¿Pensaríamos lo mismo de esta elección si los encuestados tomaran sus opciones basados en conocimiento y menos en impresiones dispersas de imágenes de TV, camisas arremangadas y artificios del marketing político?.
Las encuestas de opinión están bajo sospecha. No sólo en Chile, sino que en el mundo entero. Aquí generalmente hablamos de margen de error, de tamaño de la muestra o si el origen de la encuesta "es serio o no". Pero no tocamos el tema de fondo: el grado de conocimiento que los encuestados tienen de los temas que se preguntan.
Sabemos que detrás de una respuesta de encuesta hay todo tipo de razones. Desde una auténtica opinión informada, hasta predisposición, prejuicio, emoción o simple respuesta aleatoria por miedo a no quedar como ignorante. Cualquier cosa, pero no necesariamente opinión informada. Esto no es menor. Los resultados de las encuestas afectan nuestras vidas de un modo determinante. Dejar su influencia al dominio de impulsos poco reflexivos puede tener riesgos.
Las encuestas hoy sirven de apoyo para un abanico de decisiones públicas. Desde la legislación, en manos de los parlamentarios que justifican todo tipo de posiciones, hasta las jerarquías en asignaciones de presupuestos locales y, además, para nominar candidatos. También, indirectamente, en la elección del Presidente de la República. ¿Qué pasaría si en lugar de predisposiciones o actitudes aleatorias las encuestas reflejaran opiniones informadas? ¿Pensaríamos distinto? ¿Elegiríamos a los mismos gobernantes? ¿Apoyaríamos mar para Bolivia? ¿Tendríamos nuevas ópticas sobre la "píldora del día después" o la reforma educacional?
Para enfrentar esta debilidad, en la Universidad de Stanford en EEUU se ha desarrollado la herramienta de las encuestas deliberativas de opinión. Son un instrumento nuevo y su objeto, más que simple suma o agregación fotográfica de actitudes, es plantearse cómo serían nuestras preferencias si estuviéramos de verdad informados y habiendo contrastado las propias impresiones con las de otros en diálogo deliberativo. Los resultados son concluyentes e impresionantes.
Hasta ahora se han realizado numerosas encuestas deliberativas en EEUU, Europa y Asia. Hace poco llegaron a América Latina. En Brasil, por ejemplo, se realizó la primera en mayo pasado. Los temas elegidos son amplios. Van desde la nominación de candidatos en Grecia, las reformas educacionales en Irlanda del Norte, el sistema de salud en Tailandia o la ampliación de la Unión Europea, incluyendo temas de inmigración y empleo.
La evidencia muestra que cuando los encuestados están informados y han pasado por un proceso de diálogo (deliberación) en donde intercambian puntos de vista entre ellos y entre expertos, su opción, esta vez informada, puede variar entre un 20%, 30% o hasta 50%. En un país donde muchas encuestas muestran diferencias entre alternativas que apenas alcanzan un 5%, este dato se vuelve una referencia clave. ¿Pensaríamos lo mismo de esta elección si los encuestados estuvieran informados de los programas de gobierno de los candidatos, tomando sus opciones basados en conocimiento y menos en impresiones dispersas de imágenes de televisión, camisas arremangadas, corbatas rojas y artificios del marketing político?
Las encuestas deliberativas parecen estar marcando una línea a explorar en la opinión pública. El cuestionamiento de fondo que hacen -más que la metodología misma de las encuestas tradicionales, es la manera en que son usados los resultados- es tan profundo, que sólo hacen pensar que están llegando para quedarse. Para muchos, una forma de detener la destrucción de la política de las emociones y el desinterés y acercarla más a la de la política de la participación y las razones.
Fernando García Naddaf
Académico Universidad Diego Portales
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