El déficit político de América Latina está vinculado, más que al populismo, a una crónica incapacidad de generar identidad asumiendo nuestra multiplicidad de realidades. También, a los fallidos procesos de integración y a una ineficacia para actuar de forma multilateral.
El año pasado nos mostró una de las paradojas de nuestra región: su avance económico ocurre mientras sigue fragmentada políticamente. El objetivo inicial de esta columna fue dar una visión global de América Latina, pero ello resulta imposible: no existe "una" América Latina y esto se hizo especialmente evidente en 2009.
Sin embargo, en Europa o Estados Unidos se nos identifica como el continente del "populismo chavista", una visión reduccionista y errónea. Más curioso aun es que hay analistas regionales que asocian a una mayoría de países al líder bolivariano y su decaído proyecto.
Esta generalización choca al comparar al gobernante venezolano con Evo Morales. que ha terminado con la inestabilidad crónica boliviana y ha sido reelecto con el 62% de los votos en un país que creció 4% con una inflación de sólo 4,4%. Tampoco refleja una tendencia populista el resultado de las elecciones de Uruguay, donde un ex tupamaro, José Mujica, accede al poder y a nadie lleva a engaño en el sentido de que será el continuador de la política seria, responsable, con fuerte integración al mundo, iniciada por Tabaré Vázquez.
América Latina ya no se divide ideológicamente en bloques de izquierdas o derechas. La fragmentación política se debe a distintas miradas sobre lo que es el mundo globalizado; asimismo, a las diferencias entre los que siguen viendo a EEUU como enemigo y otros que, por el contrario, lo valoran como socio, sin aceptar una hegemonía que el propio Obama ha expresado no desea ejercer en la región.
El déficit político regional está vinculado, más que al populismo, a una crónica incapacidad de generar identidad asumiendo nuestra multiplicidad de realidades. También, a los fallidos procesos de integración y a una ineficacia para actuar multilateralmente, como lo evidenció la crisis hondureña. Paradójicamente, durante la crisis financiera, la región tuvo un comportamiento inédito, sin sufrir el rigor que sintieron EEUU, España o Gran Bretaña, por ejemplo.
¿Entonces, el año 2009 nos debe llevar a visiones optimistas? Lamentablemente, no. Persiste el divorcio entre el auspicioso manejo de la economía y la ineptitud para generar procesos de integración en la región, lo que hace imposible que los 570 millones de habitantes tengamos influencia en las decisiones mundiales.
La causa de la debilidad se vincula a la precariedad institucional que afecta a muchos países; al triste récord del primer lugar en las tasas de homicidios del mundo; al descontrol del narcoterrorismo que, sólo en México, en los tres últimos años, llega a 15 mil muertos, y a la pobreza extrema (más de 100 millones de habitantes de la región).
Otra deficiencia política versus fortaleza económica es la incapacidad para aumentar la productividad, desaprovechando los buenos precios de los commodities. Incluso en países como Chile, donde ha caído sostenidamente, desde un -0,6% el 2002, a -2,8% el 2009. Una baja que se debe a fallas en políticas educacionales, laborales, de ciencia y tecnología y promoción de la innovación.
En síntesis, los buenos deseos para el año que se inicia: equilibrar la madurez económica, venciendo la fragmentación política. Para ello, dejemos de regalarle protagonismo a Chávez, valoremos a Lula y aprovechemos, en lugar de menospreciar, las sinergias entre regímenes, políticamente tan diferentes, pero con visiones tan comunes y exitosas como los de Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana y Brasil, entre otros. Hay que jugar más fuerte en una política exterior asociativa, evitando traer al presente viejos antagonismos.
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