La mayoría nunca lo logra y ni siquiera lo intenta, pero de seguro no hay político que no ambicione la Presidencia. Sin embargo, lo cierto es que nadie lo pasa bien en La Moneda. Eso lo demuestran los rostros y la gestualidad de los ex presidentes(as), quienes dejan el cargo visiblemente agotados, ansiosos de retomar rutinas más apacibles y de pasar más tiempo con sus familias.
Basta ver el primer día de Sebastián Piñera como mandatario: apenas juró en el Congreso, algo con lo que soñaba desde hace décadas, cuando debió cambiar la banda presidencial por una chaqueta de aviador y viajar a la VI Región para visitar la zona afectada por los temblores del jueves, que remecieron la ceremonia de cambio de mando. El poder tiene su gracia, pero pan comido, no es.
El reverso, claro, es el que debe estar ponderando -en estos precisos momentos- la ex Presidenta Michelle Bachelet. Porque si aceptar la carga del Estado es la más pesada de las responsabilidades, no debe haber mayor alivio que dejarla en otras manos. ¿Cómo culparla ahora si, cómodamente instalada frente al televisor y sin tener que responder por los destinos de todo un país, se permite una sonrisa y piensa para sus adentros: "Si me llaman, no estoy"?
Después de cuatro años gobernando Chile, el descanso es merecido. Todo Presidente tiene satisfacciones en el cargo, pero de seguro son más los sinsabores, las preocupaciones, las tensiones y los desvelos. Por no hablar de la consabida soledad del poder. En este caso, el que pierde su silla, se gana unas vacaciones. (PGA)