El terremoto del sábado 27 de febrero, que dejó varios cientos de muertos y causó una dramática destrucción en el centro del país, especialmente en las regiones del Maule y del Biobío, no sólo es motivo de duelo y de pesar por las personas fallecidas y por la destrucción que causó. También nos obliga -no sólo al Estado, sino que además a la comunidad nacional- a hacer lo necesario para aliviar a las víctimas, reconstruir lo averiado y restablecer la normalidad.
Chile tiene una larga experiencia -tan dolorosa como reconfortante- de ser capaz de superar la destrucción y los sufrimientos de las catástrofes con que la naturaleza suele golpearnos. Nada puede impedirnos hacerlo nuevamente. Tanto nuestros gobernantes y autoridades como los ciudadanos compartimos el deber de participar en este necesario esfuerzo.
Se trata de una tarea nacional, que compromete a todos los chilenos y que por su naturaleza está por encima de las divisiones partidarias. Así se ha entendido cada vez que nuestra patria ha sufrido un golpe semejante y ha sido necesario un esfuerzo colectivo de reconstrucción nacional.
Corresponde, principalmente, al Ejecutivo y al Congreso Nacional adoptar las medidas para impulsar y llevar a cabo esa reconstrucción. El nuevo gobierno tendrá la responsabilidad de conducir dicho proceso, pero, sobre todo, deberá ser capaz de convocar -con espíritu de verdadera unidad, en las palabras y en los hechos- a todos los compatriotas a esta tarea.
La naturaleza se ha preocupado de demostrarnos, cada cierto tiempo, la vulnerabilidad de nuestro país, así como también la igualdad esencial de las personas. Cuando nos sentimos orgullosos de nuestro progreso, de nuestras carreteras, de los logros alcanzados en la salud, en las viviendas, en las comunicaciones, nos llega este aviso que nos hace aterrizar en otra realidad. Además, la furia del terremoto no hace distingos: todos somos iguales frente a su capacidad destructora y frente al dolor que genera.
Esta catástrofe también nos ha permitido ver los dos rostros del ser humano. El primero, expresado en los saqueos y el descontrol de algunos -los menos, por cierto- y el segundo, en la solidaridad y la fuerza para salir adelante que ha mostrado la mayoría. Pareciera ser que esta capacidad ya se ha convertido en una de las características del alma de Chile.
De allí que sea tan negativo como injusto centrarse en la cara fea y la búsqueda de errores que, en un terremoto de esta magnitud, es imposible que no se produzcan o queden al descubierto. En vez de ello, debemos poner todo nuestro empeño en apoyar esa fuerza y generosidad que está tan bien dispuesta, para sobreponernos y reconstruir nuestro país.
Estos cataclismos -que ya son parte de nuestra identidad- nos dan la oportunidad de demostrarnos, a nosotros mismos y al mundo, que podemos unirnos y -como en los años 30, en los 60 y en los 80- asumir con éxito esta tarea común. Y, de paso, ir reconstruyendo, no sólo caminos, casas y hospitales, sino una mejor sociedad.
Este es el gran desafío que a todos los chilenos -civiles y militares, gobiernistas y opositores- nos impone la tragedia que, una vez más, golpea a nuestra patria. La circunstancia de que ella haya ocurrido en vísperas de un cambio de gobierno -decidido por la ciudadanía en enero y a punto de concretarse en la ceremonia de transmisión de mando del próximo jueves- no puede ni debe ser obstáculo para enfrentarla con entereza y solidaridad.