Si un niño de cuatro años siente pena en la sala de clases, su madre no estará para consolarlo. Si está enojado, tendrá que aguantarse la rabieta y si un amigo no quiere jugar con él, tendrá que aprender a superar el fracaso. Catorce años después, luego de haber aprendido a defenderse y familiarizarse con ese mundo, debe dejarlo.
El primer y último año de colegio significan tanto, que su impacto emocional es inevitable. Buenas o malas experiencias, una persona las recordará siempre. Un preescolar por primera vez en su vida debe aprender por sí solo a hacer seguro un entorno que le es extraño. Mientras que quien termina el colegio, vive en la paradoja de disfrutar lo último que le queda cuando el resto le pide que piense en su futuro.
EL PRIMER DIA DE TODOS
Antes al colegio se llegaba en kínder. Hoy, a los tres o cuatro años, un pequeño ya sabe de uniforme, horarios y actos cívicos. La entrada al colegio se ha adelantado desde la irrupción de los play group y la obligatoriedad de la educación preescolar.
Este primer año es radical en el inicio de la socialización y el desapego. De salir bien parado, el niño adquirirá la confianza necesaria para su desarrollo futuro en la sociedad. Por el contrario, si no lo asume con los recursos emocionales que tiene hasta el momento, tardará más que el resto de sus compañeros en adaptarse. Si no se siente bien, podría incluso tener problemas con las autoridades o dificultades en el aprendizaje, ya que nada que tenga que ver con el colegio le va a ser grato. "La ansiedad que viven ellos tiene que ver con que el chico aprende a separarse de los adultos significativos para él y tiene que enfrentar otro entorno sin angustia", dice Juan Pablo Westphal, sicólogo infanto juvenil de la Clínica Santa María.
El pequeño tendrá que utilizar sus propios recursos de lenguaje y de interacción para elegir a sus nuevos amigos y también para ser elegido por ellos. Ya no se trata de jugar sólo con sus hermanos o primos, sino de abrir su campo de acción con sus pares. "El niño se enfrenta a sí mismo, evalúa sus posibilidades y analiza las situaciones que conllevan la aprobación o rechazo de sus compañeros y profesores. Entonces, aprende a tomar decisiones y percibe con mayor claridad las consecuencias de sus actos", explica Álvaro Ayala, sicólogo educacional e infanto juvenil de la U. Católica de Valparaíso. Se trata de un pequeño que a los cuatro años deberá entender que sus propias reacciones influirán en sentirse o no cómodo en su entorno.
EL ULTIMO AÑO DEL RESTO DE LA VIDA
Después de haber llegado año tras año al mismo establecimiento, a la misma hora, todas las mañanas, éste es el último tramo que queda para repetir la rutina. Han sido las mismas personas -desde quien abre la puerta del colegio hasta el mejor amigo de la clase-, la misma cafetería, los profesores o la sala de computación. Pueden haber cambiado miles de detalles en los catorce años que un alumno de cuarto medio cumple en su colegio, pero hay algo familiar que siempre se ha mantenido y que, inevitablemente, está a punto de desaparecer. Sobre todo si tuvo que esforzarse para hacer de ese colegio su lugar seguro.
Hay dos tipos de jóvenes. El primer grupo lo conforma quienes quieren salir lo más luego posible. Generalmente se trata de adolescentes que no tuvieron una buena experiencia en el colegio y tienen la esperanza de llegar a un lugar en que sí se van a desarrollar socialmente. El segundo grupo es quienes lo pasaron tan bien en el colegio, que tienen un miedo exagerado a que el lugar que siga no sea tan agradable como el primero.
Como sea, la ansiedad es característica. No sólo por rendir la PSU, sino por lo que deja -haya o no haya sido bueno-. Pero este sentimiento es ambivalente. Como lo explica la neuropsiquiatra Amanda Céspedes, los chicos de esa edad están abocados en desenvolverse y consolidar sus relaciones sentimentales, en descubrir la vida y en disfrutarla, pero reciben una enorme y sistemática andanada de mensajes en torno a la sensatez y sobre que deben hacer buenas elecciones de vida. "Sienten que toda su vida futura, profesional, social, personal, se define en un instante", agrega la profesional.
Un estudiante de cuarto medio intuye lo que se le viene, pero a la vez vive tratando de disfrutar lo que le queda. Esa es la paradoja: su emocionalidad se debate entre la ansiedad y lo que ha logrado, que va desde las notas hasta un desarrollo de la personalidad que ha ido forjando año a año. Porque si en primero medio era el más pequeño de los grandes y tenía que debatirse demostrándolo todo, hoy es el "adulto" de los que quedan en el colegio. "Hay colegios que incluso les dan algunas regalías, como horarios, vestimenta o ramos distintos. Se relajan por un lado y se angustian por el otro", afirma Westphal.
LOS AMIGOS DE CUARTO MEDIO
"Es muy probable encontrarse con una idealización de los lazos de amistad, de pensar que estos perdurarán en el tiempo. Los nombres que llevan inscritos en su polerón de promoción es la señal más clara de ello", afirma Alvaro Ayala, sicólogo educacional, al referirse a los lazos de amistad en cuarto medio. Por eso todo se vuelve un rito: el último día del alumno, el último aniversario del colegio, los carretes de fin de semana, todo sirve como despedida. "Estos son actos simbólicos que ayuden a cerrar la etapa junto a quienes la han compartido, rememorando momentos y anécdotas, con la idea de que sus compañeros les han ayudado a ser las mejores personas que ahora son y que probablemente no lo habrían logrado sin su apoyo", dice el especialista. Pero, finalmente, la separación es aceptada y resuelta como una etapa más en la vida.