La Democracia Cristiana, el partido que gobernaría cien años, llega al fin de su ciclo vital. Sus aportes fueron notables en la segunda mitad del siglo XX. Pero ya es hora de mirar hacia adelante.
Escucho la voz desgarrada de Piñera pidiéndole a Dios los atributos del buen gobernante. Lo escucho recordarnos sus principios humanista-cristianos. En la franja de Frei, en cambio, no veo alusión alguna al Todopoderoso o a su Iglesia. Lo que veo es un discurso marcado a fuego por la línea socialdemócrata, apelando a más, más y más Estado. ¿En qué consiste entonces la Democracia Cristiana de hoy? ¿Compite en estas elecciones algún candidato democratacristiano? Salvo explicaciones retrospectivas y postales nostálgicas de Frei Montalva y Bernardo Leighton, no veo respuestas claras.
No voy a descubrir la pólvora sosteniendo que la sostenida baja electoral de la DC obedece también a una crisis ideológica. No hay que confundir los síntomas con las causas. Los elementos sobrevivientes enfrentan una dura realidad: el partido que gobernaría cien años llega al fin de su ciclo vital. Sus aportes fueron notables en la segunda mitad del siglo XX. Pero ya es hora de mirar hacia adelante.
La doctrina social de la Iglesia remeció políticamente al mundo, ofreciendo una vía alternativa al marxismo "perverso" y al capitalismo "salvaje". En la actualidad, el socialismo es democrático y pluralista, mientras la derecha ha incorporado a su discurso la aspiración a la igualdad. No es casualidad que los candidatos DC vean en Bachelet a su principal referente y la UDI, partido de explícita inspiración cristiana, haya penetrado con fuerza en el mundo popular. Pablo Longueira estaba en lo cierto: el nicho que monopolizaba la Falange hoy les pertenece a otras colectividades. Mientras los parlamentarios DC aprueban el divorcio y la "píldora del día después" (entendiendo, como buenos liberales, que sus convicciones religiosas no se extienden al espacio público), el gremialismo emerge como mejor representante político de la agenda valórica del Vaticano.
Puedo imaginar cuatro mundos en el mapa ideológico chileno del futuro. A la extrema izquierda, una minoría reivindicacionista alineada con el proyecto "bolivariano", seguida de una robusta fuerza socialdemócrata progresista, heredera legítima de los últimos lustros de la Concertación. Luego, una corriente liberal de centro que abrace la autonomía del mercado tanto como de las opciones de vida del individuo, para finalizar con una derecha conservadora y tradicionalista.
La DC no tiene espacio propio en este escenario. Sus nuevas generaciones podrían sentirse cómodas y bien representadas tanto en la mirada socialdemócrata (el sector chascón) como en la agrupación liberal (los "príncipes"), e incluso algunos en sectores confesionales. Tampoco es realista ilusionarse con la reactivación de un discurso comunitarista, ya que en contextos escasamente multiculturales como el nuestro hay pocas expresiones políticas para hacerlo carne.
Nada de esto es nuevo en el mundo. La renovación socialista ha dejado fuera de juego al socialcristianismo dentro de la izquierda, en muchos casos absorbiéndolo. En otros, la DC ha ocupado justamente la vereda contraria, haciendo las veces de centroderecha moderada, como en Alemania o España. Pero en otras decenas de casos, desde Italia a Guatemala, los partidos democratacristianos han ido bajando el telón.
Por supuesto, todo esto es teoría. La DC podría obtener resultados dignos en la próxima elección. ¡Hasta ganar la Presidencia! Claro, con el mismo padrón de los últimos 20 años. Por eso, aunque les venga un último aire, ya es hora de empezar los preparativos de un merecido funeral de Estado.
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