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Amanda Céspedes: "El sello de los papás actuales es su inconsistencia"

La reconocida neurosiquiatra infanto-juvenil alienta a los padres a que tomen de una vez el timón para conducir a sus hijos.

por Pía Rajevic, para revista Mujer - 11/05/2009 - 11:53

“No hay educación efectiva, si ésta no es afectiva a la vez”, advierte a los desorientados padres actuales Amanda Céspedes. Es tajante. A veces incluso hasta lapidaria en sus aseveraciones acerca de la pérdida de brújula en el rol educativo de los padres y profesores en el Chile actual. Pero sus críticas son bienvenidas y hasta reverenciadas por ellos mismos, que agradecen la lucidez y claridad de sus reflexiones, transformándola en todo un fenómeno editorial. Es así como su primer libro, Niños con Pataletas, Adolescentes Desafiantes, publicado en 2007, ya va en la cuarta edición. Y su última obra, Educar las Emociones, Educar para la Vida, es todo un éxito de ventas, con tres ediciones a su haber desde que se publicó, a fines de 2008.

Es que los cientos de niños y jóvenes que han pasado por su consulta en sus más de dos décadas de experiencia terapéutica, junto a sus estudios de especialización en neurosicología infanto-juvenil, le dan autoridad para cuestionar a viva voz, y de un modo imperativo, el rol de los educadores, incluido el de los padres. Acerca de los profesores, no se ha mordido la lengua para decir que son “unos lateros y poco motivadores, que no están a tono con sus tiempos”. Sobre los padres, ya verá usted todo lo que dice aquí, que no es poco.

Asertiva, pero con un gran sentido didáctico, sus juicios pueden tener efectos de movimiento telúrico. “Un adolescente es una especie de receta de cocción lenta. Uno cocina un adolescente durante 15 años y él va a ser lo que uno empezó a guisar 15 años atrás”.

– “Niños con pataletas, adolescentes desafiantes”, fue algo que anunciaba en su anterior libro. ¿Qué factores paternos han conducido a este escenario?

–La educación emocional de niños y adolescentes debe mirarse como una trayectoria similar a lo que pudiera ser la educación escolar: educación especial, de los 0 a los 7 años; educación final de los 7 a los 15 años; y, finalmente, lanzar al joven al mundo, de los 15 en adelante, etapa en la que el adolescente debiera ser ya capaz de tomar sus propias decisiones y hacerse cargo responsablemente de sí mismo. Es que la educación emocional de los chicos es bastante más breve de lo que los padres creen. De los 15 en adelante, guste o no, los adolescentes empiezan a tener una toma de decisiones que es muy amplia. Y para hacerlo en forma responsable necesitan haber sido muy bien formados en los primeros 15 años. Es imposible pretender que a los 15 años yo le voy a enseñar a un chico cómo cuidarse y guiarse.

–El escenario educativo en los hogares no ha sido ese precisamente.

–Estamos ante un escenario de mucha improvisación. Diría que el sello de los papás hoy día es la inconsistencia en educar, más que permisividad. Yo a eso le llamo una cierta bipolaridad en la educación, porque son permisivos hasta que se exasperan o se asustan. Y una vez que eso sucede pasan a ser autoritarios, restrictivos y castigadores. Así todo va mal.

–¿Y a qué se debe esta inconsistencia paterna y materna?

–A varios los factores. Desean que sus hijos tengan más autonomía, pero mal entendida, porque un niño, por ejemplo a los 9 años, debe tener una autonomía dirigida y no total: eso de “haz lo que quieras” o “decide tú” no funciona. Otro factor es el poco tiempo que los padres pasan en casa: no quieren hacerse mala sangre, desean estar bien el poco rato que están con sus hijos y les permiten más de la cuenta. Y, en tercer lugar, influye notoriamente el que los padres están proclives a dejarse llevar más por la sicología que por la sensatez. Y están equivocados. Especialmente a los de 40 a 45 años se los convenció (desde la sicología) de que no había nada peor que frustrar a los hijos, pues favorecía las depresiones y cuadros de ansiedad. Es una generación de padres que empezó muy temprano a conceder a sus hijos para evitarles las frustraciones y éste es el resultado: jóvenes desafiantes.

–Causa de que hoy tengamos una generación de adolescentes intolerantes a la frustración, cortoplacistas.

–Justamente. Es una generación que no es capaz de posponer una gratificación por un bien mayor. Sobre todo si ese aspecto positivo va a venir a mediano plazo. Se refleja, por ejemplo, en adolescentes a los que el papá les dice: “Voy a hacer un esfuerzo por mandarte a estudiar al extranjero, pero si me haces un curso intensivo de inglés en el verano”. Y el joven le responde: “¡Ah, no! ¿Y qué va a pasar con mis vacaciones, cómo se te ocurre. Cómo vas a ser tan mala gente de no mandarme a intercambio”. Ellos quieren todo de inmediato. Son chicos a los que les cuesta muchísimo proyectarse a algo bueno en un horizonte más lejano.

