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El ice end de los Kochifas


Navegantes canaleros, sencillos pero orgullosos de lo que han logrado en materia de cruceros turísticos australes, manejan sus Skorpios con cordialidad chilota y un "chilean style" a toda prueba.

por Ximena Torres Cautivo, para revista Viajes | 13/12/2008 - 09:34

Luis Kochifas Coñuecar, capitán del Skorpios II desde 1997, es un magnífico aliñador de ensaladas y tertulias. Avezado navegante de los canales del sur, la experiencia le ha otorgado algo así como un máster en los temidos cruces del golfo del Corcovado y del legendario golfo de Penas. A poco de zarpar, ya tiene bajo su influjo a los 70 pasajeros que han embarcado en Angelmó rumbo a la famosa laguna San Rafael.

¿Sus armas para conquistar a alemanes, italianos, españoles, brasileños, austríacos, gringos de Nuevo México, colombianos de Barranquilla y a los siempre complejos turistas nacionales? Manejo teórico y práctico de los conceptos náuticos del apogeo y del perigeo, de la mar gruesa y la arbolada, del sotavento y del barlovento; conocimiento epidérmico de los mapas y las cartas que dibujan la fracturada geografía por donde se mueve como pez en el agua, y un humor irónico que matiza su conversación y sus pedagógicas respuestas a cuanta duda le van planteando sus pasajeros.

Luis maneja su puente de mando y su buque con política de puertas abiertas. Cada cuatro horas, en este viaje que durará seis días y que forma parte de su vida entre septiembre y mayo de cada año, lo veremos turnarse el timón con su primo Óscar Aguilar y su tío Demóstenes Kochifas, primer y segundo oficial, respectivamente. Para nadie será un misterio que las mermeladas a bordo las hizo su mamá, que la empresa es familiar y que —con 35 años de existencia— ya va en su tercer barco: el Skorpios III, que navega en latitudes todavía más australes, orillando los Campos de Hielo Sur, siempre al mando de Constantino Kochifas Cárcamo, de 78 años, padre de Luis y el fundador y patriarca del negocio.

"Todo lo que yo hago y cómo lo hago, todo lo que digo y soy se lo debo a mi padre y lo aprendí de él", dice, con su particular manera de hablar y gesticular, consecuencia, suponemos, de la mezcla de griego y chilote que ha marcado a su familia desde que el abuelo Anestis Kochifas Kutras llegó a estas tierras y se enamoró de Mariana Cárcamo. Hoy su nieto Luis, ataviado con el mismo uniforme de capitán que usa su papá en su nave, repite la fórmula que le ha dado fama a los Cruceros Skorpios, pioneros y líderes en el turismo náutico por los canales del sur. ¿En qué consiste esa receta? Es lo que desentrañamos en este crucero que, por definición y doctrina de su capitán, es ciento por ciento chileno.

DÍAS UNO Y DOS: SORPRESAS EN TIERRA
La fuerte estampa de la motonave Skorpios II se desplaza a razón de 12 nudos (unos 20 km/h) por el canal de Chiloé. Es media tarde y la expectativa es cruzar a medianoche el temido golfo del Corcovado. A babor, vemos la Cordillera de los Andes con sus magníficos volcanes, donde a estas alturas de Chile y mirados desde el mar destacan dos: el bellísimo Corcovado, ubicado al sur del Chaitén, y su –por estos días tristemente– célebre vecino. Los pasajeros hacen "oh" y "click" en cubierta, captando con sus cámaras y videos la columna de denso humo blanco que mana del Chaitén y se eleva hasta el cielo, formando una, en apariencia, inocente nube blanca.

Cuando el sol empieza a descender y a teñir de dorado, el capitán hace su primer avituallamiento: centolla y cordero. La operación es limpia: aún tenemos señal y basta un llamado para que un bote se acerque al buque y entregue lo convenido por celular con un habitante de la verde y ondulada isla Chaulinec. La entrada y el plato fuerte de mañana están asegurados; más frescos, imposible.

