La generalidad de los restaurantes hoteleros santiaguinos, en los últimos tiempos, han tenido la consigna de "renovarse o morir". En ambiente, en cocina, donde sea. En Aquarium, de Hotel Kennedy, pareciera ser la excepción a esa regla de cambio para que todo siga igual.
Sentarse en su comedor es un viaje al pasado; una instantánea sacada con negativo de una cena ochentera o, a lo sumo, de principios de los 90: su salón de maderas claras con aplicaciones en las paredes, mesas con mantel color pastel hasta el suelo y su acuario como gran ornamento lo atestiguan.
No se sabe cómo, pero inexplicablemente pasó inadvertida para el equipo de producción de Los 80, la exitosa serie de TV-UC. ¿Algo de malo en eso? Nada, ante todo porque se trata de un sitio vintage totalmente asumido, en forma y fondo culinario, cuya carta internacional, sumada a un menú de tradiciones chilenas, se acoge a una corrección que lo acerca a la categoría de clásico.
Hubo cierta incomodidad. Un par de eventos de fin de año en el bar y comedor contiguo le restó personal; y la sonrisa-mueca del maitre lo decía todo, mientras tomaba pedidos y servía mesas cubriendo a sus compañeros. Pero obviando el detalle, la copa de Los Vascos chardonnay ($ 2.500) llegó a tiempo, fría y fresca, y en el ritual de llegada de los platos demora evidente. O sea, seguramente, un apuro pasajero.
Son pocos los guiños más actuales dentro de su carta; quizá el batido tempura de unos frescos y rechonchos ostiones ($ 6.500) de cobertura sabrosa, aunque gruesa comparada con la hecha en cualquier restaurante japonés. O la marinada en jengibre de su salmón grillado ($ 7.200) con bordes quemaditos y centro a punto, que junto a su acompañamiento de verduras coloridas y al dente ($ 2.800) fue lo mejor de la noche por su delicada sazón que hizo del sabor del pescado lo esencial del plato.
El plato de la casa es el filete Aquarium ($ 9.500), relleno de salmón ahumado, acompañado de una salsa de vino tinto y pistachos, más unas recontratípicas y algo secas papas Williams. Carne a punto, salsa bien ligada y de correcto agridulce, pero faltos de potencia en la sazón.
Esta vez la suavidad jugó en contra. Y si no fuera porque el garzón indicó que sólo había disponibles postres del buffet ($ 1.500), esta nota tendría dulzor un poco más elaborado. Cuando se corrigió, ya era tarde: el mousse de frutos rojos, al menos, demostró que también se puede comer a precios módicos en este hotel de Vitacura. Un sitio donde el costumbrismo culinario, internacional y criollo, se expresa de punta a cabo. Como antes.