La biografía siempre resulta ilustradora de las miserias y riquezas de un individuo, pero lo que casi nunca se desprende de ella es el talento.
Por eso, ahondar en la biografía del fotógrafo francés Guy Bourdin sería perder líneas, y para quien le interese, google está plagado de referencias. Salvo por un dato, enteramente inusual ante un genio tan contemporáneo: su ego cínico o, para mi mayor sorpresa, la total ausencia del mismo. No se vendía a sí mismo, no coleccionaba su propia obra y quería que sus fotografías fueran destruidas después de su muerte (1991).
Entonces, la idea de que aún estando consciente del valor de su trabajo no haya tenido interés en trascender o ser reconocido por su obra, lo vuelve un creador raro para los parámetros de la sociedad moderna. La obra de Bourdin, construida mayormente por fotografías pero también alimentada por filmes cortos, es más que nada conocida por su trabajo en la revista francesa Vogue, donde comenzó en 1955 y continuó por 30 años, marcando profundamente la visualidad de la revista. Por lo mismo, su influencia en los fotógrafos de moda, en los estilistas y en la publicidad perduran hasta hoy. Su peculiar manera de componer sus imágenes es motivo de constantes citas, al igual que su recurrente temática fetichista y erótica, llena de sangre y cuerpos inertes de mujeres que evocan la muerte, con lo cual Bourdin se adjudicó el título de creador del Dead Chic.
Su estética única e inquietante reformuló los límites entre lo editorial y la publicidad, siendo su trabajo publicitario tan editorial como puede serlo la moda libre de compromisos. Quizás su trabajo más notable fue el que estuvo íntimamente ligado a las leyes de la publicidad, pero con la autonomía de un creador libre y totalmente obsesivo, como lo fue su larga y exitosa colaboración con la marca de zapatos Charles Jourdan.
Si se observan con detención, las imágenes de Bourdin son perturbadoras. Están cargadas de una atmósfera activa, casi cinematográfica, que provoca la sensación de que algo ya ocurrió en la escena, y que otra cosa ocurrirá después. Y esa idea queda dando vueltas en la mente mucho rato después de ver sus fotos. Sus imágenes mandan al cerebro pequeñas coordenadas eróticas que se desprenden de la presencia de algunos elementos de la escena que en cualquier otro contexto no darían una lectura diferente. Por lo mismo, sus fotos suelen angustiar.
Pero al final ocurre con ellas lo que debe suceder, con lo cual la experiencia de observar el trabajo de Guy Bourdin es siempre, al final de cuentas, placentera. Tal como bien describe la teórica Susan Sontag en su ensayo Sobre la fotografía (1977) : “Las fotografías pueden angustiar y lo hacen. Pero la presencia estetizante de la fotografía es tal que el medio que comunica la angustia termina por neutralizarla... El realismo de la fotografía crea una confusión sobre lo real que resulta, a largo plazo, moralmente analgésico y, además, a corto plazo, sensualmente estimulante”.
por Antonia Moreno |20/11/2009
por Daniel Greve |20/11/2009
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