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Columna: La gente normal no lee cómics

El cómic es el refugio de la nueva vanguardia. Así como la poesía protagonizó una revolución a principios del siglo XX y el rock conmocionó los 60, la novela gráfica carga hoy con pólvora subversiva.

por Andrés Gómez Bravo - 26/09/2009 - 11:20

Para algunos será una sorpresa, un golpe a la cátedra o una falta al reglamento. El premio Walt Whitman del Instituto Chileno Norteamericano, que suele premiar  a poetas y novelistas,  recayó en un dibujante. El ilustrador  Gabriel Rodríguez fue el ganador por la novela gráfica Locke & Key: welcome to Lovecraft, escrita por Joe Hill. Dibujante de cómics, Rodríguez  superó a escritores de trayectoria, como Claudio Bertoni, Diamela Eltit y Arturo Fontaine. No faltará quien lo considere una herejía. A mí me parece una gran noticia. Y un signo de los tiempos.

Si las series de TV son la novela para los lectores del siglo XXI, el cómic es el refugio de la nueva vanguardia. Así como la poesía protagonizó una revolución a principios del siglo XX y el rock conmocionó los 60, la novela gráfica carga hoy con pólvora subversiva. No es un género masivo, pero es una de las artes más influyentes: del cine a la televisión y de la novela a la plástica, el cómic está cambiando la manera de mirar y leer el mundo.

Dos de los mejores libros del año son novelas gráficas: Breakdowns, de Art Spiegelman, y Catálogo de novedades Acme, de Chris Ware. Sicodélico y expresionista, Spiegelman fue uno de los ilustradores que llevó el cómic a la categoría de arte: es el único artista del género que ha ganado el Pulitzer, por Maus, el paso de sus padres por Auschwitz narrado en viñetas. También fue el primero en entrar al Moma y es uno de los responsables del auge del género.

Melancólico, irónico y experimental, Chris Ware es el heredero natural de Spiegelman. Hace 15 años comenzó a publicar la serie Catálogo de novedades Acme, de la que Mondadori lanza una antología. Admirado por Dave Eggers y Zadie Smith, Ware es una suerte de Picasso del cómic: cruza el dibujo depurado, el homenaje a los clásicos del blanco y negro y la prensa de los años 20 con el diseño actual. Armado de humor y espíritu iconoclasta, sus historias hablan de soledad, tristeza y búsqueda de afecto, con personajes freaks. En ellas no habitan héroes, sino los alumnos menos populares de la clase: tipos tímidos, solitarios, naturalmente loser.

El volumen  de Mondadori es una colección de éxitos en gran formato. Es un lujo: un alucinante despliegue de diseño donde conviven  parodias publicitarias, figuras recortables y chistes visuales, con los personajes que le dieron fama: Quimby el ratón, un roedor incapaz de superar la muerte de su abuela; Rocket Sam, un astronauta gordo y calvo perdido en el espacio; Rusty Brown, un coleccionista nerd, y su obra mayor, Jimmy Corrigan, el chico más inteligente del mundo.

Publicada en 2000, Jimmy Corrigan es la historia de un chico regordete y avejentado que conoce a su padre a los 30 años. Autobiográfica, en ella Ware relata la vida de Jimmy desde su infancia solitaria y, paralelamente, narra la historia de sus abuelos en Chicago en el siglo XIX. Repasa cuatro generaciones y compone una  saga sobre la familia americana. A la manera de Proust, incluye reflexiones, monólogos y sueños. Detiene el reloj y lo echa a andar de nuevo. Cruza los juegos gráficos con su gusto por el vintage, dibujos despojados y escenas abigarradas; tipografías diferentes, cambios de perspectiva y citas al cine, el arte y la TV. Con un estilo aparentemente frío, Ware construye una historia emocionalmente poderosa. "Yo sólo quería que alguien me quisiera", dice Jimmy. La revista The New Yorker lo calificó como "la primera obra maestra formal del género" y dos premios literarios le darían la consagración: el National Book Award y el Guardian First Book Award.

Entrar en el universo de Ware es entrar en escenarios  de tristeza americana que recuerdan a Hopper; en historias cruzadas de fuerzas emotivas subterráneas, a lo Carver, y en el laberinto de uno los artistas más notables de la última década. Un escritor que rompe esquemas y se ríe de sí mismo, porque, como anota en el libro, "la gente normal no lee cómics".

 
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