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Las cartas de Doris Dana y Gabriela Mistral

La pasión y el cariño de estas dos mujeres siempre ha sido de debate. La académica Elizabeth Horan, mientras da los últimos toques a su biografía sobre la poetisa, escribe este texto que se publica también en la revista inglesa Chroma.

por Elizabeth Horan - 29/08/2009 - 10:43
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Parece una historia gótica de la vida real: Gabriela Mistral había sido, en sus años mozos, una poeta gurú y una celebridad en temas de educación. Sin embargo, en sus últimos años, fue una diplomática reservada, cuyas conexiones la llevaron a sus residencias en tiempos de la Guerra Fría en California del Sur, México e Italia, antes de que su vida terminara en Long Island. Ella encontró más que una pareja en Doris Dana: una chica fiestera y lesbiana, 31 años más joven que ella. Doris Dana también era una empleada ocasional del Departamento de Estado. Apenas compartían un lenguaje común cuando se conocieron en Nueva York. Pero su relación íntima duró más allá de la muerte de la poetisa, cuando Doris Dana progresó en los papeles secundarios que tuvo previamente, como acompañante, hija sustituta y compañera abnegada de la Premio Nobel. Con la muerte de Gabriela, Doris se apoderó del papel de su vida: la apenada viuda literaria.

Fragmentos de la historia de amor entre Gabriela Mistral y Doris Dana han aparecido en la prensa chilena. Algunos han querido mostrar a la neoyorquina como una pervertida disoluta que sedujo a la Gran Gabriela, nuestra sobria poetisa de los niños y de la maternidad, a modos extraños, cuesta abajo, esto es, a la ruina lésbica. Pero cuando se leen con detención las cartas de la poetisa, largamente escondidas, ellas cuentan una historia muy distinta. Doris era coqueta, y precavida para esconder sus huellas, de modo que la poetisa chilena creía que era ella, y no Doris, la que había hecho los primeros pasos:

“Tal vez fue locura muy grande entrar en esta pasión. Cuando examino los primeros hechos, yo sé que la culpa fue enteramente mía. Yo creí que lo que saltaba de tu mirada era a[mor] y yo he visto después que tú miras así a mucha gente. Loco fui, insensato: como un niño, D[oris], como un niño” (GM a DD, ~20 iv 1949, Veracruz).

Cuando Gabriela y Doris se conocieron, Dana era un demonio de los quebradizos bordes de la corteza superior de Nueva York. Su padre, quien había sido adoptado por un millonario de Wall Street, había perdido la mayoría de la fortuna familiar en un divorcio, en el crash de 1929, en la bebida y en malas inversiones. El dinero que sobrevivió pagó la educación de la primera de sus tres hijas: las tres tenían talento en el drama y en medicina. Al igual que su hermana menor (quien se convirtió en la estrella de las tablas y de la pantalla, Leora Dana), Doris Dana estudió para ser actriz profesional. Más importante aún, la erótica de la medicina -que saturaría la relación de Doris y Gabriela- también era un legado familiar. La madre de Doris había sido enfermera. Su hermana mayor se convirtió en doctora. Por su parte, Doris tenía un historial de crisis que le daban una experiencia sin rival como consumidora de atención médica costosa, lo cual fue un atractivo clave para Gabriela, quien como Doris, era una hipocondríaca de toda la vida. Las dos mujeres se turnaban para estar o jugar a estar enfermas. Entretejidas con sus dramas de diagnósticos, píldoras, inyecciones y hospitales, estaban las frecuentes desapariciones de Doris Dana. Ella era, como pudo verlo rápidamente Gabriela, una muchacha caprichosa:

“Esta de hoy fue tu segunda escapada, después de la de N[ueva] Y[ork]—Calif[ornia]. Por huir del psiquiatra. ¿Hay otras más? ¿Es un sistema?” (GM a DD, 10 vi 1949, Veracruz).

La delgada muchacha de 27 años conquistó  a la chilena. Los huesos de la neoyorquina, voluntad férrea y acento elegante recordaban a la actriz Katherine Hepburn, pero el rol principal de Doris Dana era mucho más oscuro. Gabriela Mistral, quien creía en el karma, veía en la pálida piel y ojos oscuros de la joven un parecido muy grande con Juan Miguel, su sobrino recientemente fallecido, a quien ella apodó “Yin Yin” y crió desde niño. Gabriela escribió sobre Doris y Yin como si fueran gemelos:

“Duerme, querida, cabecita de cobre, ojos de Yin, discreta y fina según el marfil, color de la flor del manzano, duerme. Dios te junte los párpados” (GM a DD, ~26 iv 1948, Veracruz)”.

