La palabra "bloqueo" nunca más volverá a tener para mí el mismo significado. Crecí y me formé asociando esta palabra a las denuncias de la dictadura cubana contra Estados Unidos por un embargo que no impide a ningún otro país comerciar con Cuba y que no restringe el acceso de ningún ciudadano extranjero a la isla si La Habana lo acepta. Después de visitar Gaza, sugiero que la inmoralidad de llamar "bloqueo" a lo de Cuba, independientemente de si está a favor o en contra del embargo, es doble: además de ser una mentira es un insulto a los palestinos que, ellos sí, viven confinados en un verdadero gueto.
Lo primero que a uno lo impacta en Gaza es que parece haber sido bombardeada ayer mismo. Ni una sola edificación de las que fueron destruidas en el invierno de 2008/2009, durante la operación israelí en respuesta a los ataques de militantes de Hamas con misiles Kassam capaces de alcanzar Beersheva y Ashdod, ha sido reconstruida. Aquí se confirma lo que el informe del juez Richard Goldstone, que encabezó la misión especial de Naciones Unidas para investigar la guerra de Gaza, concluyó: que el asalto de Israel, al igual que los ataques de Hamas contra el sur israelí, produjo crímenes de guerra y acaso crímenes contra la humanidad. Nadie sabe cuántos, de los 1.400 palestinos que murieron (frente a 13 israelíes) eran terroristas, pero muchísimos no lo eran. No admite duda que miles de personas humildes totalmente ajenas al conflicto vieron sus propiedades y vidas arruinadas.
Jalhal Abulela, responsable de una familia numerosa que vive en tiendas de campaña en medio de un descampado insalubre, nos recibió, rodeado de niños en harapos y descalzos y un par de asnos desnutridos, con esta frase angustiosa: "Tengo dos esposas y 18 hijos; trabajé 15 años en Israel fabricando tuberías para el desagüe, usé todos mis ahorros para comprarme una casita aquí, y en una mañana los israelíes me bombardearon y mire cómo vivimos. Yo no creo en nadie, ni en Hamas, ni en Fatah, ni en Israel, sólo quiero lo mío". Su hermano Shpar lo interrumpe y agarrándose el brazo izquierdo exclama: "Mi esposa perdió la mano en el ataque". Centenares de metros a la redonda se ven edificios agujereados por todos lados, con aspecto de estar a punto de ceder en cualquier momento. La sucesión infinita de muros cuarteados color cemento sin pintar es apenas interrumpida por uno que otro huerto con siembras de maíz. Las callejuelas de la ciudad son barriadas que parecen congeladas en el tiempo.
ESPERA INFINITA
Quizá la vivienda más emblemática del drama de Gaza es la de Faiva, madre de varios hijos, en el barrio de Beit Lahiya, en el norte del enclave, donde las Fuerzas de Defensa Israelíes apuntaron parte de la artillería y luego el asalto terrestre. La casa de dos pisos es un amasijo de fierros al descubierto y bloques de concreto partidos que cuelgan como si estuvieran a punto de desgajarse; entre las ranuras pasean las lagartijas y uno que otro coleóptero. Allí dentro, proeza difícil de concebir desde el exterior, vive toda la familia. Pocos mintos antes de que llegáramos, un bloque se había desprendido a pocos centímetros de donde jugaba una de las hijas de Faiva. "Nos morimos de hambre, vivimos como perros, pero no tengo adónde ir. Nos manda algo Hamas, pero no todo lo que ofreció. Yo no tengo ninguna relación con política, sólo quiero sobrevivir para mis hijos. No tienen trabajo, no estudian. Llevamos años así, esperando, esperando".
El desempleo real llega al 80 por ciento. La estadística reduce algo esta cifra, porque Hamas mantiene a un sector de la población para asegurarse su lealtad y Fatah, que está muy disminuido en Gaza, a otro pequeño porcentaje.
