Hasta enero de 2003, la vida de Teresa (48) marchaba perfectamente. Pero por esos días recibió un enorme golpe y creyó que su vida nunca volvería a ser igual. Si alguien le hubiera dicho en medio de su depresión que los problemas de la vida diaria, aquellos que llegan de improviso y que no se relacionan con eventos altamente traumáticos como la muerte de un pariente o un divorcio conflictivo, presentan efectos que suelen durar no más de tres meses, la idea le habría parecido ridícula.
Sin embargo, se habría equivocado. Teresa revisaba el buzón cuando se encontró con una carta que le avisaba que su casa sería rematada el siguiente martes. Pensando que era un error, le preguntó a su marido, y cuando éste se puso pálido, supo que no era ni una equivocación ni una broma. Hace algunos meses, él había dejado de pagar los dividendos para darle más comodidades a su familia, pero nunca pensó que las cosas llegarían tan lejos. Para cuando llegó la última de varias notificaciones, era demasiado tarde. Perdieron su casa y tuvieron que irse a la de sus suegros.
Al principio, fue una tragedia, pero "después de algunos meses, fue como si hubiera ocurrido lo que tenía que ocurrir. Justo en ese momento, mis suegros nos necesitaban más que nunca, así es que nos sentimos muy felices de haber podido acompañarlos", recuerda hoy Teresa, sin lamentar nada de lo que pasó.
"Sí, claro. Lo que pasa es que Teresa es conformista", es lo que cualquiera podría pensar. O decir. Pero esa mirada, según los especialistas, es consecuencia de que después de un evento de ese tipo vemos las consecuencias sin matices. Es decir, somos presa de lo que se llama "sesgo del impacto", un recurso mental que nos hace creer que hay algunas cosas "objetivamente" buenas que nos harán felices para siempre y otras innegablemente malas, que nos destruirán la vida.
Y en la realidad, habitualmente no ocurre ni lo uno ni lo otro. Daniel Gilbert, profesor de sicología en la U. de Harvard, sostiene que la particularidad de los seres humanos es su capacidad de anticipar el futuro, es decir, imaginar escenarios que no existen y tomar decisiones de acuerdo con ellos. Pero el problema es que este mecanismo tiende más a los errores que a los aciertos, porque nos inclinamos a sobrevalorar los efectos de los problemas que se presentan como graves. Y lo mismo con las situaciones amables.
"Ganar o no una elección, encontrar o perder a una pareja, obtener o no un ascenso en el trabajo tienen poco impacto en la felicidad y su efecto tiene muchísima menos duración de la que la gente espera que tengan", postula Gilbert.
NECESITAMOS EQUILIBRIO
Contamos con un "sistema inmune sicológico" muy eficiente -dicen Gilbert y Timothy Wilson, profesor de psicología de la U. de Virginia-, que nos hace adaptarnos a cualquier circunstancia y recuperarnos rápidamente de los eventos negativos, pero también quitarle lo maravilloso a los positivos. Nuestro cerebro intenta hallar el equilibrio a toda costa, o sea, alejarse de la tristeza profunda o de la felicidad extrema.
En esos términos, dice Gilbert en su libro, después de los problemas o los empeños, las personas tienen la posibilidad de alcanzar dos tipos de felicidad: una "natural" y una "sintetizada".
La primera es la que se produce cuando, después de tanto buscarlo, conseguimos, por ejemplo, un aumento de sueldo. Es decir, cuando logramos lo que queremos. La segunda -"sintetizada"-, en cambio, es a la que llegamos a través del análisis y la reflexión, y ocurre cuando, a pesar de no obtener lo que perseguimos, terminamos por creer que lo que obtuvimos nos brinda aún más beneficios.
¿Resignación? No hay que engañarse, no se trata de simple resignación, sino de que nuestro "sistema inmune sicológico" se las arregla para que seamos, en el largo plazo, igual de felices con cualquier circunstancia. Como pasó con Teresa.
Cómo afrontar los problemas en el momento
Aunque sepamos que el dolor desaparecerá con el tiempo, cuando se nos presentan los problemas, debemos tener un plan para enfrentarlos.
La sicóloga Sandra Gelb plantea que hay al menos tres estrategias a las que debemos recurrir.
La primera es aceptar lo que sucede. La especialista afirma que si bien muchas veces ocurren eventos que sólo podemos evaluar como negativos, aceptarlos como parte de la vida nos ayuda a recuperar la tranquilidad necesaria para evaluar lo que ha ocurrido e intentar extraer algo bueno de ello.
La segunda es permitirse la tristeza. "Hay que darle cabida a las emociones, porque contenerlas es lo mismo que ponerle piedras a un río: sólo consigues que la pena se atasque y se retrase el proceso de vuelta a la normalidad", dice Gelb. Para esto es necesario encontrar una forma de dejar salir la emoción. A algunas personas les acomoda la reflexión en solitario, a otras conversar o escribir.
Y la tercera es tratar, en lo posible, de no dejar la vida cotidiana o, en casos más complejos, tratar de volver a ella lo antes posible. "Hay gente que tiene más facilidad que otra para esto", asegura Gelb, pero siempre debemos tratar de mantenernos conectados con la realidad.