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El escritor inglés Hari Kunzru habla de Mis revoluciones, el libro que se adentra en la paranoia post 11-S y que estará en diciembre en librerías.

Explorando la mente de un terrorista

por Gonzalo Maier | 25/11/2008 - 12:15

Hari Kunzru

Hay temas que a Hari Kunzru (39) lo persiguen. Literalmente. El, una de las estrellas del muy nutrido universo literario inglés, tenía un boleto de avión para regresar a Londres. Por esos días gastaba su tiempo en Los Angeles, California, intentando visitar las oficinas de Microsoft para recolectar información. Es que estaba escribiendo Leila.exe, un libro que publicaría un par de meses después, uno en donde los virus computacionales se robarían la historia y, para empaparse con el ambiente, suponía imprescindible poner sus pies en el Pentágono de Bill Gates. Pero no. No lo dejaron entrar y, para colmo, su pasaje ya tenía fecha: 12 de septiembre de 2001. Kunzru, desde Inglaterra, cuenta que por culpa de Bin Laden tuvo que retrasar su vuelta varios días y que, para paliar el mal rato, arrendó un auto dispuesto a vagar como Kerouac por las carreteras del centro-sur estadounidense.

Un par de días después, cuando el enemigo ya estaba identificado, obtuvo un vuelo y fue directo al aeropuerto de Las Vegas a entregar el auto. Y cuando estaba en eso, cuando iba llegando al estacionamiento, apareció la policía y lo detuvo. Kunzru, hijo de padre indio y de madre inglesa, tenía el look, precisamente, de esos nuevos enemigos. "Estaban convencidos de que era un terrorista. Esa vez tuve que echar mano a mi mejor acento inglés para que me creyeran. Pero no pasó nada grave".

Una vez contaste que eso tampoco terminó ahí...
No, después del 11-S mis viajes en avión fueron muy extraños. Por alguna curiosa coincidencia, en los aeropuertos siempre era "escogido al azar" para un chequeo extra. De hecho, llegó a tanto que mis amigos mandaron a imprimir una polera que decía "seleccionado al azar".

Tal como sucedió con Zadie Smith o Monica Ali, la llegada de Hari Kunzru a los estantes británicos estuvo a kilómetros de ser silenciosa. Tanto así que incluso anotó un récord. En su cuenta corriente le depositaron 1.25 millones de libras esterlinas como adelanto por su primera novela, una que se llamaba El transformista -The Impresionist, el impresionista, en inglés- y que sólo un puñado de editores había leído. Eso fue a mediados de ese mismo 2001, cuando aún era un desconocido, y cuando todavía no comenzaba a cosechar su reputación. Seis años antes, por cierto, de que John Banville, el excepcional y exquisito escritor irlandés, dejara caer una lluvia de aplausos sobre el modo en que Kunzru mezcla la política y la literatura. O antes de que la canónica revista Granta, una institución británica que desde mediados de los años 80 se empecina en indicar qué es lo bueno y qué es lo malo, lo incluyera en la -exclusiva, codiciada y polémica- lista de los mejores novelistas jóvenes de Gran Bretaña. O Best of Young British Novelists, como le dicen en la isla a esa categoría en donde alguna vez estuvieron Martin Amis, Kazuo Ishiguro o Salman Rushdie.

Graduado de Literatura en Oxford y un perfecto exponente del multiculturalismo profesional que hoy invade la literatura británica, Hari Mohan Nath Kunzru -ése es el nombre que aparece en su pasaporte- es amigo de los personajes extremos, de esos que se escapan exitosamente a cualquier índice de normalidad. En El transformista, su protagonista era un muchacho que, a comienzos del siglo XX, vivía falseando constantemente su identidad y saltando de Bombay a Londres. Leila.exe -su segunda novela, que publicó originalmente en 2004 como Transmission- es el nombre de un virus computacional inspirado en una actriz de Bollywood -el inigualable espejo indio de Hollywood- que un joven ingeniero echa a correr por Estados Unidos colapsando, de paso, a casi la mitad del planeta. A Kunzru, un tipo apoyado constantemente por la crítica gracias a la limpieza de su prosa y a la facilidad para infiltrarse en la mente de sus personajes, le interesa seriamente el mundo de hoy. Mal que mal, los años anteriores a la fama que lo situó en el podio de los escritores jóvenes, Kunzru los dedicó a escribir sobre tecnología para la revista Wired, de música para The Guardian o de temas relacionados con las migraciones en The Economist. Ese breve currículum vítae, de hecho, lo resume bastante bien. Quizá por esa particular facilidad para mezclar, para disfrazarse de DJ, es que en sus páginas se cuela graciosamente el olor al fin del mundo, a una Inglaterra con sabor a curry, a aeropuertos asépticos con wi-fi y a un planeta en donde, llevándolo todo a números redondos, nada es como antes.

Suelen decir que eres un "legado del colonialismo", que tus libros son fronterizos, que todo cabe...
Sí, supongo que como escritor soy un "legado del colonialismo inglés". Yo escribo sobre gente con problemas de identidad, que quizá no sean el centro de su vida, pero que los tienen. Ya sea por migraciones, por asuntos políticos o por otras cosas. Pero lo que realmente me interesa es la ambigüedad política y moral que sale de esa mezcla.