Más allá, el barrio de Ezbt Abed Rabbo, donde se vivieron atroces escenas cuando los soldados que habían ingresado en un tanque dispararon contra niños que blandían pañuelos blancos, es quizá donde la herida está más abierta. "Que peleen contra Hamas se entiende, que nos maten por ser palestinos y vivir en Gaza…", se lamenta sin terminar la frase un hombre que deambula sin destino por estas calles que hoy presentan un aspecto fantasmal por el duelo decretado por las autoridades en solidaridad con la flotilla.
El bloqueo impide el ingreso de material de construcción, lo que explica que nada haya sido reconstruido. Ingresan algunos alimentos como parte de la ayuda asistencial que Israel permite, pero la lista es también objeto de discriminación. Por ejemplo, se autoriza la canela, pero no el cilantro. La agricultura y la pesca, que es de lo que vivía en parte esta ciudad, está en estado de ruina. Los pescadores no pueden alejarse más de tres millas náuticas, como lo explica en el puerto al que la flotilla quería llegar uno de los guardias. "La pesca real está mucho más lejos y esta zona inmediatamente aledaña a la costa está contaminada, o sea que las sardinas se mueren". Había también algo de industria. Se calcula que unas tres mil pequeñas empresas sostenían a decenas de miles de familias en esta ciudad de un millón y medio de habitantes. Las tres mil desaparecieron. Está terminantemente prohibido por Israel exportar e importar por temor al tráfico de armas.
En el puerto se reúnen algunas autoridades de Hamas para una ceremonia fúnebre por la flotilla. Abordamos a Fawzy Barhoum, el ministro portavoz de Hamas. "Esto es un crimen contra la humanidad y sólo parará cuando Estados Unidos se lo ordene a Israel. Mire usted lo que ha pasado: todo el mundo condena el ataque a la flotilla, pero Estados Unidos se niega a condenarlo y, por tanto, Israel se cree con derecho a seguir matando de hambre a un millón y medio de personas".
Me pregunto si Hamas, cuyas acciones provocaron el bloqueo, no sabe que tiene responsabilidad en lo que sucede. "Nosotros nos defendimos, pero ellos atacaron sólo porque ganamos unas elecciones. ¿Qué clase de democracia practican? ¿Y qué culpa tienen los civiles, que son los que llevan la peor parte?". Le preguntamos si su guerra contra Fatah y su decisión de no reconocer a Israel no facilita el bloqueo. "Estamos totalmente dispuestos a un entendimiento con Fatah y nosotros hemos dicho que estamos dispuestos a garantizar la seguridad de Israel, sin necesidad de reconocimientos oficiales, a cambio de que nos devuelvan nuestra tierra".
EL HAMAS
Aunque Hamas ha logrado imponerse, con un sistema de vigilancia opresivo, sobre la población, es evidente el descontento que tienen los habitantes. Lo susurran con cuidado, nunca entre ellos, sólo a los visitantes. "Las mujeres son las más afectadas", explica uno de nuestros interlocutores que no puedo identificar, "ellas dieron el triunfo a Hamas, pero se arrepienten, porque ahora se ha legitimado que el esposo tenga varias mujeres". El velo integral es una presencia ubicua, pero en la Universidad de Al-Azhar y otros enclaves liberales de Gaza las chicas pueden andar sin él. Se trata más de una exigencia social que de una norma de Hamas, nos explican, y algunas familias se atreven a desafiar la tradición. El cuerpo de seguridad de Hamas con su inconfundible uniforme negro también está muy visible en la ciudad, y el alcohol, que al visitante le arrebatan en la garita de control en la frontera, brilla por su ausencia.
La sensación que prevalece es que los palestinos están atrapados en un conflicto del que son víctimas por asociación. Israel les impone una condena colectiva para vengarse de Hamas, y Hamas los usa para desprestigiar a Israel. Mientras tanto, una generación de niños -que están por doquier sonriendo, volando cometas, ajenos por ahora a los grandes asuntos- sólo ha conocido israelíes con uniforme militar y armas, y sólo sabe del mundo exterior por las imágenes de televisión que alguna antena parabólica asomando entre ruinas transmite. ¿Cuántos de ellos crecerán sin otro destino posible que el de matar?
