Al teléfono la voz de Armando Uribe (75) suena lúgubre, lóbrega y tétrica. Tal como el poeta se define a sí mismo. "Llámeme mañana a las nueve -dice- y confirmamos la entrevista para el mismo día". Sucede que todas las noches se acuesta pensando que puede morir y, por eso, no se compromete con fechas.
Suena de nuevo el teléfono y el premio Nacional de Literatura 2004 contesta. Está vivo y, al parecer, quiere contar un secreto, justamente porque no le gustan los secretos. Ya en su departamento, apoltronado en un sofá y rodeado de collages realizados por su esposa, Cecilia Echeverría, fallecida en 2001, Uribe parece un hombre que espera -trágico- la hora de partir.
Es conocido que este abogado, diplomático, exiliado y escritor, tomó hace 10 años una decisión radical: enclaustrarse y prepararse para "bien morir", según sugería una antigua tradición.
"En mi caso, me preparo para bien o ¡para MAL! morir. (…) Esta costumbre se ha ido perdiendo porque la medicina ha prolongado la vida para que las personas no se sientan afectadas por la edad como sí lo están. ¡Uno está DETERIORANDOSE!", dice, mientras agita sus manos largas y góticas.
Delgado y siempre vestido formal, antes de comenzar la entrevista exige a su contraparte que se identifique. Pide nombres y apellidos, el nombre del colegio donde estudió y también el de la universidad ("¡Si es que estudió en la universidad!", exclama).
No es necesario que pase mucho tiempo para descubrir que detrás de su máscara de viejo cascarrabias se esconde el espíritu de alguien que se ríe de todos y, especialmente, de sí mismo, con una compasión muy católica.
Sin levantarse de la poltrona, ofrece café con galletas y, cada tanto, contesta el teléfono ("me he convertido en el telefonista de mis nietos", reclama complacido); toma y ordena papeles y libros dispuestos en otro mueble y mira de reojo las fotografías allí desplegadas de su Cecilia. Todo lo hace como un viejo pulpo anclado en una roca.
Para el autor de Odio lo que odio, rabio como rabio (1998), recluirse para "un bien morir" es casi de sentido común, aunque admite que en su caso se trata de un privilegio otorgado, sobre todo, por su jubilación como profesor en la Universidad París I Panthéon-Sorbonne, Francia.
"Ya retiradas -explica- lo normal es que las personas reexaminen críticamente sus vidas y, si tienen capacidad literaria, escriban sus memorias". En su caso, el enclaustramiento no sólo le ha permitido editar, aparte de dos tomos autobiográficos -Memorias para Cecilia (2002) y De memoria. By heart. Par coeur (2006)-, más de 30 títulos de distinta índole, predominando, claro, la obra poética. Idem, texto que acaba de llegar a librerías, es un ejemplo.
"Mire, le voy a contar lo que es relativamente un secreto", empieza. "En el último tiempo he armado una serie de libros que ya están en manos de editores. Pero hay uno en particular, con título y todo, que revisé un mes atrás y consideré que, al armarlo, yo había perdido todo criterio crítico".
A continuación, Uribe anuncia en tono solemne, pero exento de vanidad, que no va a publicar ni una línea en verso más de lo que ya está en manos de editores, entre lo que hay un tomo que reúne tres ensayos que escribió en los 60 sobre Eugenio Montale, Ezra Pound y Paul Léautaud, y los libros de poesía Hastío o variaciones sobre lo mismo, El revés del vesrre, La vanidad de la soberbia y Hecho polvo. Este último título contiene versos sobre cómo Uribe se ve hoy a sí mismo.
En mayo dejó de practicar eso de "ningún día sin una línea". Sin embargo, no deja de tomar apuntes y notas, especialmente de sus lecturas, en una libretilla sepia. Con un movimiento de mago, la saca y se apronta a leerla. Grande es la sorpresa cuando, sin decir agua va, salta rápido y ligero desde el sillón al que parecía pegado. Va de un lugar a otro por el estudio en busca de monedas de $ 500 para lanzarle al chinchinero que cada tarde se para bajo su ventana, frente al Parque Forestal. "¡Cuidado!", grita, mientras golpea las monedas contra el vidrio, las arroja y luego vuelve a su lugar.
"Disculpe, ahora podemos seguir", dice, e informa que fue el mes pasado, cuando cumplió 75, el momento en que decidió poner punto final a la publicación de versos.
¿Fue doloroso?
No, al contrario. Creo justamente que prepararse para bien morir es irse dando cuenta de todas las fallas que produce la edad. Y ese libro me produjo dentera… y eso que soy desdentado.
EL CASO DE MISTRAL
Pasa un par de días desde la primera reunión y, esta vez, espera a La Tercera-Cultura con una hoja manuscrita. No tarda en leerla: "Cumplidos los 75, reblandecido, y revenidas las capacidades que tal vez tuve, y gastado el criterio para juzgar críticamente cuanto escribo de poesía, renuncio a publicar desde esta fecha (salvo lo que esté en manos de editores)".
Todo indica que Armando Uribe no cambió de opinión. A pesar de que los versos contenidos en la misma hoja que lee desmienten cualquier relajo en su capacidad autocrítica.
¿Está seguro de su decisión?
Sí. Además, otra cosa que me ha convencido de que hay que tener cuidado cuando pasa la edad, es la publicación de Almácigo, de Gabriela Mistral. Considero que ella tenía algo de razón al no editar esos versos. Tuvo el mismo buen criterio al no querer publicar cosas de vejez que pueden ser necias.
También cita el caso de Juan Emar y la publicación de todo lo que había escrito bajo el título de Umbral: "Cometieron el despropósito más grande porque hay cosas que se salvan, pero el total es un pantano donde hay muchas plantas sin interés". Luego dice que es muy difícil encontrar autores cuya obra "no publicada en vida", como ocurrió con Kafka, tenga valor.
Y usted, ¿cómo se va a resguardar?
Tengo confianza en mis hijas y en mis hijos. No he querido, y en eso he tenido razón, dejarles libros completos sin publicar porque es el clavo más grande para los sobrevivientes. Esta es una de las razones por las que he publicado tanto.
Entonces, de nuevo suenan las varas del chinchinero. "Disculpe, tengo que levantarme", explica, volviendo a rendir tributo a su generosidad.