Más que hablar de una tendencia literaria, halagar una moda o adherir a un movimiento, quisiera reparar en tres libros que nacen de acontecimientos reales, que desafían lo políticamente correcto y que ponen a sus autores como protagonistas: La hija de la amante, de A.M. Homes; Missing, de Alberto Fuguet, y El material humano, de Rodrigo Rey Rosa. Son trabajos fascinantes, extremos y conmovedores. Lo más mezquino sería calificarlos de "interesantes". Aquí hay un manejo ejemplar del punto de vista, capacidad para combinar ingredientes (archivos, cartas, entrevistas, testimonios) y un motor narrativo tan bien aceitado que el relato fluye sin esfuerzos. Pero, en definitiva, lo que hay en estos tres libros es carne y lágrimas y silencios, rencor y coraje y compasión. ¿No se compone de esto la vida?
La hija de la amante narra el encuentro de A.M. Homes con sus padres biológicos a los 31 años. Su madre, Ellen, la entregó a una familia cuando se convenció de que Norman, el papá, jamás dejaría a su esposa e hijos, jamás se iría con su joven amante. Homes creció sabiendo que era adoptada, lo que, por supuesto, no la previene de la conmoción que significó enterarse que su mamá biológica la estaba buscando. Se obsesiona por saber de dónde vienen sus padres, contrata investigadores, se especializa en la búsqueda a través de internet, investiga en archivos municipales. "El deseo de conocerse a uno mismo y la propia historia no siempre es equiparable al dolor que provoca esta nueva información", escribe Homes, una vez que ha comprendido que su madre, enferma y desesperada, se ha puesto en contacto porque necesita ayuda: Ellen quiere (exige) que la cuide justamente la niña que ella abandonó. El padre, con quien también se encuentra, promete integrarla a la familia, aunque claro, Homes sabe lo que vale su palabra.
La identidad de las familias se construye sobre la base de relatos que se superponen, a veces se contradicen, y en buena medida para eso están las reuniones en que se desenrrolla el pasado. Siempre quedan puntos suspensivos, zonas ambiguas, áreas de discusión que para alguien resultan into-lerables. Algo de eso está en la génesis de Missing, la búsqueda de Alberto Fuguet de su tío Carlos, quien perdió todo contacto con la familia en los 70. El autor viajó de Santiago a Los Angeles y de ahí a Denver, convertido en un detective certero y sentimental. La pesquisa nos permite conocer la accidentada vida de su tío: fue recluta del ejército, estuvo preso, animó las noches de Miami tocando congas, trabajó en moteles de cuarta categoría. Lo que permite, sin embargo, que el libro adquiera dimensiones sobrecogedoras es el paseo por toda una familia y sus disfuncio-nalidades, con el abuelo inflexible y la abuela resignada, con los padres de Fuguet separándose, con los sueños amontonados en el cuarto del fondo y las vidas deshilanchándose. Un libro va-liente, capaz de explicitar lo que nadie se atreve a decir: hay padres e hijos que no se quieren. O no lo suficiente.
Rey Rosa cuenta su inmersión en el Archivo Nacional de Guatemala con la intención de hacer una historia de los artistas perseguidos por la policía y también de los que colaboraron. Al poco andar se da cuenta de que sería una tarea imposible, porque está todo desordenado. Entonces encuentra un hilo conductor: la vida de Benedicto Tun, el funcionario que durante 50 años dirigió el Gabinete de Identificación. "¿Pudo ser un hombre decente?", se pregunta Rey Rosa antes de entrevistarse con el hijo de Tun y antes de que se le prohibiera, por cierto, seguir indagando en el Archivo.
Rey Rosa desconoce la razón de la interrupción. Podría ser un comentario desafortunado en un curso sobre violencia y poder (sugirió que es difícil que los campesinos mayas hayan abrazado la ideología marxista, pues la mayoría son analfabetos) y también es posible que algunos de los investigadores estuviesen relacionados con el secuestro de su madre, durante seis meses, en 1981. El autor, quien intuía que el rapto fue obra del gobierno, ahora tiene indicios de que podría ser responsabilidad de algún grupo de izquierda. En su momento, claro, nadie hizo ningún tipo de investigación y todo quedó en suspenso, como el mismo Rey Rosa en los momentos en que escribe este libro excepcional.
Hay ciertas revelaciones que no pueden ser narradas en clave de ficción. La sordidez de lo real sólo acepta un lenguaje realista, una prosa directa y rápida en la que el testimonio se funde con otros materiales. El proceso de montaje siempre da espacio a la ficción, pero es claro que hay acontecimientos en los que no se puede "fingir" que se tiene el control. Esa es la moral que inspira esta literatura sin máscaras, esta literatura que ante el absurdo, la amnesia y la banalización en que vivimos, se alza como una voz humana. Qué alivio.