Una de las desgracias de vivir en tierra de terremotos es la sostenida pérdida de patrimonio arquitectónico. En cada sismo se nos van iglesias, monumentos, casas y edificios construidos hace siglos. Desde sus escombros nos mira la historia de un país que no por estar habituado a las catástrofes, sufre menos con ellas.
El terremoto del fin de semana pasado fue particularmente cruel en este sentido. Las típicas construcciones de adobe, que tienen la particularidad de tener techos muy pesados (tejas y barro), nada de aptos para resistir sismos de alta intensidad, se perdieron a montones en pueblos como Pumanque, Lolol, El Huique, Chanco o Empedrado. Numerosas iglesias sucumbieron, al igual que varios museos y edificios públicos.
Muchas de estas construcciones se han perdido para siempre. Otras podrían ser recuperadas, pero a un costo que sus dueños probablemente no estén en condiciones de solventar, por lo que terminarán derrumbándose. Con cada una de ellas se va un pedazo de la historia y la identidad de Chile.
¿Nadie puede hacer algo? En otros países más conscientes de la importancia del valor patrimonial se harían esfuerzos enormes para rescatar lo que se pueda e iniciar el proceso de restauración. Parece difícil que aquí ocurra algo por el estilo.
Es común pasar por un lugar y escuchar de algún pariente "aquí estaba la casa de fulano o el museo tal que se cayó para el terremoto". Una frase que escucharemos muy seguido en el futuro próximo. (IIS)