Fernando Huichamán estudió pedagogía en inglés, pero desde hace 16 años es uno de los dos guías y el animador de este crucero que recorre la llamada Ruta de los Chonos. Los extranjeros le celebran las tallas y disfrutan con su peculiar diana matutina: todos los días nos despertará junto con una grabación con cantos de pájaros seguidos de un yuju, yujuuu, wake, wake, y el aviso de que el bien provisto desayuno nos espera en el comedor. Una tradición instalada por don Constantino.

Después de una reciente remodelación, las literas de las cabinas del Skorpios II fueron reemplazadas por amplias y cómodas camas, en consideración a la edad de sus pasajeros. Albas sábanas de algodón, mullidas almohadas de pluma y una cómoda ducha-lluvia de agua siempre caliente son el mejor rasgo de refinamiento interior, aunque el capitán prefiere hacer notar los flamantes televisores con pantallas de plasma. El resto es decoración sencilla, digna de una casa chilena cómoda pero sin mayores pretensiones. Dada la magnificencia del paisaje, lo que más se agradece son las ventanas; la posibilidad de pasarse el día en la proa, en el acogedor puente de mando, en alguno de los bares o en las reposeras de cubierta, para disfrutar a gusto los aperitivos.

El día amanece gris y húmedo, por lo que me consigo con Juanito, uno de los cocineros, una capa de goma amarilla para recorrer Puerto Aguirre, caleta de pescadores que aspira a ser la orgullosa capital de las islas Huichas y se encuentra justo a medio camino entre Chiloé y Aisén. Por ahora no es más que un caserío, que junto a Caleta Andrade y Estero Copa reúne a poco más de 2 mil personas.

Como es domingo por la mañana, los únicos que están despiertos son los niños, acostumbrados a servir de guías a los pasajeros. El capitán ha pedido que no se les dé propina, sino que se les compre un regalito: lápices, caramelos, revistas. Es gracioso ver a los turistas por las empinadas y angostas callejuelas blancas apisonadas con conchas de mariscos molidas, circular con su respectivo pequeño cicerón.

Los visitantes con mejor estado físico confluyen en el mirador que domina el fiordo y permite apreciar el imponente canal de Moraleda y la infinitud de islas hasta donde se pierde la vista. Abajo, las campanas llaman a celebrar la liturgia organizada por las mujeres y, a medio camino, antes de llegar a la iglesia, nos sorprende el huerto de María Nancul: salvia, menta, orégano, albahaca, crecen con voracidad en su alborotado jardín.

Se enorgullece de su fértil negocio, de su autosuficiencia, de no ser una carga para sus cuatro hijos que viven en la isla "por allá abajo". La dejamos enmarcada por las floridas matas de habas y zarpamos rumbo a la laguna. Por la noche fondearemos en Punta Leopardos, antesala del glaciar San Rafael. Y el capitán ordenará echar las redes: en cuestión de minutos, hay a bordo 400 kilos de robalo. Luego de devolver al agua a los más pequeños, Luis Kochifas sentencia: "Mañana estaría bueno un cebichito". Ya sabemos de qué.

PASEO ON TNE ROCKS
El hielo milenario libera el oxígeno en este día que amaneció con una niebla densa y tibia y, al hacerlo, llena el fantasmagórico ambiente con un rumor que es música glaciar. Mejor que Björk suena este sutil crujido de témpanos que ameniza la espera. El capitán, que amaneció aperado con un gorro siberiano y parka roja, asegura que somos afortunados: una bruma como ésta es siempre antesala de un día esplendoroso, de un cielo calipso que competirá con el cian de los hielos de San Rafael.

Dicho y hecho: alrededor de las 11 de la mañana, en segundos, la cortina de niebla se levanta y deja ver la maravilla que nos rodea. Surge un aplauso espontáneo y todos nos enfundamos los chalecos salvavidas para abordar las Hércules, dos embarcaciones de casco firme, techo de zinc y motor poderoso que permiten al capitán y sus oficiales acercarnos a unos 400 metros de la pared de 70 metros de hielo milenario.