Al salir de Gaza oímos un tiroteo a lo lejos. Horas después averiguamos que al lado del punto por donde salimos dos palestinos han muerto atacados por Israel tratando de cruzar la frontera. Israel dice que eran terroristas. Los palestinos dicen que eran agricultores que querían huir de Gaza.
Qué sentimientos tan encontrados me provoca esta intensa visita. Admiro a Israel como a pocos pueblos en el mundo. Supieron convertir su sufrimiento de siglos -los guetos, los pogroms, las expulsiones, las conversiones forzosas, la censura social, el Holocausto- en una epopeya de éxito y solidaridad, y desde luego en la única democracia del Medio Oriente. Una democracia que para los israelíes es ejemplar: las cosas que dicen los Gideon Levy, los David Grossman, las Amira Hass y otras voces críticas en la prensa, lo mismo que los diputados árabes en el Knesset, así lo atestiguan. Pero muchos años de atentados y tres guerras han creado en la dirigencia israelí una mentalidad de trinchera que se traduce en un verdadero apartheid contra los palestinos. No existe otra palabra para describir lo que el pueblo palestino tiene que padecer por culpa de la guerra entre Israel y los grupos terroristas que dicen actuar en nombre de ellos. Israel, sin darse cuenta, trata a los palestinos como otros pueblos trataron en su día a los judíos.
LAS DOS HEBRÓN
La ciudad de Hebrón solía ser el centro comercial del sur de Cisjordania, una serpentina sucesión de bazares y calles palestinas donde bullía la vida. Ahora es un desfile de edificios vacíos cuyo silencio vuelve escalofriantes los omnipresentes grafitis contra sus antiguos habitantes.
Cuando subíamos por la calle Shuhada, la principal, unos niños israelíes increparon a nuestro acompañante judío, que iba a la cabeza: "Yehuda, criminal, no ganarás". Yehuda, un ex soldado de la unidad más importante en Hebrón e hijo de padres ultraortodoxos, sonrió. Está acostumbrado a las diatribas de los colonos israelíes, es decir, compatriotas suyos, desde que denunció la expulsión de miles de palestinos de esta área. Vienen también de niños aleccionados por los colonos.
Caminamos hasta un puesto de control que los dos israelíes de nuestro grupo no tenían permitido cruzar. Más allá está la parte de Hebrón controlada por la Autoridad Palestina. El resto de nosotros lo atravesó, ingresando a otro mundo: una ciudad palestina henchida de vida comercial y social. Así debió ser la parte controlada ahora por Israel antes de la expulsión de los palestinos.
La separación de Hebrón es obra de no más de 500 colonos judíos a los que la mayoría de los israelíes se oponen, pero que se imponen por dos factores: un sistema electoral que hace que los gobiernos minoritarios de Israel dependan de partidos extremistas que representan el 10% de la sociedad y, lo que es más importante, la gradual indiferencia de los israelíes, enfocados en otras prioridades. Los colonos que se han apoderado de esta zona -aledaña a la Tumba de los Patricarcas, donde la tradición dice que fue enterrado Abraham, padre tanto de judíos como de musulmanes- les sacan partido a ambas circunstancias.
Debido al estancamiento político sin fin y a su nueva prosperidad, las mentes de muchos israelíes han virado hacia el futuro. Y el futuro es una revolución tecnológica que produce innovación en áreas como la medicina y las comunicaciones. La inversión de capital semilla por persona en Israel es 2,5 veces mayor que en los Estados Unidos y 30 veces mayor que en Europa. Las grandes corporaciones nortemericanas tienen aquí centros de investigación como los que tenían hasta hace poco en Irlanda. Todo el mundo inventa cosas. Un joven empresario nos explicó que ha patentado un método para convertir la basura en plástico, mientras que un hombre de negocios mayor compartió con nosotros su nuevo método para renovar el asfalto.
