Partió movido el año del Bicentenario. El terremoto que precedió en dos semanas al traspaso de mando enlutó la vida de algunos, cambió parte de nuestro paisaje, hizo desaparecer de golpe el ánimo veraniego con que veníamos. También, varió las prioridades del gobierno que parte y trizó la imagen en el espejo en que nos mirábamos, agrietando la figura apuesta y pujante de nación moderna pronta a salir del subdesarrollo (que tanto nos place), la que quedó ensombrecida con la aparición del pillaje que afloró a la primera en que el Estado se ausentó, que quedó ajada ante tanto sistema de comunicación de última generación que falló y aparenta menos vigor con instituciones y autoridades que no reaccionaron como se esperaba.
El nuevo gobierno contará con un "veranito de San Juan" en materia de demandas ciudadanas y tendrá, en las zonas devastadas, una oportunidad privilegiada, aunque también una prueba de fuego, para mostrar la capacidad de buena gestión que ha prometido como su sello. Promesa de eficiencia que probablemente incidió en inclinar la balanza electoral a su favor frente a una Concertación desgastada
Pero restablecidas las escuelas y los puentes, cuando los privados, con subsidios y alicientes, estén en plena reconstrucción de las casas, el gobierno de Piñera habrá de mostrarnos hacia dónde quiere conducir la micro, al servicio de cuáles proyectos pondrá la pujanza, el vigor y la prolijidad que asegura tener. Habrá de salir de la administración para entrar en la política. Entonces, deberá escoger entre las muchas promesas de campaña, expresarlas con precisión y enfrentar el desafío no sólo de gestionar, sino de hacer cambios en el orden establecido con los consiguientes costos políticos que ello acarrea.
Lo que permaneció inalterable fue la popularidad de Bachelet. Pero sería malo para el país y letal para su futuro si la Concertación -que más que ser vencida por un proyecto alternativo vigoroso, fue derrotada por su propio cansancio- mal interpreta ese capital que tiene y cayera en la tentación de quedarse en la nostalgia, en la ilusión de creer que volver al gobierno sólo es problema de tiempo si se cuida la popularidad de la ex Presidenta.
Si así ocurriera, el tiempo, que no pasa en vano, será corrosivo para una Concertación que sólo puede renacer si se tensiona a sí misma discutiendo el proyecto de futuro que pueda volver a aglutinarla y a recobrar la fuerza que un día la caracterizara. El país sabe que los gobiernos los lideran personas, pero los conforman conglomerados.
El terremoto también mostró con enorme fuerza la importancia de la política, pues se vio lo gravitante que son esas decisiones que tomamos o dejamos de tomar en los órganos que ella conforma: apreciamos de golpe que las vidas de tantos dependen del acierto o desacierto de las normas que crea la política al regular, por ejemplo, la construcción de edificios, establecer la necesidad de alertas u obligarnos a respetar la propiedad de otros; que la capacidad de controlar su estricto cumplimiento, aun en las edificaciones que no quedan a la vista, aun en las noches en que no parecía haber imprevistos, aun en medio de los desastres, puede salvar vidas y evitar dolores; que la capacidad de reacción de quien gobierna o administra hace una enorme diferencia; que la reacción colectiva después del desastre sí tiene importancia.
Chile y la política cambiaron en el marzo del Bicentenario, pero la dirección exacta del norte para el que quedamos mirando después de tanto movimiento no la decidirá la naturaleza, sino que habremos de definirla colectivamente durante la etapa que estamos iniciando.