En algún momento, haremos lo clásico: tomaremos whisky de 12 años con trozo de glaciar. En otro: retrataremos a la Pepa, una foca leopardo que, recostada en su propio iceberg, posa para la foto como si estuviera amaestrada. Y, finalmente, constataremos en las marcas que hay en un costado del glaciar, cuánto ha disminuido el río de hielo desde 1978, cuando los Kochifas partieron con sus cruceros. Aquí lucen patentes los efectos del calentamiento global: Alan Gore no mentía.

Al final, una colombiana me declara lo inmensamente feliz que fue hoy y la infinita tristeza que sintió al mismo tiempo. Chócale, le digo, y volvemos a brindar con whisky de 12 años, pero esta vez con hielo del freezer.

ADIÓS ICE END
El fiordo Quitralco es ahora nuestro norte. A medianoche, una vez que fondeemos, el que quiera hacerlo podrá disfrutar de las piscinas termales –techadas o a la intemperie– que los Kochifas construyeron en este paradisíaco lugar. Fue como consecuencia de un remate que, a comienzos de los 80, Constantino padre adquirió estas tierras, conocidas por sus aguas de fuego (quitral-co, en lengua mapuche), que brotan a 80º C, debido a la proximidad del volcán Hudson. Fue también por esos años que, dice el capitán, "unos chinos nos ofrecieron 10 millones de dólares para construir un mega hotel. Mi papá lo pensó, con esa plata habría solucionado todos sus problemas, pero decidió que no, que este era territorio chileno y debía estar en manos chilenas".

Y en manos chilenas están la preparación del asado al palo, los pisco sour y los senderos que, por la selva espesa, llevan al mirador de Quitralco. Estamos a 800 metros, con 22º C, y la vista del fiordo en este día radiante sobrecoge. Qué ganas de quedarse aquí una semana. Por la mañana, con Demóstenes Kochifas, en lancha comprobamos la prodigalidad del lugar. Todas las orillas del fiordo desbordan de choritos y cholgas, lobos y toninas tienen aquí su living.

Aperadas con una coctelera y una canasta con “churrascas”, nos vamos por un camino bordeado de nalcas y cruzado de riachuelos hasta una playa mágica. Con este clima, los baños de mar son casi más tentadores que los de las piscinas con aguas termales a 34º C, Por la tarde y antes de zarpar, sí probaremos las quitralco, las aguas de fuego. Relajantes y –dicen– rejuvenecedoras, nos harán dormir como guaguas. Pero antes, una aventura a la hora de la vermú: el capitán se acerca a la impactante cascada Quitralco sin miedo. Quiere improvisar una ducha masiva en cubierta del Skorpios. Los turistas no quieren más. La exuberancia del lugar supera todo límite.

SEIS Y SIETE: MÁS QUE UN GORRO DE LANA
Navegamos por el canal Leucayec hasta fondear frente a Queilén, pueblo chilote con señal de celular y cibercafés. Por 200 pesos pagamos 15 minutos de conexión. También existe autoridad política, supermercado y un pequeño museo. Es una sutil manera de decirnos que se acabó el recreo, que la mágica burbuja de hielo, selva y canales está por reventar. Por la noche llegamos al estero Castro. Y el jueves el shopping se desatará.

Hay que decirlo: Castro es un gran centro comercial, con diseñadoras notables y una visionaria en materia de moda: Nelly Alarcón, quien se hizo famosa en los 70, patrocinada por el entonces embajador de Chile en Francia Pablo Neruda, revista Paula y su propio talento para convertir la maravillosa artesanía chilota en alta moda.

