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Phnom Penh: la ciudad recuperada


La más feroz pobreza, un lujo encandilante y los traumas de su historia reciente, conviven en la capital de Camboya.

por Marisol García, para revista Qué Pasa | 09/12/2008 - 12:50

El rugido inmisericorde de las miles de motos que esquivan al caminante por calles y veredas, el hervir de woks dispuestos en carros callejeros, el trajinar de monjes que suben y bajan escaleras sagradas, la charla francesa en los más sofisticados restaurantes que miran al río Tonle Sap.

Asombra a cada momento el incesante movimiento en Phnom Penh, una ciudad más bien pequeña y de población moderada (1,3 millones de habitantes; 290 kilómetros cuadrados), pero que parece agitarse por cuatro, y que hoy experimenta una profunda transformación inmobiliaria y turística.

Para cualquier viajero informado, la sorpresa ante este panorama es doble, si se considera que, hace treinta años, ésta era una capital prácticamente vacía, desalojada en tiempo récord por la irracional milicia de Pol Pot, el feroz dictador maoísta que en abril de 1975 ordenó que la población se trasladara -cuanto antes y a pie- a cultivar arroz a los campos.

Por mucho que se intente olvidarlo, el visitante no puede dejar hoy de enfrentar esta ciudad bajo la sombra del atroz paso del llamado Khmer Rouge por sus rincones.

De hecho, parte importante del turismo que actualmente se practica en Phnom Penh corresponde a ese subgénero del negocio denominado "turismo del terror". Parada obligada es entonces Tuol Sleng, escuela convertida en centro de tortura y muerte durante cuatro años y en la cual sobrevivieron apenas siete de los 17 mil prisioneros que pasaron por aquí.

Las fotos de algunas de esas víctimas se exponen en un par de salas a modo de tributo, y es casi insoportable imaginar incluso a niños sometidos a esa crueldad sistemática. Al día siguiente, y si le queda estómago, puede caminar por los famosos "Killing fields", universalizados en 1984 por una estupenda película homónima, pero cuyo conocimiento teórico no le ahorra a uno el retorcijón que da enfrentarse a la mayor concentración de huesos y calaveras humanas que alguna vez se tendrá el agrado de ver.

¿Se va a Phnom Penh a sufrir, entonces?, se preguntará legítimamente quien planee un viaje por el sudeste asiático. Probablemente sí, pero conviene advertir que la capital de Camboya le regala al visitante una experiencia de enorme intensidad que permite comprender mucho mejor la historia reciente de ese país, su atribulado presente y su significado político dentro del contexto de los países de la región.

Quien viaja a Camboya lo hace en el 90% de los casos por las vistas insuperables de las ruinas de Angkor Wat, un legado arqueológico invaluable al norte del país, rodeado de comodidades occidentales. Phnom Penh es el polo opuesto de ese brillo chic, pero no puede decirse que se ha conocido Camboya si no se pasea al menos tres días por estas calles de impactante desigualdad, que acomodan parte del lujo más ostentoso de la región con el apremio de la pobreza y un conocido "mercado" de prostitución infantil que nadie aplaca. Quien comprenda el turismo como la acumulación de postales se sentirá aquí incómodo, pero no se llega tan lejos en el mapa para esperar sólo caricias.

DE UN EXTREMO A OTRO
Curiosas alertas occidentales acompañan el paseo por las calles de Phnom Penh. Una de las avenidas principales lleva por nombre Charles de Gaulle, y esa cita al período de colonización francesa (1864-1953) se suma a las exquisitas baguettes que se compran por pocos rieles o la cúpula art decó del enorme Mercado Central, recordando así de golpe los trazos de la antigua Indochina.

Entre las innumerables ONG de asistencia humanitaria y los primeros grandes proyectos inmobiliarios, va llegando cada vez más dinero extranjero a esta ciudad con casi siete siglos de historia y una dinámica económica eternamente explicada por la desigualdad.

En un extremo, los lujos del Palacio Real, un ostentoso complejo de construcciones con parcial cobertura de tejas de plata y mármol italiano, inaugurado en 1866 y que aún sirve como residencia real.

Los accesos turísticos son limitados, pero incluyen la obligatoria Pagoda de Plata y sus impresionantes estatuas enjoyadas de Buda. Jamás se olvida la vista del Buda Maitreya, una escultura en tamaño real cubierta por 9.584 diamantes y trajes reales, o el Buda de Esmeralda, hecho completamente de cristal francés.

En la mantención de estas joyas se irá el dinero de mi visa, piensa el viajero, que no se alcanza a recuperar del encandilamiento ante estos brillos cuando vuelve a enfrentar en las calles a los limosneros amputados (Camboya tiene una de las más altas cifras de víctimas de minas antipersonales) y a las preadolescentes dispuestas a prostituirse por pocos euros.

La ONU asegura que un tercio de la población camboyana vive aún con menos de un dólar diario, y es mejor saber que la sofisticación de calles como Sisowath Quay o la elegancia de un templo como el Wat Phnom (donde lo recibirán monos y elefantes) son paréntesis de encanto en una extensa historia de miseria casi irrecuperable, sometida a su vez por la corrupción administrativa y un asistencialismo europeo que algunos consideran que sólo perpetúa la negligencia política.

De estos asuntos usted puede conversar en su mejor francés o inglés en una mesa de, por ejemplo, el Foreign Correspondents' Club, legendario restaurante que ha visto las sucesivas escenas de colonialismo, dictadura y auge turístico junto a una misma carta de comida internacional y una oferta de servicios recientemente ensanchada a dos hoteles.

El lugar es parte de un barrio turístico que congrega a varios restaurantes y cafés, y que últimamente se ha ampliado a espacios de creciente lujo, como el alabado La Résidence. ¿Nuestra humilde opinión? La comida Khmer fue una de las más gratas sorpresas de nuestro paso por Asia, e incluso en los puestos más sencillos se pueden probar imaginativas recetas basadas en pescados, mariscos y fideos de arroz.

Un almuerzo completo por dos dólares es una de las anécdotas que luego se cuentan con orgullo al regreso, y que suplen las incomodidades de una urbe precaria, donde lo único más peligroso que los quemantes rayos UV del verano son esos motociclistas infinitos, que suben y bajan veredas a velocidad incomprensible, regalándole una nueva acepción al concepto de "pobre peatón".

CÓMO LLEGAR
Aunque se puede llegar en avión, el grueso de los turistas que van a la capital de Camboya lo hace en bus desde Tailandia o en bote desde el sur de Vietnam. Recuerde que debe gestionar su visa (US$ 20 por un mes) antes de entrar, si bien el trámite es breve y se realiza sin problemas en cualquier oficina de turismo en los países vecinos. Aquí hay completa información turística en inglés y de noticias.


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