El verdadero desafío que tiene Chile ahora, luego del terremoto, es construir un paisaje nuevo de ciudades y pueblos que conserven las tradiciones que siguen vivas y boten las que están muertas. Y no reconstruir lo que es irrecuperable, por nostalgia de un pasado que ya no existe. El territorio tiene que ser fecundo para la vida tal como es hoy y no para la del pasado.
Lo principal no se cayó ni se lo llevó el mar. La belleza, que es fruto del amor con que se hacen las cosas, incluso las más humildes y cotidianas, está viva en la cultura y que hay que cuidar más que a los edificios de adobe que finalmente se caen. La verdadera tradición es hacer las obras con cuidado para que la belleza aparezca y pueda inspirar las nuevas construcciones, que serán memoria histórica en apenas 80 años.
La cultura que hay que cuidar, se cuida usándola. Los pueblos y ciudades del valle central de Chile fueron fundados casi de una vez, para habitar el territorio y cultivar el campo de un modo más permanente o demorado, que sus antiguos habitantes.
La cultura actual es la ciudad, aunque uno viva en el campo. Esto ha originado cambios que se reflejan en el territorio. Entre otros, el despoblamiento del campo y de los pueblos chicos y el crecimiento acelerado de las ciudades más grandes. Y aunque nos empeñemos de palabra en impedirlo, el desarrollo que hemos elegido las agranda, porque ofrece oportunidades más ricas y diversas que el campo. "Vayámonos al campo, para aprender a amar las ciudades", algo así dice Godofredo Iommi.
Hace mucha falta un plan maestro que entienda el territorio como un conjunto y que le dé a cada localidad un destino que sea favorable para la vida tal como es allí y ahora. También, evitar los planes aislados que conocemos por los diarios y que tratan al territorio como una suma de partes a ser pensadas por separado: los caminos y puentes por el Ministerio de Obras Públicas, y un plan de recuperación de pueblos y ciudades con 80 proyectos distintos, licitados sobre bases tan imprecisas como, por ejemplo, conservar y preservar "imágenes urbanas", fachadas continuas, techos de teja, corredores, etc.
Muchas autoridades no ven en la cultura una fuente común de inspiración y riquezas, sino que quieren destacarse por innovar. Pero olvidan que ser original no consiste en buscar novedades, sino en volver al origen y hacer las cosas de nuevo un poco mejor.
Sin soñar con palafitos asiáticos, por miedo a tener planes propios, ni dejar que la industria financie los planes maestros de las ciudades donde tiene intereses; sin densificar las ciudades y pueblos que nos gustan dispersos, ni pensar por ahora en represar el Mapocho, porque no hace ninguna falta, etc.
La Constitución chilena garantiza el derecho a vivir en un ambiente sano. Y yo llamaría sano a un ambiente cultural donde hay trabajo, se hacen negocios y, al mismo tiempo, se cuida la belleza cuya gratuidad nos hace humanos.
Tal vez por eso, más que asesores, se necesita "Un Arquitecto Para Chile" que lidere el proceso, tal como lo hicieron de alguna manera, y en su momento, arquitectos de la talla de Fernando Castillo, ex alcalde de La Reina; Héctor Valdés, ex vicepresidente de Corvi; Marcial Echenique en el MOP, y Mario Pérez de Arce, Cristián Fernández C. y Christian de Groote en sus escritos.
Tal como me enseñaron, prefiero estar equivocado, que estar confundido. Y por eso he tratado de ser preciso, a riesgo de exagerar o equivocarme.