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Relaciones madre e hija: ese entrañable pero enrevesado vínculo

Un torrente de emociones cruza al vínculo entre madres e hijas, convirtiéndolo en el más complejo entre seres humanos.

por Pía Rajevic, para revista Mujer - 06/05/2009 - 08:03

“¿Te vas a poner eso?”. Con esta simple pero, a la vez, aguda  interrogante si quien la  pronuncia es una hija a una madre o viceversa, tituló la lingüista estadounidense Deborah Tanner, una de sus más interesantes investigaciones acerca de la complejidad que reviste la relación entre madre e hija. Un vínculo que ella analizó revisando el discurso marcado por la sutileza que se da en el lenguaje entre ambas mujeres, donde comentarios o gestos que para otros pudieran resultar anodinos, pueden transformarse en una bomba de tiempo que estalle en el momento más inesperado. Y eso por el tipo de dobles interpretaciones que ambas pueden llegar a hacer de lo que se hace o no y se dice o no.

¿Por qué la enrevesada condición de este vínculo? Tal vez por la explicación que da esta lingüista, especializada en discursos de género: porque hay una constante pugna de poder. Un afán de lograr el control de la madre hacia la vida de la hija, para guiarla de acuerdo a lo que cree que es bueno y apropiado para una mujer; mientras la hija, a partir de la adolescencia, intenta conducir su vida a su manera y no de acuerdo a los designios o creencias de la madre.

Dificultoso. Esto da pie a un sinnúmero de desdichadas situaciones entre ambas. Y muchas veces sin motivos aparentes. Es que las razones habrá que buscarlas muy sub terra, tal es lo hondo que pueden alojarse los conflictos entre estas dos mujeres. Como en la siguiente escena, relatada por una madre. Para el cumpleaños número 30 de su hija Renata, a Verónica (51 años) se le ocurrió hacerle un regalo muy especial. “Le compré una colección de las mejores cremas de belleza que pude encontrar para prevenir la llegada de las primeras arrugas. Era todo muy fino y, por supuesto, carísimo. Estaba dichosa de poder hacerle este regalo tan delicado y de pensar cómo lo iba a disfrutar”. Pero la sorpresa de esta mujer fue tremenda cuando al entregárselo, en medio de una cena familiar, la hija rompió en llanto, lo dejó sobre la mesa e interrumpió el festejo tomando su chaqueta y yéndose con su marido, mientras le decía: “¿Te hace feliz regalarme esto, verdad?”.

Verónica se quedó paralizada, jamás pensó que su obsequio fuera a derivar en una situación semejante. “No te imaginas lo que me dolió que este gesto cariñoso fuera tan malinterpretado. Pensé que por qué me tenía que suceder a mí algo así, cuando sólo deseaba lo mejor para mi hija. Fue una tragedia. A la semana conversamos y ella me contó que había reaccionado así porque pensó que yo, a través del regalo, le estaba “machacando” que se iba a poner vieja. Lo hablé con una sicóloga. Ella me dijo que había algo simbólico, tal vez, que mi hija podía haber leído en ese regalo, que le estaba transmitiendo mi terror a la vejez o algo así. Yo no siento para nada que haya sido eso. Para mí sólo fue un gesto lindo”.

ADOLESCENCIA, LA ETAPA MÁS DIFÍCIL
La sicóloga Carmen Gloria Fenieux realizó el año pasado, por primera vez, talleres para madres e hijas (los efectuará nuevamente el 15 y 16 de mayo, informaciones en la página web www.centrodesexualidad.cl). Su idea: trabajar acerca de esta relación tan especial entre mujeres, que está atravesada por tantas dificultades, pero a la vez tiene tantas potencialidades. ¿Qué la motivó a llevar adelante esta experiencia? “En la consulta me he dado cuenta de que la relación entre madres e hijas está cargada de intensidad y complejidad, pero también de mucha complicidad. No todo es negativo. Es una relación muy difícil, pero que también puede ser muy rica”.

Habiendo estudiado mucho sobre lo femenino, explica que “si las relaciones entre mujeres ya son muy especiales, lo son aún más con las hijas. No sucede así entre los hombres, donde el vínculo es menos intenso”.

Pero, ¿qué es exactamente lo que hace tan peculiar al lazo entre madre e hija? “Es una relación distinta a la que se da entre amigas, porque necesita de un contexto de normas y respeto; no ser dos exactamente iguales, sino una que es mayor y es capaz de proteger y cuidar, que es la madre, y otra que requiere de esos cuidados y afecto, que es la hija”. No obstante, desde que la hija nace, ambas mujeres construyen una identidad que las iguala. La hija crece queriendo parecerse a la mamá, jugando incluso a ser mujer como su madre. La madre, por su parte, la va educando de acuerdo con sus creencias y deseos femeninos.

Pero al llegar la adolescencia todo cambia, la hija necesita construir una identidad distinta, ya no quiere ser como su madre. Eso marca un corte muy profundo entre ambas pues, pese a estar íntimamente muy unidas, la hija va a frustrar a su madre en las expectativas y planes que ésta tiene acerca de su futuro. 

–¿La adolescencia es entonces un punto de inflexión, el momento que marca la necesidad de diferenciación y el comienzo de conflicto entre madres e hijas?

–De todas maneras. La madre va criando a su hija como su muñequita, una mujercita a la medida de sus sueños y deseos y, claro, llega un minuto en el que se hace necesario un corte, pues esta niña comienza a ser mujer. Con la llegada de la menstruación, el crecimiento de los pechos, el despertar de la sexualidad, el quiebre se hace evidente: la hija ha dejado de ser una niña y, en su proceso de transformarse en mujer, no quiere ser lo mismo que la madre.

