Pese a que nació en Lima, Perú, Daniel Alarcón ha escrito toda su obra en inglés (dos libros de cuentos y una novela). Ello se debe a que, siendo apenas un muchacho, su familia emigró a EEUU, donde creció, se educó y actualmente reside. Alarcón es considerado uno de los narradores jóvenes más interesantes del continente, de todo el continente: su nombre figura en la antología que la revista británica Granta dedicó a las promesas literarias estadounidenses y en la llamada Bogotá 39, compilación-manifiesto que hace un par de años reunió a los autores latinoamericanos menores de 40 años que ya se habían destacado.
Intentar dilucidar si Alarcón es un escritor estadounidense o latinoamericano, o si es un mestizo entre ambas culturas o formas de ver el mundo, sería una fijación inútil, más propia de académicos petulantes que de lectores honestos. Lo que queda claro luego de leer El rey siempre está por encima del pueblo, su recién traducido volumen de ocho cuentos, es que todos los relatos, a excepción de uno o dos, están ambientados en un país que aunque no se menciona, es claramente Perú.
El cuento que da nombre al libro apareció en Granta hace un par de años, y en ese momento, en esta misma página, fue alabado en razón de lo que es: un relato notable. República y Grau, la narración que sigue, sitúa al lector en una concurrida esquina limeña, en donde un niño que fue alquilado por su padre a un ciego mendicante, aprende algunos importantes secretos, muy a su pesar, de la profesión de pedigüeño. Luego vienen dos historias sumamente breves, de no más de dos páginas. La segunda de ellas, Los miles, es también memorable, pues haciendo gala de una economía de recursos lingüísticos encomiable, Alarcón relata una toma de terrenos histórica por parte de un grupo de desposeídos.
Tal vez el peor relato del libro es El presidente Lincoln ha muerto: ambientado en nuestros días en algún lugar del centro de EEUU, el cuento tiene como protagonista a un negro que acaba de ser despedido de una central telefónica y, presa del delirio, el personaje comienza a relatar con suma seriedad la historia de su primer amor, que, según él, es nada menos que Lincoln. El presidente idiota, a su vez, narra las relaciones entre tres actores que representan una obra con ese nombre, hasta una última función que sucede en un poblado minero andino. Aquí el tema de la emigración a Estados Unidos, recurrente en la obra de Alarcón, vuelve a ser puesto sobre el tapete.
El puente nos muestra una ciudad caótica y llena de atractivos contrastes, como ciertamente es Lima, y sirve para desarrollar una historia familiar llena de personajes singulares, entre los que se cuenta una pareja de ciegos y un loco homicida. El libro se cierra con una narración brevísima, cuyo título explica el argumento de forma elocuente: El vibrador contra el hombre.
La prosa de Daniel Alarcón alcanza una especial validez en los diálogos (sus personajes siempre están dialogando), mientras que la solidez de su discurso narrativo se sustenta en la administración efectiva y sensata de figuras literarias perfectamente ubicadas. Prueba de que su escritura es un artilugio convincente, y más que eso, un mecanismo seductor, es que cuesta imaginar que los cuentos de este libro no fueron escritos en español.