por Ansa | 30/12/2008 - 19:00
Existe un tesoro artístico secreto en el Vaticano, oculto tras una pared de la Pinacoteca, una galería totalmente cubierta de techo a zócalo por pinturas del Renacimiento, obra de los mejores alumnos de Rafael Sanzio.
Hoy esa galería, totalmente vedada al público debido a su proximidad con la secretaría de Estado vaticana, es por fin visible, aunque sólo en imágenes, gracias a un lujoso volumen que acaba de editar la Jaca Books, especializada en libros de arte, bajo la supervisión de la estudiosa Nicole Davos (Le logge di Raffaello -L'antico, la Bibbia, la bottega, la fortuna).
Davos es uno de los pocos mortales, además del Papa, los dignatarios pontificios, los empleados, invitados especiales y la guardia vaticana, que pudo recorrer a sus anchas la profunda galería de trece ambientes que da sobre el patio de San Dámaso, fotografiando cada uno de los frescos firmados por los artistas más dotados del taller del divino Rafael Sanzio, autor del proyecto que cuenta diversos episodios del Viejo y Nuevo Testamentos.
Ocupado con los famosos Aposentos que llevan su nombre, y que le había encargado a partir del 1511 el Papa Julio II, Rafael delegó a sus alumnos (Julio Romano, Giovanni da Udine, Polidoro da Caravaggio, Perín del Vaga, los hermanos Giovanfrancesco y Luca Penni) la ejecución material de los 52 frescos, que los mantendrían ocupados desde 1516 hasta bien pasado el año de muerte del gran artista, ocurrida en 1520.
La galería está situada en el segundo piso del viejo palacio Vaticano, diseñado por Bramante y que Rafael tratara de remodelar según los cánones del Renacimiento miguelangelesco, y está protegida de la intemperie por vidrieras levantadas en el siglo XIX.
Cada fresco está adornado por festones, naturalezas muertas, columnas y balaustradas en trompe-l'oeil, firmamentos azules y aves en vuelo que imitaban la decoración de la Domus Aurea (Casa de oro), la mansión neroniana recién descubierta y que estuvo sepultada debajo de las termas de Trajano y que conquistó a los maestros del Renacimiento.
Davos, gran experta del arte rafaelesco, ha descubierto otros pinceles ilustres, además de los ya citados, que formaban parte del taller reconocido del maestro, como si todos los artistas presentes en la fábrica vaticana hubiesen querido depositar su firma en este espléndido proyecto pictórico.
Entre ellos, émulos italianos hoy olvidados como Venancio de San Gimignano, Pellegrino de Módena, Tommaso Vincidor, Giovanni da Spoleto, Raffaellino del Colle, y también extranjeros como los españoles Alonso Berruguete y Pedro Machuga.
La Galería Rafaelesca se convirtió muy pronto en una fuente de inspiración para todos los artistas de los siglos venideros, como el inglés J. M. W. Turner que la pintó en 1819, o la zarina Catalina la Grande, que ordenó copiar los frescos para el Museo del Hermitage de San Petersburgo y los padres de la patria en Estados Unidos, que utilizaron parte de las pinturas para decorar el Capitolio de Washington.
Hoy todo ese tesoro vuelve a ser visible, aunque sea en libro, esperando que algún Papa ordene mudar la Secretaría de estado a un lugar más seguro y añada la Galería Rafaelesca a la gran visita por la Pinacoteca Vaticana, una de las más visitadas y famosas de Europa.
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