas salen de escena, las explosiones cruzan todo y los fuegos artificiales se disparan hacia el cielo. Las luces destellan una y otra vez, acompañando el tono machacante de la canción. Los efectos se repiten en Enter sandman (que suena tras una sentida interpretación de Nothing else matters) y en Seek & destroy, el tema que cierra todo luego de dos horas. Como obsequio Metallica se despide con la bandera chilena amarrada al cuello, regalando uñetas y baquetas, y saludando de cerca a los fans de primera fila.
Es también un premio al generalizado buen comportamiento, en un público siempre complejo y en un recinto habituado de manera muy reciente a los megaeventos. Casi no hubo desmanes, y los disturbios más graves se registraron cuando ya se había iniciado el show, con una treintena de fans intentando ingresar sin boleto por los accesos laterales del Club Hípico.
Cuando la batalla ya estaba desatada, incluso con la irrupción de un carro lanza agua, uno de los fanáticos le arrojó una piedra a un efectivo de Carabineros que sufrió lesiones que ameritaron trasladarlo al Hospital de Carabineros. En total, los efectivos de seguridad contabilizaron 130 detenidos, básicamente por porte de drogas. Las carpas de ambulancia del lugar también sumaron cerca de 100 atendidos por problemas menores.
El conjunto arribó a las 17:08 en vuelo privado desde Córdoba. Un plátano que traía uno de sus asesores en su maleta fue requisado por personal del SAG, lo que atrasó su partida al Club Hípico. Ya en el lugar, dieron un par de entrevistas, entre ellas a radio Futuro, la que será emitida hoy por la emisora.
Ahí el baterista Lars Ulrich elogió a Marcelo "Chino" Ríos y a Hans Gildemeister (fue tenista en su juventud) y con respecto al fervor local comentó: "Hay mucha pasión aquí, ver las caras de sonrisa de los fans nos gusta. La atmósfera es hermosa y apasionada. Fue una gran espera de 11 años".
Tras el cierre, el grupo partió al aeropuerto, tomó su avión y se fue a Brasil, la plaza de su próximo desembarco en la región.