EL CRUCE DE LA FRONTERA
Fue necesario andar unas tres horas y media en camioneta para cubrir los 250 kilómetros que separan Santo Domingo de Jimani, la localidad dominicana fronteriza con Haití. Allí se concentra parte importante del dispositivo de distribución de la ayuda humanitaria y de atención médica primaria para los haitianos afectados por el terremoto. Filas interminables de vehículos y "la estación" de servicio para recargar combustible son el anticipo del caos que se vive al cruzar la frontera. No es necesario mostrar el pasaporte. Nadie lo pide. La policía, quizá por la emergencia que vive su país, sólo sonríe y abre la puerta para que los vehículos de patente dominicana ingresen con la ayuda humanitaria. En una hora y media se llega a Puerto Príncipe.
CADÁVERES EN LLAMAS
Al día siguiente del terremoto, las calles de la capital haitiana eran una verdadera morgue al aire libre. Pese a la catástrofe, a los tres días los cadáveres habían desaparecido casi por completo. Miles de éstos fueron a parar a las fosas comunes habilitadas a las afueras de la ciudad. Pero pasados los días y en pleno centro de Puerto Príncipe uno igual se podía cruzar con cuerpos. Claro que esta vez varios de ellos desaparecían bajo las llamas de los neumáticos que sus familiares habían encendido para eliminar los restos humanos. El olor es penetrante. Los mismos haitianos le piden a los extranjeros ponerse las mascarillas, mientras se detienen a sacar fotos del dantesco espectáculo con sus celulares.
A BOCINAZOS EN MOTO
Como si la falta de agua y de comunicaciones no fuera suficiente, la movilización también representa un problema en Puerto Príncipe, sobre todo cuando el combustible empieza a escasear. Los camiones repartidores deben ser custodiados por la Policía haitiana o efectivos de la Minustah para evitar desórdenes en las estaciones de servicio. Las filas de personas esperando comprar combustible con sus bidones son la muestra gráfica del problema. La opción es viajar en Tap Tap (coloridos camiones atestados de pasajeros), camionetas o motos. Los dueños de éstas últimas han aprovechado la emergencia para obtener suculentas ganancias. En condiciones normales su tarifa promedio era de US$ 3 a US$ 5, pero la abundante prensa extranjera en la capital se ha convertido en un codiciado cliente. Para éstos los precios se han elevado a casi US$ 100 o más.
DURMIENDO AL BORDE LA PISTA
Con El Montana en ruinas, Puerto Príncipe se quedó sin su principal hotel. Otros tantos quedaron a maltraer y los que pudieron mantenerse en pie se coparon rápidamente con funcionarios de organismos internacionales y de prensa extranjera. La alternativa para los periodistas chilenos fue hospedarse en el grupo de helicópteros de la Minustah, a cargo de Chile, en carpas los más equipados o simplemente en catres de campaña bajo el fuselaje de un viejo avión. Los constantes despegues de aviones y helicópteros militares hacían casi imposible dormir, lo mismo que los molestos e infecciosos mosquitos que plagan la noche haitiana.
EL MUNDO EN EL AEROPUERTO
La destrucción del cuartel central de la Minustah, emplazado en el ex Hotel Christopher, ha obligado a concentrar las actividades de la misión de la ONU en las instalaciones militares dispuestas junto al aeropuerto de Puerto Príncipe. La variedad de nacionalidades, idiomas y costumbres del personal internacional desplegado en el lugar es un espectáculo por sí mismo. Efectivos de Dubai con túnicas blancas, choferes indios con turbantes o efectivos de religión musulmana orando al final del día son parte de los personajes que se pueden ver en el lugar.
NO FOTOS
Si hay algo que a los niños haitianos les gusta es que les saquen fotografías. Más aún cuando ven las cámaras profesionales de los reporteros gráficos. Posan casi instintivamente frente a los lentes. Y después exigen ver en los visores de las cámaras el retrato final. Claro que a algunos adultos no les gusta mucho esta práctica. Como el haitiano albergado frente al Palacio Presidencial que nos intimidó con su machete al grito de "no foto, no foto". Según residentes extranjeros en Puerto Príncipe, algunos haitianos practicantes del vudú y la brujería, creen que la foto de alguna manera les arrebata el alma en cada toma.