Hablando de eso. Desde fuera la literatura inglesa se ve como una gran feria multicultural, ¿cómo la ves tú?
A mí la escena literaria en el Reino Unido me parece interesante. Pero también estoy de acuerdo en que uno de los aspectos que particularmente sobresale es el origen de los escritores. En todo caso las novelas han ayudado mucho a los británicos a explorar cómo ha cambiado el país y ellos mismos.

¿Te gusta alguno en especial?
David Mitchell, A.l. Kennedy, Hilary Mantel, Iain Sinclair, Zadie Smith, y otros un poco más viejos como J.G. Ballard o Alasdair Gray.

Bombas íntimas
Michael Frame se debe ir. Pero rápido. Después de 16 años y aprovechando que su mujer y su hija están en el supermercado, las abandona repentinamente, sin siquiera molestarse en dejar una nota. Para eso toma sus cosas, deja botados los preparativos para la celebración de su cumpleaños número 50, y sencillamente desaparece. Hasta ese momento Michael Frame no era más que Michael Frame, un inglés del interior que pasó varios años en Tailandia junto a unos monjes budistas y que, durante esos últimos días del siglo XX, trabaja en una librería de segunda mano. Pero Michael Frame, el protagonista de Mis revoluciones -libro que llega a comienzos de diciembre a las librerías chilenas-, realmente se llama Chris Carver y eso ni su mujer lo sabe. De hecho hay veces en que incluso ni él lo recuerda. Pero no es que un día cualquiera se le haya ocurrido cambiar de nombre. Es que no le quedó otra.

Corría 1968, los franceses prohibían prohibir y Chris Carver era un alumno de la muy británica London School of Economics and Political Science. Tenía 20 años, venía de una clásica familia obrera y no tardaría en descubrir que, más que la biblioteca, lo suyo eran las protestas. Sobre todo las que tenían a la guerra de Vietnam como objetivo. Con el cambio de década, Chris dejará de ser un muchacho idealista y, de a poco, comenzará a frecuentar grupos subversivos hasta convertirse en un muy buen amigo de las bombas. Hasta que Anna Addison, su novia de esos días, muere en un atentado a la embajada estadounidense en Copenhague.

A diferencia de sus dos novelas anteriores -también existe un conjunto de cuentos que nunca fue traducido-, los editores españoles no le cambiaron el nombre a Mis revoluciones. Aparecida en mayo de 2007 en Inglaterra, es una novela sobre el modo en que el pasado inesperadamente vuelve sobre un terrorista jubilado, sobre la facilidad para cruzar la línea que muchas veces separa la cordura de lo que hay más allá, pero es también una novela sobre cómo la política y el romanticismo de los ideales se transforman en sangre. Y siempre con una facilidad increíble. Aunque Kunzru, ganador también de un British Book Award por Leila.exe, haya nacido un año después del 68, su retrato también vale como la bitácora de una generación que protestó en el Barrio Latino de París y en -de hecho aquí comienzan estrictamente los periplos del protagonista- Grosvenor Square de Londres. Tal como la RAF alemana, el IRA o las CCC belgas, Chris Carver y sus amigos serán parte de un grupo terrorista destinado a desaparecer y a desparramar muertos -inequívocamente la novela no deja de remitir a los atentados sufridos en Londres durante julio de 2005 y, en general, al universo post Bin Laden- en nombre de la revolución.

¿Qué revoluciones podemos esperar hoy?
Con la crisis financiera repentinamente la situación se ha vuelto muy interesante. Hoy estamos siendo testigos de cómo el orden social, en un par de días, parece mucho más frágil que hace unos años atrás. La idea que tenemos de revolución es la de algo muy violento que puede reordenar la sociedad, pero hay muchos problemas con eso. Además tengo la fuerte impresión de que siempre que se fuerza al mundo, el resultado se traduce en horror.

¿Se acabaron las revoluciones, entonces?
No. Creo, por ejemplo, que el mercado fundamentalista es un mito. Lo que necesitaríamos es producir bienes sociales, políticos y económicos. Ahora, tampoco hablo de un estado socialista. Creo que hay que preguntarse qué sistema produce bienes para la mayor cantidad de gente posible. Sólo eso.

Sólo por curiosidad: ¿un "Young British Novelist" lee algo latinoamericano?
Como para todos, el realismo mágico fue importante en mi juventud. De hecho creo que es uno de los movimientos más interesantes de la segunda mitad del siglo pasado. De chico me gustaban García Márquez y Carlos Fuentes. Pero el mejor de todos siempre será Borges. Un escritor intelectualmente brillante y con una capacidad inigualable para inventar argumentos. Ahora, de los más nuevos, me ha gustado mucho Roberto Bolaño. Además es impresionante ver cómo ha crecido su reputación. Sobre todo desde Los detectives salvajes. En cualquier caso no puedo terminar una entrevista con una revista chilena sin permitirme una genuflexión por Pablo Neruda, sin duda el más romántico de todos los socialistas.


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