Ahí comienza un tira y afloja muy intenso. “Es un signo de salud que esto suceda. Yo me preocuparía más de una hija que se sobreadapta, que siempre es adecuada, que anda diciéndome `mamita´ para arriba y para abajo y que es perfecta. Diría que eso es más peligroso para la identidad de la adolescente que alguien que pelea, que se opone, que discute, que está buscando lo propio. Si una hija rebate y es pesada con la mamá, versus simpática con las amigas, vamos por buen camino. Si te dice que te ves mal, si te ridiculiza por cómo te vestiste o hablaste, no te aflijas: es normal”, señala la sicóloga. Pero advierte, no obstante, que hay que preocuparse en caso de agresividad exagerada.

–¿Qué es lo recomendable para enfrentar esto?

–Ser capaces de tolerar, aguantar las distancias, pero también de poner límites. Y estos límites van a depender totalmente de la estructura familiar: lo que está establecido que no se dice o acepta es algo que lo define cada familia. Hay que dar espacio para contener, aceptar, acoger y no quedarse pegada en la rabia por la reacción de una hija adolescente. Es difícil porque, como te causa dolor, te alejas y tiendes a tomar distancia. Pero nunca hay que dejar de estar pendiente.

EL CRUCE DE DOS CRISIS VITALES
Pero no es todo. Pues más difícil aún hace a este vínculo el hecho de que la adolescencia de la hija encuentra a la madre también en un instante de crisis existencial, la de la medianía de la vida de una mujer. “Es el momento en que se cruzan dos crisis vitales: la de la adolescente que se está preguntando `quién soy yo, cómo me veo, qué características propias tengo, cómo me va con las personas y con el mundo´, y la crisis de la madre en su edad media, entre los 40 a 50 años más o menos, que se está planteando `qué he hecho yo con mi vida, qué no hice y qué puedo hacer hacia adelante´”, explica Fenieux.

Una etapa en la que la madre está haciendo duelos: el duelo del cuerpo que está cambiando hacia la menopausia; el de la adultez; el acercamiento a la muerte a través de la ancianidad de los propios padres; el de haber estado parte de su vida enfocada en los otros, postergándose ella misma debido a la crianza. “Es difícil, ella reevalúa y se replantea la vida que le queda, mientras su hija tiene toda la juventud y el tiempo por delante, toda una vida por hacer y se lo hace sentir. Ahí sobrevienen los miedos de la propia historia de la madre, todo aquello que ella vivió y desea que su hija repita o no”. 

Y eso sucede mientras la hija le está diciendo: `No me gusta como eres, quiero ser distinta de ti´. “Significa que te está señalando que puede ser mucho mejor que tú. Su pensamiento es `yo soy joven, tengo la vida por delante, este es mi tiempo. Con esto está poniendo el poder en sí misma, que es necesario para emprender la vida. Ella necesita pensar y hacer por sí misma y no a través de la madre”, dice la sicóloga.

Al mismo tiempo, es importante para la hija ver cómo su madre resuelve la encrucijada que le impone la crisis de la edad. “Es bueno para los hijos ver a una madre satisfecha, que tiene proyectos propios y se desarrolla más allá de su rol de ser mamá”.

–¿Por qué duele tanto este desencuentro a la madre?

–Bueno, porque es doloroso nomás, porque las madres aman mucho. Y porque debido a esa relación de igualdad de género que además cruza la relación, se hace más fácil proyectar los deseos e identificarse con la hija adolescente. Las mamás esperan mucho de sus hijas, tienen muchos sueños y proyectos centrados en ellas y se sienten muy frustradas ante la reacción de rechazo de éstas. Además, por la identidad y simbiosis que hay entre madre e hija, las hijas saben muy bien por dónde herir más, por dónde romper más.

Pero, ¿siempre se mantendrá con este grado de tensión este singular vínculo? No necesariamente. Los entendidos sostienen que los derroteros serán distintos. A veces, tras el desencuentro de la adolescencia, será la complicidad entre ambas la que se abrirá paso.  Otras, la rivalidad y el desencuentro definirán la relación de por vida. “Siempre asumí que, una vez que mi hija se convirtiera en adulta, los problemas terminarían. Seríamos amigas, nos divertiríamos juntas. Pero te vas envejeciendo y, encima de todo, estas complicaciones con tu hija continúan. Es una gran desilusión”. Es la frase de una madre escogida por la lingüista Deborah Tanne para graficar lo movedizo que puede llegar a ser este territorio.

“De mujer a mujer, el asunto es telúrico… Se quieren, pero no se entienden. Se aman, pero no son capaces de transmitirlo. Amarradas a patrones que han repetido infinitas veces, madre e hija pueden estar al alcance de la mano, pero no de sus corazones”. Así define el escritor venezolano Eli Bravo las dificultades que marcan a la comunicación madre-hija.

Pero es mejor mirar el asunto como lo plantea la sicóloga Carmen Gloria Fenieux:

–El desencuentro entre madre e hija, que empieza en la adolescencia de esta última, es una etapa súper estresante pero también muy bonita, porque existe la posibilidad de ver a tu hija florecer maravillosamente distinta de ti, con otras potencialidades, recursos y alternativas. Eso es hermoso, enriquecedor y entretenido para la vida. Una vez pasada la crisis, existen muchas posibilidades de reencuentro entre dos mujeres adultas, pero siempre desde la aceptación de los caminos genuinos que han escogido madre e hija. Ahí puede retornar el compañerismo, la amistad y la intimidad.

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