Mientras esperaba en el mesón de una farmacia para que alguien me atendiera, me entretuve observando la cantidad de artículos que éstas ofrecen a sus clientes. La variada naturaleza de los productos dispuestos en los estantes me llevó a reflexionar que el concepto de farmacia hoy en día no es el mismo de antaño.
Además de los consabidos medicamentos o fármacos -he ahí el concepto de “farmacia”-, estos lugares poseen una amplia gama de productos cosméticos, los cuales antes se adquirían en las perfumerías. ¿Existirán las perfumerías todavía? Al menos en mi ciudad, no.
Bueno, cosmética y farmacéutica no son conceptos tan alejados. Sin embargo, me pregunto ¿qué relación tiene la industria farmacéutica con las golosinas que se venden ahí?, ¿será que ello apunta a una estrategia de marketing un tanto maquiavélica? algo así como “Si usted engorda con estos productos, no se preocupe, cómprelos, cómalos, disfrútelos, pero no se olvide de llevar estas pastillas para disminuir su peso y a la salida tiene una balanza electrónica para constatar que sí necesita aquellas pastillas”.
Mientras seguía pensando en eso, una señora solicitó un antidepresivo y al oír el precio del medicamento le pidió al vendedor que le recomendara uno más económico. Finalmente lo llevó. ¿Y la receta?, pregunté yo, claro que sólo en mi mente, pues no tenía porque meterme en aquella conversación.
Estaba en eso cuando oí que el señor que estaba a mi lado pedía cargar su celular. Sí, cargar su celular con dinero para poder efectuar llamadas. Me pregunté
si es una exigencia para las farmacias tener a un químico de turno, ¿no se les debería exigir también que exista un ejecutivo calificado en teléfonos celulares? Claro, en caso de que algún cliente tenga alguna duda al respecto.
De tanto esperar que me atendieran me dio sed y para sorpresa detrás de mí había una máquina de bebidas. Estuve tentada a sacar una bebida energética, pero recordé que hacen mal. Finalmente, opté por una bebida cola y mientras la bebía pensaba que esa era otra acertada estrategia de venta. “Si la cafeína le produce malestar, beba la bebida cola sin problemas y luego en el mesón pide un antiácido, lo mismo, si tiene problemas de diabetes puede consumir la bebida hasta el último sorbo, pues a la mano se encontrará con algún remedio que contrarreste el efecto del azúcar y de paso, puede llevar un aparato medidor de glucosa”.
Cuando por fin me atendieron, le dije al dependiente:
-Necesito aspirinas-
-No nos quedan- me respodió.
-¿Y tiene cigarros?- le pregunté.
El vendedor me miró como quien observa a una nave extraterrestre aterrizando en el jardín.
–Señora, esta es una farmacia- me dijo sarcásticamente.
Me encogí de hombros y me fui. No perdería más de mi precioso tiempo en discutir con el vendedor el por qué venden determinados venenos y otros no. Tampoco le diría que mi pregunta atendió a una idea visionaria.
No es de extrañar que en el futuro algún alto ejecutivo del área de marketing de las empresas farmacéuticas considere incluir cigarrillos y alcohol dentro de sus artículos.
Si expenden productos con alto contenido de grasas saturadas, azúcar, sal, cafeína y drogas sin receta médica, ¿por qué no incluir otros venenos cuyo antídoto se encuentra en el mismo lugar?
AOL