Que la industria automotriz está en crisis, ya no es novedad, y de hecho, cada día aparecen nuevos ejecutivos casi implorando por ayudas económicas que les permitan mantenerse a flote.
Pues bien, este crítico momento ha consolidado un fenómeno que se venía dando desde hace un par de años como vía de escape: la venta de marcas por parte de los grandes grupos de la industria, con el fin de ganar algo de liquidez. Sólo esta semana General Motors confirmó que venderá en US$ 230 millones el 3% de las acciones que tenía de Suzuki, y Ford decidió vender dos tercios de su participación en Mazda (el 20,4% del total), lo que fue aprovechado por la misma marca para adquirir un 6,87% de su accionariado, mientras que el resto lo compraron inversionistas nipones.
El alejamiento de las compañías americanas (parcial o total) de las marcas asiáticas puso fin a casi 30 años de trabajo conjunto, ya que GM compró las primeras acciones de Suzuki en 1981 y Ford hizo lo propio con Mazda en 1979.
Por aquellos años, la competencia aún no era tan brutal como lo es hoy en día, sin embargo, se formaron las primeras alianzas que daban paso a grupos automotores globales. ¿Cuál era el objetivo? Originalmente, ganar volumen de ventas y penetración en algunos mercados, luego, abaratar costos gracias al uso común de las mismas familias de motores, plataformas e instalaciones.
Matrimonios emblemáticos.
Es en los años 90 cuando el fenómeno de las fusiones se intensifica, y una de las asociaciones más bombásticas fue la compra del grupo Chrysler por parte de Daimler Benz. Por si fuese poco, el conglomerado alemán-estadounidense entró luego en la propiedad de Mitsubishi, dejando en claro su objetivo de ser un fabricante global con presencia en los países de mayores ventas. El final de la historia es conocido: los alemanes se cansaron de las pérdidas de Chrysler y decidieron, el año pasado, traspasar la mayoría accionaria al fondo de inversiones Cerberus, mientras que de Mitsubishi se habían alejado antes por no tener los resultados esperados.
Otra unión relevante sin final feliz fue la de GM con Fiat. Cuando en 2000 la marca italiana atravesaba una enorme crisis financiera, firmaron un acuerdo de desarrollo conjunto, pero en 2005 GM no soporta las pérdidas y tuvo que pagarle US$ 2.000 millones a los peninsulares para poner fin al contrato que los obligaba a comprar la totalidad de las acciones. Tres años después, Fiat vive una buena etapa de consolidación económica.
Otra asociación fracasada de GM la vivió con Subaru, tras vender en 2005 el 20% de la propiedad de la compañía que tenía desde 1999. Parte de esas acciones las compró Toyota.
Ford tampoco ha tenido suerte, pues compró en 1989 y 1990 Jaguar y Land Rover por un total de US$ 5.250 millones, y el año anterior las tuvo que vender en US$ 2.300 millones a la india Tata Motors. Algo similar vivió con Aston Martin, de quien se desprendió en 2007 tras 20 años en sus manos. La falta de liquidez las sentenció.
Y para el futuro cercano, considerando lo complejo del escenario actual, Volvo parece estar sentenciado a seguir el camino de sus hermanas del Premier Group, mientras que GM ya puso en venta a Hummer.
Eso sí, no todas las uniones han terminado en fracasos. Renault y Nissan dan fe de ello, pues desde que la firma del rombo adquirió el 36,8% de su similar nipona en 1999, ha visto los frutos en mejoras notables en sus producciones y balances. La convivencia, cuando hay objetivos comunes de por medio, puede ser mucho más fácil.