Hasta el 27 de febrero pasado, Chile se aprestaba a iniciar el año escolar con un nuevo gobierno y equipo en el ministerio del ramo. Se anticipaban, también, ideas nuevas para superar el atraso existente producto de dos problemas endémicos: poca calidad y equidad en la educación. Valga mencionar que estos últimos, además de afectar al conjunto de los estudiantes chilenos, causan para muchos de ellos lo que los especialistas llaman "el doble perjuicio", que consiste en el efecto de provenir de hogares pobres y de asistir a escuelas, asimismo, pobres. Pero aquel día, la naturaleza agregó un tercero: la destrucción de muchas de esas escuelas y de sus recursos pedagógicos.
Si bien es cierto que el grado de resiliencia de los chilenos es alto, en este campo esta característica ya no basta, ya que, además del atraso educativo debido a los dos problemas críticos del sistema, el "perjuicio" para muchos de sus estudiantes pasó de doble a triple. Más que nunca antes, hoy no hay tiempo ni recursos para prueba y error.
Es urgente, primero, desechar espejismos que sugieren que aspectos formales podrían resolver, por sí solos, el grave déficit de aprendizaje de nuestros estudiantes básicos y medios. Un ejemplo es la Loce, la que varios sectores majaderamente señalaron como una causa cierta del bajo nivel de aprendizaje, el que no ha mejorado aunque fue derogada. Los problemas educacionales requieren soluciones educacionales e ideologizarlas no resolverá los primeros.
Segundo, la investigación en eficacia educacional confirma que la responsabilidad del bajo logro de los estudiantes no es atribuible a una sola variable, sino que a una combinación de factores. Tres de éstos, que sí están presentes en todos los enfoques exitosos, son la calidad de los docentes, su responsabilidad consciente por el aprendizaje de sus estudiantes y la posesión, por estos últimos, de las competencias básicas del lenguaje. Es preciso, entonces, al menos universalizar la evaluación docente y aplicar sus consecuencias, profesionalizar la actitud de los profesores y asegurar que los estudiantes lean comprensivamente al fin del cuarto año básico.
En síntesis, se requiere ubicar las soluciones sistemáticamente, excluyendo dogmatismos, percepciones intuitivas o de "sentido común" y adoptar políticas que han demostrado ser eficaces para atacar las mismas falencias en realidades similares. Sin embargo, hay que recordar que en educación, soluciones válidas en ciertas realidades no siempre lo son en otras, requiriéndose un permanente y riguroso análisis de su pertinencia y del entorno en que fueron originalmente aplicadas.
Finalmente, se precisa una recolección más eficaz de la evidencia acerca del comportamiento del sistema. Por ejemplo, hoy se comparan las escuelas a partir de los puntajes anuales del Simce, sin detectar las que, atendiendo a estudiantes de bajos ingresos, realmente mejoran su aprendizaje. Actualmente sólo se destaca a las que atienden a alumnos de sectores pudientes.
Es momento de realizar análisis que no involucren más pruebas, sino mejorar la calidad de ellas y el uso de los datos. Detectar las falencias es el primer paso hacia subsanarlas. En Estados Unidos, por ejemplo, con una crisis educacional casi tan seria como la nuestra, esta es una de las acciones más emblemáticas de su actual administración.
La mejor forma para que Chile retome su sitial luego de la tragedia es que sus niños y jóvenes puedan mirar hacia adelante. Asegurémonos de que contarán con las herramientas para ello.