Durante este año, el cine chileno deambuló en una dualidad casi esquizofrénica: a la gran cantidad de estrenos (síntoma de la vitalidad y diversidad de la actividad) se le contrapuso una muy discreta respuesta de público, donde sólo unos pocos títulos lograron atraer la atención del espectador.
Y esa bipolartidad también se graficó en el discurso. Las voces oficiales (desde la Ministra de Cultura para abajo) no pararon de festejar la cantidad de cintas lanzadas a la cartelera, insistiendo en el récor que significó superar los 15 títulos estrenados en el lejano 1925, el que permanecía intacto. Pero pocas de estas voces aclararon que para todos los títulos estrenados en multisalas, hubo menos de 900.000 espectadores. Ni tampoco aclararon que a nivel de distribución fue uno de los años más difíciles que la cinematografía local ha debido enfrentar, donde unos pocos blockbusters coparon de manera agresiva e inmisericorde la oferta, dejando a varias cintas nacionales con la obligación de competir entre ellas a veces compartiendo el mismo día de estreno.
Los datos son duros, y dicen que 31 minutos, la película más vista del año, la vieron 210.336 personas, algo así como un quinto de lo que consiguió Sexo con amor en 2003. Y que de la barrera sicológica de los 100.000 espectadores, que se supone es una cantidad de público del que ya se puede empezar a sonreir, sólo El regalo, de Cristián Galaz (189.362) y Lokas, de Gonzalo Justiniano (117.096) consiguieron pasar. Del resto, hay un grupo de más de quince cintas que oscilaron entre los 86.000 espectadores y menos de mil.
La primera conclusión es que efectivamente al público no le interesa casi nada el cine chileno. Que quizás las campañas de marketing no se están enfocando bien para seducir, o que simplemente (y especulando por los éxitos de taquilla de los últimos años), que el espectador de cine está mucho menos educado de lo que se podría suponer. Está claro que las antiguas quejas sobre las temáticas politizadas y luego el exceso de comedietas costumbristas son parte del pasado y ahora queda mucho menos claro las razones de este divorcio. Hoy, quizás como nunca antes la variedad de propuestas se transformó en un rasgo diferenciador: del áspero realismo de Tony Manero a los códigos de acción clase B de Mirageman, y de ahí al ascetismo extremo de Alicia en el país, el cine chileno gozó de texturas, pliegues, matices y colores muy distintos entre sí (lo que no es sinónimo de calidad) y que al menos garantizaron frescura. Pero ni así lograron interesar al respetable.
Por otro lado, las películas más prestigiosas del año, las que ganaron premios internacionales y tuvieron el apoyo de la prensa (no sólo de la crítica), no lograron traducir en cifras este bien ganado respaldo: Tony Manero (por lejos el filme chileno más aclamado internacionalmente en años), La buena vida (en la foto), una radiografía íntima y sensible del Santiago actual, y El Cielo, la tierra, la lluvia, no alcanzaron a responder a las expectativas de público, dándose el caso, injusto y miserable, de que esta última cinta, dirigida por José Luis Torres Leiva, la vieron apenas 798 espectadores.
Si las 19 películas que se estrenaron en la cartelera comercial (y en más de una copia), no lograron encantar al público, puede verse porque sus propuestas no conectan con los gustos del respetable (algo realmente misterioso), o porque esa cantidad es muy superior a lo que el mercado local puede soportar. Esta última constatación es especialmente importante si se toma en cuenta la cantidad de filmes nacionales que se estrenaron en el circuito alternativo, que se reduce prácticamente a una sala: el Centro Arte Alameda.
La Colorina, Rabia, Corazón Secreto, El Pejesapo, Empaná de pino, Mami te amo, son algunas de las cintas que optaron por una salida marginal que más que buscar un impacto masivo, privilegiaron el "derecho a existir", a sobrevivir afuera de la dinámica agresiva de las multisalas. Su mínima taquilla no deja claro si efectivamente se trata de una solución o acentúa el peligroso cuello de botella en que se ha convertido el cine chileno, con demasiados títulos para las escasas posibilidades de exhibición.
MIRADA
Uno de los elementos más llamativos de este año, es que en una número importante de filmes se buscó alejarse concientemente de las "fórmulas", un rasgo que siempre ha perseguido al director local, demasiado preocupado de agradar al público sacrificando muchas veces su propio punto de vista o mirada particular. Los casos de El cielo, la tierra, la lluvia, Alicia en el país, Rabia y en menor medida Lo bueno de llorar, hicieron aflorar una sensibilidad contemplativa alejada de los clichés, y buscando en el despojamiento expresivo una nueva legitimidad estética. Con dispares resultados, estas cintas intentaron un minimalismo de forma y fondo que en el caso de la cinta de Torres Leiva, logró momentos inéditos en el cine chileno en lo que se refiere a unir paisaje físico e interior en una sinergia que no cede ni un milímetro a los populismos de turno.
Y no es casualidad que estas mismas y otras cintas del circuito alternativo también opten por un minimalismo de producción: costar lo menos posible, ojalá terminadas en digital y optar al éxito en festivales como forma de subsistencia y visibilidad. Este último punto podría justificar una cantidad cada vez mayor de cintas en proceso de producción, pero podrían caer en la incongruencia de ser hechas "sólo" para públicos extranjeros. Una contradicción que merece revisarse para no hablar de industria sin películas que ver.
Queda en la retina un año de mucha energía no siempre bien canalizada, con torpezas más propias de cineasta joven que mañas de veterano. Y algunos momentos inspirados, de puro cine, que legaron títulos como La buena vida -lejos la mejor película de Andres Wood, un director que cada vez filma mejor-, la porosidad y provocación de Tony Manero (sin querer fue una venganza de Pablo Larraín a quienes lo criticaron en Fuga por su origen más que por su talento), el formalismo exquisito de Torres Leiva en El cielo, la tierra, la lluvia, y la anárquica fuerza de El pejesapo, un terremoto parido desde las entrañas de un cineasta que fusionó mejor que nadie realidad y ficción hasta el punto de no dejar claro cuál era cuál.
LAS PELICULAS MAS VISTAS
31 MINUTOS: 210.336
EL REGALO: 189.362
LOKAS: 117.096
TONY MANERO: 86.193
LAS PELICULAS MENOS VISTAS
DESIERTO SUR: 5.651
LO BUENO DE LLORAR: 3.015
ALICIA EN EL PAIS: 1.286
EL CIELO, LA TIERRA, LA LLUVIA: 798