Cada cierto tiempo, la naturaleza nos obliga a pagarle un impuesto cuantioso por el privilegio de habitar nuestro hermoso territorio. Los programas presidenciales deberían incluir una cláusula, que establezca que las promesas electorales son hipotéticas y que solamente podrán cumplirse en la medida que la naturaleza lo permita. El minucioso plan de Sebastián Piñera para los 100 primeros días de su gobierno, diseñado a la luz de las prioridades enunciadas durante la campaña, fue desmantelado en segundos. Este es el telón de fondo de la inauguración del nuevo gobierno de la Coalición por el Cambio.
Ahora, la prioridad es la reconstrucción. Y obviamente, esto significa una concentración de energía y eficacia gubernativa en la normalización de los sectores públicos con más daño: salud (hospitales), educación (establecimientos educacionales), comunicaciones (infraestructura); la normalización de la vida de las personas afectadas por la pérdida de sus casas y departamentos, y la normalización del sistema productivo, palanca del crecimiento y el desarrollo.
La estimación del costo de estas normalizaciones es aún conjetural. Pero es muy probable que gire en torno a US$ 30 mil millones. Distintos analistas sostienen que durante este año creceremos entre 0,7 y un punto porcentual menos que las predicciones que expertos e instituciones nacionales e internacionales habían pronosticado para este año. Ingresaremos, entonces, con retardo a la batalla por un crecimiento medio de 6,0% durante el cuatrienio.
Ciertamente, el impulso al crecimiento seguirá vigente, como una "meta-prioridad", porque es la principal fuente de recursos para generar empleo y lograr la creación de un millón de nuevos puestos de trabajo durante la presidencia de Piñera. El crecimiento económico es esencial para acercarnos a la renta per cápita que nos permita alcanzar, en el 2018, niveles de bienestar similares a aquellos que disfrutan los países miembros de la Ocde de la Europa mediterránea.
Muchos piensan que los designios de la naturaleza son misteriosos y difíciles de descifrar. Uno de esos designios, según algunos, nos dice que la destrucción es una oportunidad y una vehemente motivación para que los seres humanos hagamos mejor las cosas. En este sentido, el nuevo gobierno no solamente reconstruirá y reproducirá, en el sentido material de estas palabras, sino que recreará y expandirá la infraestructura educativa y de salud aventada por el sismo, en conformidad con su proyecto de un cambio cualitativo en las dos áreas. En consecuencia, habrá una obra reconstructiva, pero no imitativa del pasado, sino funcional al propósito de la promoción de la calidad, excelencia educativa y de la salud.
También, la naturaleza nos ha enviado dos potentes mensajes. El primero es que el caos pervierte a los espíritus y que toda comunidad organizada debe disponer de la capacidad de garantizar y proteger la vida y los bienes de las personas. Y enseguida, que la solidaridad, el afecto y la compasión van de la mano con las políticas de asistencia social, permanentes y de emergencia, que el nuevo gobierno va a racionalizar y fortalecer.
Creo que el nuevo gobierno realizará sus principales proyectos. Cambiará el orden de las prioridades y los tiempos de su ejecución, pero no su espíritu, vital, eficiente y urgente, ni la previsión optimista de su resultado final. Es mucho lo que está en juego: se inaugura una nueva presidencia, pero a la vez, se inaugura un nuevo ciclo en la historia política de nuestro país.