A 24 horas de que la Presidenta Michelle Bachelet deje el gobierno, parece oportuno mirar hacia la obra desplegada, sobre la base de sus propuestas fundamentales y la manera en que ejerció el liderazgo desde La Moneda.
Al triunfar en segunda vuelta en 2006, la Mandataria se comprometió a crear un sistema de protección social y a introducir reformas para marcar un nuevo estilo político. En lo primero fue exitosa; sus aspiraciones en la segunda materia no se tradujeron en cambios sustantivos.
El gobierno de Michelle Bachelet será sin duda recordado por la introducción de la reforma previsional y la adopción de un conjunto de medidas para proteger a los sectores más necesitados a través de una acción estatal más intensa. La idea de que existen garantías que el Estado debe proveer, ya impulsada durante la administración Lagos, ganó nuevo vigor en el último cuatrienio, entregándole a la acción estatal mayor influencia en la vida de los ciudadanos.
La protección social cobró mayor significación aún con la crisis financiera de 2008. Los ahorros de los excedentes del cobre permitieron aumentar el gasto público -que venía creciendo a tasas elevadas desde 2006- e ir en ayuda de los sectores más afectados. El manejo de la crisis le dio un segundo aire al gobierno, hasta entonces severamente golpeado en el ámbito político.
A diferencia de lo que ocurrió con la protección social, las transformaciones políticas y las mejoras en otros ámbitos gubernamentales prometidas por Bachelet no tuvieron logros relevantes que exhibir. Los propósitos iniciales de gobernar con un gabinete paritario y la idea de que "nadie se repite el plato" fueron desechados a poco andar, en la medida en que el modelo de "política ciudadana" impulsado desde La Moneda sufría traspiés con masivas protestas estudiantiles y, más tarde, con la puesta en marcha del Transantiago. El Ejecutivo debió enfrentar sucesivos cambios de gabinete y finalmente se impuso la necesidad de echar mano de políticos de experiencia por sobre las aspiraciones iniciales de generar un recambio de nombres y estilos.
Tampoco se produjeron cambios urgentes para el país, como los orientados a mejorar la calidad de la educación, disminuir la delincuencia o recuperar el ritmo de crecimiento económico.
La primera mujer en llegar a La Moneda abandona el cargo en medio de una popularidad inédita. De acuerdo a una encuesta publicada ayer, 84% de los chilenos aprueba su gestión, lo que da cuenta del cariño que llegó a desarrollar la población hacia la Mandataria y de la estrecha relación que ella consiguió establecer con el grueso de la misma.
La inmensa popularidad de la Presidenta tiene su origen en el tipo de liderazgo que caracterizó su mandato: una cercanía que hundía sus raíces en rasgos personales propios de la Jefa de Estado e intransferibles a otros políticos, como quedó en evidencia durante la última campaña presidencial.
Pese a su extraordinaria popularidad, la Mandataria se mostró reticente a arriesgar parte de su capital político para resolver conflictos o arbitrar disputas. Aunque esto le permitió mantener sus altos niveles de aprobación, a menudo impidió la resolución oportuna de diversas dificultades. De la misma forma, la aversión de La Moneda por enfrentar con decisión algunos problemas, especialmente los relativos al orden público (protestas y delincuencia, por ejemplo), dio pie para que se creara la sensación de un liderazgo al que le costaba enfrentar situaciones conflictivas.
En los últimos días de su gestión, la Presidenta ha debido afrontar la catástrofe del terremoto del 27 de febrero. Enfrentada a la desgracia, la Presidenta supo mostrar su mayor fortaleza, la de una Mandataria cercana y empática, capaz de entender e interpretar el sufrimiento de la gente. También, sin embargo, volvieron a asomar las dudas acerca de su determinación para tomar decisiones que podían resultarle incómodas, pero que eran necesarias.