Gabriela insistía, después de todo, en la semejanza emocional que tuvo Doris para con ella, relativo a Yin: ”Eran tú y Yin, eran mis dos fracasos y mis dos pasiones —pasión con M mayúscula y con la otra…”(GM a DD, 29 nov. 1949, Veracruz).

Gabriela creía que ella, como escribió en otro lugar, había “venido en vano por Yin.” Su crianza había sido irregular, ya que sus ingresos dependían del periodismo y trabajo consular. La amiga de la poetisa, Palma Guillén, de México, se unió a ellos en su recorrido por Europa en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Palma era disciplinadora, mientras Gabriela era indulgente, de modo que el muchacho tuvo dinero para malgastar. Su desorden y falta de disciplina se hizo evidente con la invasión alemana de Francia: la Guerra los empujó a él y a Gabriela a Brasil. En circunstancias oscuras, el viernes 13 de agosto de 1943, Yin Yin tragó arsénico. Tenía 18 años de edad.

Con la muerte del muchacho, Gabriela sufrió un colapso total. “Quién era la mujer que gritó anoche", le preguntó Gabriela a la enfermera, al día siguiente de la muerte de Yin Yin. “Era usted”, le contestaron”. (Ésta América 310).

Clave en el rol central de Doris Dana al final de la vida de la poeta fue que Gabriela no tenía, en efecto, más familia que Emelina, su media hermana, media loca y media inválida. Como siempre, sus muchos amigos vinieron a rescatarla. Sin embargo, Doris tuvo que enfrentar la dura competencia de rivales. Ninguno era más inteligente que Palma Guillén, un cerebro con estudios en lógica y sicología, quien estuvo junto a la poeta por más de 30 años. A través de Palma, Gabriela tuvo importantes contactos con México; a través de Gabriela, Palma se convirtió en la primera embajadora mujer de México. Como ocurría a menudo cuando estaba involucrado Yin, Palma corrió para estar al lado de Gabriela. Luego de la muerte del muchacho, Palma dirigió a los asistentes. Junto a la asistente personal de toda una vida de la poetisa y ex estudiante, Consuelo “Coni” Saleva, una puertorriqueña, cuidaron a Gabriela Mistral las 24 horas del día, orquestaron un encubrimiento parcial en Brasil hasta que la vida de la poetisa y su sanidad parecían estar fuera de peligro. Una vez que el fin de la guerra hizo que viajar volviera a ser fácil, Palma y Coni no se demoraron en volver a sus propios países. Sabían muy bien que las crecientes demandas de asistencia doméstica y secretarial de la poetisa las tragarían. Su escape y retorno son centrales en por qué Gabriela Mistral se quedó sola, como una ciruela madura para que alguien la recogiera, cuando llegaron las noticias de los anuncios de los Premios Nobel de 1945, y por qué la historia de Gabriela y Doris siempre involucró a estas mujeres, a quienes Doris siempre usó.

La poetisa estaba curiosamente sola, en Estocolmo. Ella lo explicó, más tarde, a un amigo como un simple asunto de programación. “Me embarcaron como quien dispara un cohete en el barco sueco que estaba en la bahía, casi sin ropa, porque yo estaba en Leblón y no en Petrópolis” (GM a Carmela Echeñique, 8 abril de 1946, Vuestra G. 85). La nueva laureada hizo un recorrido mayor. Su gira post Premio Nobel tuvo paradas en Londres, París, Roma, Washington y Nueva York. Sólo descansó sus pies al llegar a California del Sur, donde compró la primera de dos casas.

El cónsul chileno en Los Angeles, un cercano a Gabriel González Videla, hizo todo lo posible para que la nueva premio Nobel no fuera bienvenida, ya que había sido escéptica durante años de González Videla. Pero Mistral tuvo un importante protector estadounidense: su presencia en California captó la atención de Eleanor Roosevelt. La ex primera dama quería a más mujeres en las recién creadas Naciones Unidas, de modo que invitó a Mistral a Nueva York. Eleanor Roosevelt incluyó una recepción en Barnard, el college para mujeres de la Columbia University, donde Doris Dana, se fijó por primera vez en Gabriela Mistral.

 
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