MEDIACENTER

La verdad de un acelerador desacelerado

En entrevista exclusiva con latercera.com científicos revelan en qué está el mayor experimento del siglo.

por Adriana Tapia Durán | 12/12/2008 - 10:31

Se descorchaban champagnes entre gritos, abrazos y risas. Era la jornada del 10 de septiembre, cuando algún connotado físico decía que "este es un pequeño paso para un protón, pero un gran paso para la humanidad", parafraseando las míticas palabras de Neil Amstrong y mostrando con ello la cuantía de un esfuerzo que para el mundo científico tiene tanta o más relevancia que ese primer paso sobre la luna hace casi 40 años.

Era la puesta en marcha del Gran Colisionador de Hadrones o LHC, construido en una enorme circunferencia que pasa por la frontera franco-suiza y cuyos alcances pueden dar ni más ni menos que nuevas respuestas sobre la validez del Modelo Estándar sobre el que hasta ahora se funda la física de partículas, explicando -incluso- eventos ocurridos durante o inmediatamente después del big bang.

No obstante, es también un acelerador de partículas que a poco andar desaceleraría el tranco de sus expectativas, o por lo menos de su partida, ante la cruda realidad de una serie de obstáculos técnicos que mantendría la ansiedad del debut.

Un escenario que abre preguntas respecto de la viabilidad del mayor experimento científico que se haya proyectado y ejecutado alguna vez sobre la faz de la tierra.

UN PEQUEÑO DESASTRE
Y es que el comienzo no tuvo toda la suerte que se esperaba, cuando al cabo de una semana, uno de los imanes sufrió el calentamiento de un pequeño punto, lo que -considerando que los circuitos deben mantenerse a 271 grados bajo cero- significaba un importante percance.

"Fue un pequeño desastre que no se podía prever", indica Claudio Dib, académico de la Universidad Santa María y uno de los cerca de 20 chilenos que trabaja en una parte del experimento donde se filtran y cotejan datos, conocida como Atlas.

Un accidente que marcaría el primer gran retraso en el Colisionador, ya que la solución implica dos procesos relativamente largos. Primero, recuperar la temperatura ambiente para que puedan entrar seres humanos a reparar el desperfecto, y posteriormente volver a enfriar, ya que como señala Marco Aurelio Díaz, físico de la Universidad Católica y también miembro del grupo Atlas,  "los imanes son superconductores que trabajan a una temperatura muy baja y conseguirla es algo que se hace lentamente, porque si uno enfría algo muy rápido, se rompe".

Cuestiones que tendrán la máquina a temperatura de trabajo recién a fines de junio del próximo año, aunque para Díaz, más que un problema, eso puede ser una ayuda. "El retraso pretende que las cosas se hagan un poco más a conciencia para que no vuelva a fallar y en ese sentido me alegra que ocurra".

Sin embargo, aquel no sería el único motivo del aplazamiento. Y podrá parecer sumamente doméstico, pero tal como en cualquier hogar es preciso acortar las duchas o apagar ampolletas cuando las cuentas del gas o la "luz" encarecen, en el LHC ocurre lo mismo, por lo que "en todos los inviernos la máquina deberá detenerse, porque la electricidad es muy cara y tiene sobre precio", cuenta Dib.

AMISTOSA TORRE DE BABEL
Pero aunque la espera para poder poner en movimiento los protones dentro del gigantesco túnel será larga, lo cierto es que el trabajo no ha cesado y "todo el mundo está súper activo, lo único que no podemos hacer es tomar datos reales", señala el académico de la Santa María. Esto, porque "la maquinaria es tan compleja, que de todas maneras se realizan pruebas, se hacen mediciones en la parte software y se hacen simulaciones de cómo responderían sus detectores".

Y es en esos procesos donde se viven los episodios más anecdóticos de esta experiencia, ya que sólo "en la colaboración Atlas hay más de 2 mil físicos de 37 países reuniéndose periódicamente, afinando detalles y generando la necesidad de una estructura organizacional sin precedentes, porque no existe algo así", puntualiza Dib.

Estructura en la que, para Díaz, es entendible que "ocurran cosas muy simpáticas como ver grupos de científicos de Israel trabajando junto a científicos palestinos, donde las barreras políticas no existen".

Aunque el mismo hecho ha implicado una suerte de torre de babel, ya que, según el mismo experto, "uno baja al túnel y ve avisos en inglés, en ruso y gente hablando en un idioma o en otro". Por lo que no es de extrañar que, por ejemplo, "un experto japonés dé una charla brillante, pero la mitad de los oyentes le entienda la cuarta parte y en la ronda de preguntas el pobre tipo empiece a decir: '¡pero si eso ya lo dije!'", añade Dib.

TRABAJANDO AL MÁXIMO
Y frente a la sospecha de que alguno de las naciones que ha concurrido con aportes económicos para el experimento pudiera abandonarlo frente a los obstáculos surgidos, Dib es enfático en advertir que "están todos los tipos tensos y trabajando al máximo, porque si esta cosa no funciona bien, los gobiernos que ponen plata pueden decir que no y ahí se cae todo".

Aunque para Díaz es difícil que "haya peligro de que se acabe el apoyo, porque estos accidentes suceden" y va más allá, pues aferrándose a la trascendencia del experimento agrega que "en el futuro seguramente vamos a tener otro accidente que nos va a retrasar, pero no va a ocurrir nada que detenga el proyecto, o que impida que podamos obtener los resultados científicos".


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