Nelly Alarcón, hoy septuagenaria y retirada en la encantadora caleta Cucao, convirtió la tradicional tela de lana tejida a telar y teñida con fibras naturales en vestidos que en ese entonces encandilaron a Pierre Cardin y a todo París. Hoy, Tania, su hija menor, quien maneja una sorprendente boutique ubicada en la calle Blanco Encalada a pocos metros de la plaza (podría estar en la exclusiva Nueva Costanera de Santiago), nos muestra tres abrigos hechos por su madre. Dos están a la venta; el que más nos gusta no se vende y es realmente una joya. Requiere, eso sí, de una usuaria de por lo menos un metro 80.

Más a la medida local son los vestidos que encontramos en la misma calle Blanco Encalada, que es justo la que enfrenta el muelle donde descendemos del Skorpios II. Romina Bravo es una de las creativas artesanas que han seguido la senda trazada por Nelly Alarcón y ofrecen exclusivos diseños: desde ponchos y chales hasta fundas de cojines y ropa de cama. Compramos. Bueno, bonito y relativamente barato, aunque nunca tanto como las frazadas de dos plazas ciento por ciento lana de oveja que valen 18 mil pesos en el mercado de Castro y que rayan a los gringos.

Subimos a la lancha de regreso al barco con seis kilos de papas nuevas (un manjar con sabor a tierra imposible de encontrar en Santiago), sendos vestidos de Romina Bravo, una pirgua o bolsa de fibra, un kilo de centolla a diez mil pesos y el dolor de haber descartado la compra de frazadas por lo abultado y pesado de la adquisición.

Por la noche, estamos medio tristonas. "¿Qué le faltó al difunto?", nos pregunta en lo que ya es un clásico el capitán. "¡Salud!", respondemos todos. Y en la despedida late la convicción de que el "ice end" que muestran los Kochifas es una experiencia que merece vivirse por lo menos una vez en la vida.

GUÍA DEL VIAJERO
El itinerario de la Ruta de Los Chonos:
Día 01:
Zarpe 11:00 hrs. desde Terminal Skorpios. Navegación por archipiélago Llanquihue, golfo Ancud, archipiélago Chiloé, cruce golfo Corcovado.

Día 02: Navegación por canales Moraleda, Ferronave, arribo a Puerto Aguirre, zarpe y navegación por canales Ferronave, Pilcomayo, canal Costa;  fondeo en Punta Leopardos, a 20 millas del glaciar San Rafael.

Día 03: Surca rada San Rafael, canal Témpanos y laguna, fondea a 2 km del glaciar. Excursiones en botes a motor entre témpanos multicolores, si el clima lo permite. En la tarde, la nave se aproxima al glaciar. Al atardecer, zarpe al fiordo Quitralco.

Día 04: Fiordo Quitralco, baños termales en piscinas cubiertas o al aire libre, excursiones en botes a motor por el fiordo. Al atardecer, zarpe rumbo a isla de Chiloé por canales Moraleda y Pérez Norte.

Día 05: Navegación por canal Leucayec, archipiélago de los Chonos, cruce golfo Corcovado, arribo a Queilén. Navegación por canal Yal y estero de Castro, arribando a esta ciudad.

Día 06: Castro, feria artesanal, museo, iglesia. Excursión opcional a Chonchi. A mediodía, zarpe por estero de Castro, canal Lemuy, Dalcahue, Quicaví, Calbuco. Cena de Gala. Llegada a Puerto Montt.

Día 07: Terminal Skorpios, desayuno. Fin del crucero.

Gastronomía:
La cocina a bordo, sin duda, es uno de los puntos altos de cada travesía y alterna con buen gusto la cocina internacional con la mejor tradición culinaria del sur de Chile. Destacan centollas, choros gigantes, cholgas, choritos, ostras, erizos, salmones, corvinas, robalos, congrios, carnes rojas, blancas y, cómo no, el curanto chileno. Vinos, tragos y bebidas sin límites.

Precios:
Desde US$ 1.570 pp en base a cabina doble en temporada media, y US$ 1.830 en temporada alta.  Tasa portuaria de embarque, US$14. Tarifas incluyen traslados hacia y desde el aeropuerto de Puerto Montt.


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