Adoramos su estilo. Queremos saber qué les recomienda su dermatólogo, qué tipo de ejercicio ha moldeado sus cuerpos y, sobre todo, dónde compraron esos vestidos maravillosos que lucen en la alfombra roja. Queremos vernos como ellas. Y ellas lo saben. Por eso las actrices, cantantes y celebridades internacionales se están convirtiendo también en empresarias de la moda. Y están ganando millones de dólares –¡aún más!– por ello.
Las raíces de este fenómeno están en los años 70, cuando los rostros de las famosas más admiradas empezaron a ser solicitados por casas comerciales. Las de más edad y piel perfecta fueron llamadas para anuncios de cremas; las jóvenes vanguardistas, para avisos de ropa; las adultas estilosas, para promocionar perfumes. Lo siguen haciendo hasta hoy, claro, pero ¿por qué no aprovechar el arrastre de su imagen también en una marca propia?
La mayoría de estas diseñadoras famosas crea sus propios diseños; otras contratan a un experto que trabaja bajo su cuidada supervisión. Algunas usan su nombre como marca; otras inventan nombres de fantasía.
A veces ocurre, también, que una empresa las invita a crear una colección propia, como ha hecho H&M con Madonna y, más recientemente, con Milla Jovovich, o Mango con las hermanas Penélope y Mónica Cruz. Pero el negocio siempre tiene una premisa básica, en la que radica la clave de su éxito: la ropa debe ser relativamente accesible para las masas. No se trata de alta costura. Y debe concordar con la imagen que proyecta la celebridad que la firma.
Gwen Stefani es uno de los ejemplos más claros de esta fusión. Pocas cantantes saben conjugar tan bien el desenfado con el buen gusto. Los comentaristas de moda no dejan de consignarlo, mientras hordas de adolescentes hacen lo posible por copiarle el look. Para capitalizar este fanatismo, lanzó en 2004 la marca L.A.M.B. (el nombre viene de su primer disco, Love Angel Music Baby). Cuando fue presentada en la Semana de la Moda de Nueva York, la prensa señaló que se trataba de una marca muy funky que mezclaba toques a lo Vivienne Westwood con influencias jamaicanas.
También dirigida a un público joven e incluso teen, la actriz Hilary Duff, de la serie Lizzie McGuire –según la revista Forbes, una de las más adineradas celebridades menores de 25 años– creó la marca Stuff by Hilary Duff. Su propuesta es un poco más "ordenada" que la de Stefani, sin perder la rebeldía que aportan, por ejemplo, las chaquetas de cuero. Vendió cinco millones de dólares en un año.
Más adulta y más latina es la apuesta de Jennifer Lopez, cuya marca de ropa, JLo, nació en 2001 y ofrece trapos para mujeres curvilíneas como ella, que aman verse sexies y siguen la moda al pie de la letra. Sarah Jessica Parker, en cambio, viste a profesionales jóvenes, que adoptan las tendencias en boga pero saben darles un toque personal.
La moda no es un tema que le interesa sólo a Carrie Bradshaw, su personaje en Sex and the City. La actriz confesó haberse quedado con el 70% del vestuario que usó en la serie: accesorios Louis Vuitton, zapatos Manolo Blahnik, vestidos de Carolina Herrera. Todo carísimo. Pero, para Sarah, el mismo glamour se puede obtener con ropa de precio accesible. Por eso, concibió una línea de ropa, llamada Bitten, cuyas prendas no suelen costar más de 20 dólares.
Las famosas gemelas Olsen merecen un capítulo aparte, por su acertada visión comercial. Tras una larga carrera en televisión, que comenzó cuando ni siquiera sabían caminar, crearon el holding Dualstar Entertainment Group, que sirve de paraguas para las inversiones que las han incluido entre las jóvenes más ricas del mundo.
El dúo tiene una marca de ropa infantil que se vende en las tiendas Wal-Mart; una colección llamada The Row, adulta y más bien cara, que se comercializa en Barney´s New York; y una línea más económica, llamada Elizabeth and James (son los nombres de sus hermanos), disponible en las tiendas de departamentos Neiman Marcus y Bergdorf Goodman. ¿Su sello? La bohemia chic.
Entre las últimas iniciativas, destacan las hermanas Sienna y Savannah Miller, que este año abrieron en el londinense barrio de Notting Hill la primera tienda de su marca Twenty8Twelve; la cantante inglesa Lily Allen, gestora de una colección de zapatos, vestidos y accesorios llamada Lily Loves; Victoria Beckham, con sus ceñidos jeans y vestidos que exigen fachas perfectas como la de ella; Lindsay Lohan, creadora de una línea de calcetines y panties cuyo alto precio ha sido criticado en una serie de blogs; y Katie Holmes, quien en abril de este año debutó con la marca de vestuario Holmes Yang, creada en conjunto con la estilista Jeanne Yang.
Es probable que, tras todas estas iniciativas, se esconda un deseo de trascendencia muy propio de egos altos como los que suelen poseer las actrices. Si sus marcas de ropa andan bien, las empresas seguirán funcionando en su vejez y aún después de la muerte de sus fundadoras. Esto dejará sus nombres circulando en la posteridad, tal como sucede, por ejemplo, con las grandes casas de moda, como Chanel, que hoy comanda Karl Lagerfeld, o Ungaro, que hoy dirige el joven colombiano Esteban Cortázar.