El movimiento colonizador -el Gush Emunim- iniciado en los años 60 suma hoy no más de 400.000 personas. Para el mundo exterior, su motivación para expandirse por Cisjordania, incluidos los asentamientos de Hebrón o los que visité alrededor de Yatta, donde las vidas tradicionales de pastores y agricultores han sido arruinadas por colonos que han sellado sus pozos de agua, es ante todo religiosa.
Pero para la mayoría de los colonos la motivación es nacionalista o económica. Incluso los haredis ultraortodoxos están más interesados en un Estado confesional que en la restauración de la "Eratz Israel". Su limitada participación en los asentamientos responde a la tierra barata, que necesitan desesperadamente debido a su baja productividad y a la carga que sus costumbres, como comprarle una casa a cada hijo o hija que se casa, imponen sobre sus finanzas.
BARRERAS
Amos Oz, el más importante intelectual de Israel, me dijo que no suman más de 100.000 los colonos verdaderamente comprometidos. "La decisión del gobierno de retirar los asentamientos, que se han duplicado desde los acuerdos de Oslo de 1993, encontraría la resistencia de un pequeño porcentaje, algo perfectamente manejable, como lo demostró el ex primer ministro Ariel Sharon en Gaza". Lo que falta, considera A.B. Yehoshua, otro renombrado intelectual con quien conversé y que respaldó, por ejemplo, el bombardeo del Líbano hace pocos años, "es simplemente la voluntad política". La presión de la sociedad israelí, preocupada por otras prioridades, no se da.
Sobre el papel, las condiciones para la paz son propicias. Israel está fuerte y floreciente, y los territorios palestinos experimentan, en Cisjordania, una bonanza gracias a la inversión generada por las políticas liberales del primer ministro Salam Fayyad. Las pocas barreras que las autoridades israelíes han removido han generado fascinantes intercambios transfronterizos entre israelíes y palestinos, a pesar de los extenuantes controles (para reingresar a Israel desde Belén fuimos sometidos a un chequeo idéntico al que padecen los palestinos, porque ocurrió en medio de la crisis de la flotilla y las órdenes eran aplicar a personas con autorización especial del gobierno el mismo proceso de revisión. El lugar por donde uno pasa tiene el aspecto de una cárcel de alta seguridad en la que nunca tiene contacto con seres humanos pues los soldados lo vigilan a uno desde cámaras secretas y sólo le hablan por altoparlantes).
En 1925, el ex ministro de Relaciones Exteriores británico Lord Balfour habló desde el Monte Scopus, en Jerusalén oriental, donde está la Universidad Hebrea, hoy foco admirable de crítica a los excesos del Estado israelí. Invocó una patria judía "en la que no sólo los hombres de origen judío, sino otros que comparten la civilización común del mundo tendrían razones para congratularse". Lo triste no es lo lejana que está la realidad de eso, sino lo fácil que resulta imaginarlo.
El chico palestino que nos ayudó a salir de un callejón peligroso en la "Casbah" de Jerusalén; el colono que nos pidió que mediáramos entre él y el vicealcalde de Jerusalén, Yosef Alalu, su crítico; el impulso económico de los territorios palestinos y el impresionante espíritu empresarial de Israel nos hablaron de las maravillas que estas dos sociedades podrían lograr juntas.
"Soy muy optimista", nos dijo el Presidente Simon Peres durante una visita a su despacho. "A Abu Mazen", continuó, llamando a Mahmoud Abbas por el nombre que los israelíes prefieren, "sólo le falta entender que las grandes cosas no suceden porque un líder es grande; un líder se vuelve grande haciéndolas".
Esta frase apropiada se aplica en realidad a los líderes de ambos bandos. Pero salgo de Israel con la convicción absoluta de que es hoy Tel Aviv el que tiene que buscar la fórmula inteligente que congenie seguridad con derechos palestinos. El argumento de que es la parte contraria la que debe ceder y la dispensa de la seguridad han dejado de ser realistas, justas o prácticas. De Israel, la vanguardia occidental en el Medio Oriente, lo último que se debe aceptar es que aplique condenas colectivas y cree guetos como los que padecieron los judíos a lo largo de tanto tiempo.