–¿Hay que frustar para educar?

–Sí, hay que frustrar y a los padres eso les asusta.

–¿No sirve que los padres se instruyan en los aportes de la sicología?

–El conocimiento para educar hijos es un tercio de la tarea de los padres, pero la intuición, el sentido común y el amor hacen los dos tercios restantes. El conocimiento que necesitan es muy básico: es simplemente pensar qué vino a hacer mi hijo al mundo a la edad que tiene, cuáles son las tareas a cumplir y cómo lo voy a acompañar. Pero el sentido común y el cariño hacen la diferencia.

–¿Y hasta dónde controlarlos?

–El control directo sobre el adolescente es nefasto. Siempre digo que los adolescentes son como submarinos muy modernos, silenciosos, que no se van a detectar con ningún radar. Mientras más guardacostas haya, más se van a sumergir. Entonces intentar controlarlos metiéndose a ver con quién chatea, haciéndose amigo virtual de sus hijos con otra identidad o metiéndose en su diario de vida, no va a dar resultado. Lo que sí da resultado es la confianza recíproca; y eso se trabaja desde muy pequeño. Es imposible pedirle recién cuando es adolescente que confíe en mí.

A continuación, invitamos a Amanda Céspedes a abordar paso a paso diferentes coyunturas y problemas que padres e hijos adolescentes enfrentan hoy: cómo ejercer esa guía emocional, ese sello distinto que ella tanto evoca como imprescindible para marcar la diferencia, siendo afectivos en la crianza.

INTERNET Y REDES SOCIALES
“¿Qué hace que un joven busque su metro cuadrado en forma desesperada, aislándose mediante internet? La incomunicación o el mal clima en el hogar puede ser la causa. A veces evitan estar con los adultos porque saben que lo van a pasar mal: les van a hablar de cosas ingratas, van a sentirse enjuiciados. Ejemplo: les van a decir que son flojos, que de nuevo dejaron la toalla encima de la cama. Muchos padres tienden a aprovechar los espacios de comunicación para educar desesperadamente, mientras han estado concediendo de manera desmedida durante mucho tiempo. En las familias acogedoras, donde se conversa de todo, los chicos no están tanto en internet. Un segundo problema es la autoestima: si los jóvenes no han recibido reconocimiento, van a buscarlo de manera externa, exponiéndose en la red, poniendo su foto y datos allí. Respecto del tiempo de uso, hay que acotar las horas frente a los computadores y no es aconsejable que tengan equipos en los dormitorios hasta pasados los 15 años”.

CARRETE, ¿CUÁNTO?
¿Qué hacer ante la solicitud de varios días de permiso para carretear, incluyendo el llamado “viernes chico” (nombre que se da al carrete del jueves). “Hay un criterio infalible, que es la biología. El cerebro de un joven entre los 13 y 20 años está en pleno desarrollo, por lo tanto necesita una vida saludable. Si carretea dos días a la semana, con la previa incluida, en que recién a la una de la madrugada está yéndose a la fiesta, a poco andar de este ritmo de vida va a estar enfermo. Soy taxativa en esto: un día a la semana de carrete es suficiente entre los 13 y 16 años. Desde esa edad en adelante, el chico tiene que ser capaz de decir: “Mamá, voy a carretear solamente un día esta semana, porque con más quedo destruido”. ¿Razones para darle?: porque no es sano, no va a poder rendir en el colegio y se va a empezar a enfermar. Hay que decir que no nomás y de una vez y luego no discutirlo más, porque los adolescentes van a exponer argumentos que a uno le van a partir el corazón, saben usar muy bien la puñalada: te van a decir que es la fiesta del año, el momento más importante de sus vidas…”.

NUEVO ENVASE PARA EL AFECTO
“En la adolescencia los padres pasamos a un segundo plano y el respeto es un poquito velado. Los amigos pasan a tener una importancia fundamental. ¿Cómo mantener y preservar una buena relación afectiva? Variándola: uno le tiene que dar otro envase al afecto. Por ejemplo, instaurar salir a comer una vez al mes; caminar o hacer deportes juntos y después pasar a comer un helado y conversar. Y ahí insisto mucho en que los padres deben aprender la comunicación afectiva con sus hijos, que es fundamental. Hay que enriquecerla y hacerla más cercana. Tiene que ser horizontal, pero al mismo tiempo basada en la autoridad, porque ellos nos siguen viendo como autoridad”.

