El debut del nuevo gobierno resultó bastante particular. Nadie podrá discutir que fue un inicio acorde y coherente con el estilo y la personalidad del nuevo Presidente.
Es de esperar que, siguiendo esta misma línea, el carácter que se imponga sea el natural y propio de Piñera, y no se busque imitar ni copiar la manera de ser y actuar de otros líderes mundiales, algunos de los cuales ya empiezan a ver el fracaso de lo que creían un modo novedoso de gobernar. Se podría afirmar que el cambio prometido durante la campaña ya comenzó y se va manifestando de las más variadas, curiosas e inesperadas formas. El primer día o, más bien, medio día de gobierno fue sin duda movido, sin protocolo ni horarios que lo restringiera, pero el Presidente se mostró tal cual es y debiera ser.
Pero la acción no basta, también importan las palabras, y el discurso inaugural de Piñera fue, sin duda, el mejor que se le ha oído. Habrá tiempo para mejorar algunos aspectos retóricos, pero se debe reconocer que era el momento oportuno para que los ciudadanos escucháramos un discurso profundo, pronunciado con pasión, centrado en el sufrimiento, el dolor y los sueños frustrados de las personas y, a la vez, mostrando liderazgo al incitar a tener coraje, esfuerzo y voluntad de lucha, rindiendo homenaje a los verdaderos héroes contemporáneos. Un discurso con sentido de trascendencia que invita a levantar también el alma y buscar el progreso espiritual.
Aunque todo gobierno tiene derecho a una suerte de "luna de miel" -y las circunstancias del terremoto exigirían una tregua política-, todo indica que esta vez no será así, y el respeto a los clásicos "primeros 100 días" no correrá. Perder el poder después de 20 años es un sismo político muy fuerte para la Concertación, que antes que solucionar sus grietas optará por unirse en torno a la crítica fácil. El nuevo gobierno deberá capitalizar esta situación con rapidez, evitando las réplicas que le producen temas como la venta-no venta de las acciones de Lan; la polémica por el logo; las autoridades aún no nombradas o los errores en la forma de designarlas. No se puede gobernar dando explicaciones.
Aunque suene insensible, en política las calamidades son una oportunidad, como sostiene la sabiduría china respecto de toda crisis. Bachelet ganó la elección gracias a una catástrofe que la catapultó en las encuestas y ahora se fue con otro desastre que podrá remover el resultado de su gobierno, pero que fortaleció su imagen personal. Para un hombre de acción como Piñera, la reconstrucción es un buen hábitat.
El afán de mostrar acción debe tener presente, como toda comunicación, el contexto en que se realiza, que influirá en la interpretación que le dé la ciudadanía. La línea que separa una acción oportuna de una sobrerreacción es extremadamente sutil, sobre todo cuando el ciudadano común las observa por televisión. De ahí que se debe tener especial cuidado con la repercusión que tiene tanto lo que dice como lo que hace la autoridad, procurando también no generar una percepción de improvisación y descoordinación. Las palabras también reconstruyen: confianza; unidad y esperanza. Un aspecto que algunos no siempre valoran en su real importancia, pero que Piñera parece entender.
La derecha, después de 52 años, y Piñera, por su perseverancia, se merecían un cambio de mando austero, pero brillante, y con una pomposidad acorde al momento histórico. En seis meses más, legítimamente debería poder celebrar, por todo lo alto, la reconstrucción y el Bicentenario.