Estoy agotado de escuchar a los escritores que conozco alabar sus propias obras. Estoy absolutamente exhausto, con fatiga de sus apreciaciones sobre lo que ellos mismos han pergeñado. Me parece insólito que tengan tal grado de seguridad, tanta fe y confianza en sus talentos. ¿Cómo no los invaden los escrúpulos por lo menos?
Los escritores son, salvo excepciones, unos ególatras insoportables. Algunos se saben cuidar de su propia arrogancia más que otros, pero en el fondo la vanidad los mueve y la envidia los sacude. Esto no disminuye en nada la relevancia de sus libros, pero sí los convierte en sujetos abusivos con sus interlocutores y dudosos a la hora de acometer juicios, ya que sus alabanzas o desprecios están teñidos por el amor a sí mismos.
En los prólogos de Pablo Neruda es fácil percibir que son devueltas de mano a amigos y chupamedias. Los elogios que les otorgó a poetas menores son un símbolo del tamaño inmenso de su ego y de su discapacidad para elogiar a aquellos que de verdad lo merecían. Otra posibilidad es que el ego haya cegado al vate a la hora de leer a sus contemporáneos. La excepción fue Juan Emar, a quien alabó porque era un narrador extraño, nada más distante de él.
Pero el caso de Neruda está lejos de ser triste, es más bien ilustrativo, digno de un poderoso en relación con los miserables.
Los escritores enfermos de egolatría son bastante más patéticos y desconocidos que Neruda, y se consideran el centro del mundo y viven indignados por la falta de reconocimiento que les debe la sociedad. A veces la rabia es plausible: hay muchos autores de primer nivel que han tenido mala suerte con sus publicaciones y con razón están molestos por la falta de atención de sus trabajos. También están quienes han creado obras importantes, aunque difíciles de leer.
Son autores que tienen argumentos para alegar y vale la pena escucharlos por un rato. Sin embargo, deberían recordar que nadie los obligó a hacer los esfuerzos que hicieron al redactar sus libros y que, por lo tanto, quejarse es insustancial si pensamos en cómo se modula la historia de la literatura.
Los escritores ya deberían saber que el reconocimiento no tiene relación alguna con la calidad de ésta. La justicia literaria no existe; lo que es posible encontrar son lecturas favorables o no, incluso se pueden rastrear las omisiones deliberadas de los críticos e historiadores, pero nunca se puede traspasar el límite de las conjeturas y menos caer en teorías conspirativas. Estamos en un territorio donde lo que prima es la relación con el lenguaje que tiene cada autor y quiénes lo estiman como lectores. El paso del tiempo es otro elemento a considerar, así como las diversas modas y los hallazgos que se realizan por azar o por la minuciosa labor de los investigadores. En pocas palabras, el futuro de una obra es el resultado de demasiadas circunstancias incontrolables; por lo tanto, afanarse por buscar la fama y la aprobación es un ejercicio sin destino. Encontrarla es una suerte no siempre merecida, por lo demás, lo que no debe olvidarse.
Los escritores no pueden depositar sus inflamados egos en las primeras opiniones que reciben ni en las últimas. Es cierto que sin un ego en forma no se puede crear nada. Los autores necesitan parecerse y creerse similares a los genios que admiran. Es lo que les corresponde hacer mientras escriben, pero no cuando salen a hacer vida social, ni cuando dan entrevistas, ni cuando están con gente común y corriente conversando. Lo único que consiguen en esos momentos es crear una escena lamentable.
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