BUENAS RAZONES PARA RESGUARDAR EL SUEÑO
“Hay una relación muy directa entre la deuda crónica de sueño y experimentar alteraciones en la regulación de la insulina y el colesterol, lo que a su vez favorece la depresión. Entonces, si no cuidamos que los adolescentes duerman lo necesario y bien, estamos favoreciendo ciertas patologías. Necesitan dormir ocho horas y de noche. Los padres están perdidos en este tema: en vacaciones de verano, por ejemplo, está pasando que los chicos no tienen idea de que estuvieron en la playa, porque la visitaron a las dos de la mañana para carretear y en el día estaban durmiendo, el veraneo se transforma en un modelo de mala vida”.

ALCOHOL Y DROGAS
“Cuando me plantean el tema, digo: hasta los 15 años los chicos no deben beber. ¿La razón? Entre los 13 y los 15 años se están formando, de manera muy acelerada, millones de nuevas conexiones cerebrares, especialmente en la corteza cerebral. Éstas se ponen en marcha coincidiendo con la pubertad, comandadas por las hormonas. El alcohol es un neurotóxico y dependiendo del tipo de alcohol que el adolescente beba es el grado de toxicidad que va a sufrir. El alcohol, así, va a ser equivalente a la tijera de un jardinero: corta e interrumpe conexiones cerebrales fundamentales para el aprendizaje intelectual y para la inteligencia emocional. Daña, muchas veces irreversiblemente, la arquitectura cerebral que en ese momento se está construyendo. Con este aprendizaje previo, desde los 16 años el beber debe ser una opción. No la de los padres, bajo amenaza, que les digan `pobre de ti que te vea bebiendo´. La idea es educarlos para que cuando vayan a beber puedan hacer una buena opción. Decirles: `Si vas a beber, con una cerveza tienes suficiente. Uno bebe para hacer vinculaciones sociales y con un vaso de cerveza de más puedes estar dos horas´. Y sobre el abuso de alcohol y drogas, si hay un factor de inmunidad, ese es el afecto, la valoración y la comunicación emocional. Atiendo a cientos de chicos que nunca van a tener una adicción. ¿Qué les sucede, son pernos? Nada de eso, sólo que ellos disfrutan muchísimo de su vida familiar”.

AGRESIVIDAD, ¿QUÉ HACER CON ELLA?
“Cuando un adolescente se pone agresivo, tenemos que pensar que está viviendo una situación límite, pero subjetiva. ¿Está demasiado ansioso o irritable? Si es así, es porque está sometido a un estrés excesivo. No es conveniente detenerlo con la misma violencia, amenazándolo con quitarle algún beneficio, pues se entra en un juego peligrosísimo de poder. Conviene, en cambio, decirle al hijo: `No es normal estar agresivo, ¿qué te está pasando?´. Y conversar para buscar soluciones”.

SEXUALIDAD
“La actitud de los padres frente a la sexualidad adolescente está en relación con su sistema de creencias. Es imposible dictar una regla. Otro tema es la sexualidad adolescente en sí, que es real y hay que hacerse cargo de ella. El sexo es el mejor ansiolítico, antidepresivo y vitamina que existe, es la actividad humana que libera más endorfinas. Si los chicos están iniciando una actividad sexual intensa es porque están buscando un ansiolítico o un analgésico. Si mi hijo está acostándose con su polola siete días a la semana, diría que está sometido a estrés o un dolor del alma. Si es una actividad normal, de una o dos veces a la semana, uno debe procurar que sea responsable. Hay muchos jóvenes que están teniendo actividad sexual y son responsables. Lo mejor es conversar con ellos, no tener miedo. Nadie puede pensar que por hablarles de sexo, se les van a abrir los ojos. Tal vez el hijo es casto y no va a tener interés en el sexo. Pero si se trata de hijos muy sensuales, mejor hablarles, porque si no, están corriendo riesgo por estar desinformados”.

MANEJO DE DINERO E INCLUSO TARJETAS
Esta es la primera generación que tiene tanta disponibilidad de dinero, ¿cuál es la justa medida? “La mejor educación en el área del dinero es la de la austeridad. Decirles: `No porque las cosas estén al alcance de la mano, las vas a tener´. Es bueno enseñar a esperar para conseguir algo, para aprender a quererlo: lo que más rápido se obtiene, más pronto se desecha. Y sobre tarjetas de crédito o débito que están dando los padres a los hijos, yo no soy partidaria de que eso suceda hasta los 21 años, cuando tengan la madurez necesaria. La mesada sí, porque es educativa para saber ahorrar, hacer un presupuesto y aprender a distribuir recursos. Para un chico de 15 años, una mesada de tres mil pesos a la semana parece suficiente. En esta sociedad en que hay tanto, da pena decirles que no, pero es muy educativo”.

EXCESOS EN EL USO DE NUEVAS TECNOLOGÍAS
“Me preocupa que a mayor tecnología, hay mayor incomunicación y aledonia (incapacidad de disfrutar). Los adolescentes consumen y cambian hoy la tecnología como si nada, pese a sus altos costos. Con eso están aprendiendo a vivir en lo desechable. Y así como desechan objetos, más tarde van a desechar a las personas”.

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