Señor director:
Jorge Littin, en su carta del domingo, señala que no es un absurdo pensar que en las máquinas tragamonedas influya la "destreza" del jugador en el resultado. Pero, aunque no fuera un absurdo pensarlo, sí es altamente improbable que la forma de apretar el botón de un tragamonedas pueda ser calificado como un juego donde predomine la destreza o inteligencia del jugador.
En todo caso, el espíritu general de nuestra legislación es contrario a los juegos de azar por tres razones fundamentales. Primero, porque en ellos la pasión propia de todo juego se alía a la fascinación que produce en el ser humano la expectativa de ganar dinero fácilmente, expectativa que es racionalmente falsa, porque a la larga siempre se termina perdiendo. Segundo, porque esa ilusión desincentiva el trabajo y fomenta la ociosidad. Tercero, porque, generalmente, las personas tenemos un peculio limitado con el que atender nuestras obligaciones tanto personales como familiares e incluso sociales, las que nos imponen administrar nuestro patrimonio con prudencia, orden y disciplina.
Los juegos de azar contrarían esos buenos hábitos y arriesgan el derecho de prenda general de los acreedores sobre nuestro patrimonio. Por eso, la insolvencia a consecuencia de pérdidas en ese tipo de juegos no es nunca fortuita, sino siempre culpable.
Alvaro Astaburuaga Gatica