Cold Blood: siete paseos con la muerte

Jaco Van Dormael y la coreógrafa Michèle Anne De Mey.

El cineasta belga Jaco Van Dormael y la coreógrafa Michèle Anne De Mey, su esposa y dupla creativa de Kiss & Cry, hablan del nuevo espectáculo que los traerá nuevamente a Chile este 19 y 20 de mayo, al Teatro CorpArtes. La “nanodanza”, el teatro y la filmación de una película en tiempo real se funden para narrar siete muertes a cargo de seis virtuosos pares de dedos.


¿Qué imágenes se le vienen a la cabeza a una persona moribunda? ¿Qué recuerdos afloran en los pasajeros de un avión que se ha perdido entre la niebla y antes de desplomarse sobre un bosque, en quien conduce a toda velocidad un automóvil a punto de estrellarse o en un obstinado suicida que cumplirá con su cometido? Siete pasajes de la vida a la muerte y siete escenas, como recuerdos, trazan el “viaje de ensueño” que es Cold Blood, el más reciente espectáculo del colectivo Kiss & Cry, en palabras del laureado cineasta belga y doble ganador en Cannes, Jaco Van Dormael (1957).

“De alguna forma es como si todos nosotros nunca estuviésemos acompañados de la vida, sino de la paciente muerte que aguarda el momento preciso para actuar”, dice desde Bruselas el director de alabadas cintas como Toto, el héroe (1991), Octavo día (1996) y Mr. Nobody (2009), quien estos 19 y 20 de mayo estrenará el nuevo montaje en el Teatro CorpArtes junto a su mujer, la coreógrafa Michèle Anne De Mey (1959), para repetir el éxito que ambos tuvieron en su paso por nuestro país en los años 2012 y 2013.

Sentada en un andén y a la espera del próximo tren, una mujer se preguntaba hacia dónde iban nuestros seres queridos y antiguos amores una vez que morían en la conmovedora Kiss & Cry, vista por más de 180 mil espectadores en 20 países alrededor del mundo. Para esta nueva pieza, sin embargo, estrenada en la Bélgica natal de ambos en 2015, Van Dormael y Mey volvieron a indagar en la artesanía de una técnica que combina danza, teatro y cine para esta vez poner sobre la pantalla y una serie de micro-escenarios -hechos con autitos de juguete y brócolis en lugar de árboles- las siete muertes consecutivas de un grupo de personajes encarnados por las seis manos de tres bailarines, Gabriella Iacono, Grégory Grosjean y la propia Mey.

“Nos preguntamos qué ocurre con alguien que sabe que tiene en frente la muerte. ¿En qué piensa, qué recuerda y a qué le teme? O, si acaso, ¿es realmente más aterradora la idea de morir que la de seguir vivo?”, se suma Michèle Anne De Mey, la única de los dos que vendrá a Chile en esta pasada, cuenta. “No es necesario que yo vaya ahora, pues el equipo técnico tiene clara su función y sabe cómo moverse discretamente arriba del escenario para provocar el efecto que queremos”, explica Van Dormael, quien en sus dos visitas anteriores a nuestro país recorrió el desierto de Atacama y Valparaíso.

Dulce agonía

“Tres, dos, uno. Cuando abres los ojos, todavía estás vivo”, advierte la gruesa voz del narrador al inicio del montaje y en una suerte de hipnosis que ayudará a encauzar al público por este viaje sensorial y que elogia a la vida al borde del ocaso. “Vivirás siete muertes, cada una sorprendente y como si fuera la primera. Luego regresarás a salvo, donde ningún viajero logra regresar. (…) Cuando estamos allí, frente a ella, vemos que la muerte no es tan grave…”, se vuelve a oír al inicio del texto escrito por Thomas Gunzig, guionista que colaboró en la más reciente película de Jaco Van Dormael, El nuevo Nuevo Testamento, estrenada en 2016.

El grupo de artistas se mueve con destreza arriba del escenario. A veces solo con los dedos de sus manos, que recorren los decorados en miniatura y con dedales cubriéndoles las yemas en una escena que recrea un virtuoso número de tap. En otros momentos, en tanto, lo hacen con todo su cuerpo, como cuando Mey rinde un homenaje a Pina Bausch y a su montaje Café Müller (1978), siempre seguidos todos por la lente de una cámara previamente dirigida por el cineasta belga que, al mismo tiempo, filma una película que se proyecta en simultáneo sobre una pantalla.

“Nada está registrado de antemano. Nada se guarda. El único apoyo es el recuerdo de las personas que vieron el espectáculo y disfrutaron de esta nanodanza”, comenta la bailarina. “El cine no deja tanto espacio para la improvisación”, se suma Van Dormael a sus palabras: “Esta es una película que solo existe sobre el escenario. El ojo viaja entre este último, donde está el equipo que está haciendo la película y los bailarines, cuyas manos solo se filman, y el resultado que está en la pantalla. Entonces vemos con los ojos lo que no muestra la cámara, y la cámara muestra lo que es demasiado pequeño para ser visto con los ojos. Hay una doble lectura y recepción ahí”, añade.

Acompañada de una banda sonora que incluye clásicos, como la Sonatina II de György Ligeti, y las pegajosas Little Girl Blue de Janis Joplin, Perfect day de Lou Reed o Space Oddity de David Bowie, las siete muertes se revelan una tras otra y en un relato que mezcla la nostalgia y el humor. “Es inquietante y maravilloso el lenguaje que han creado Van Dormael y Michèle Anne De Mey con su colectivo Kiss & Cry”, comentó la crítica escocesa tras el paso de Cold Blood por el prestigioso Festival de Edimburgo.

“Esta historia nunca termina siendo aterradora”, advierte Mey. “Por eso los niños pueden venir y dejarse llevar por lo bidimensional de la propuesta que hemos elaborado”, concluye. Van Dormael, por su parte, quien ha confesado antes su debilidad por los recuerdos como diamante en bruto para pulir sus historias, añade: “La memoria es un montaje de la realidad. Un montaje que da sentido a tu vida y determina las decisiones que tomas. Nuestra memoria y nuestra mente dan sentido a los recuerdos y los ordena y hace trucos con ellos. Nuestro recuerdo puede ser correcto o incorrecto, pero eso en realidad no importa. No soy realmente un tipo que podría llamarse a sí mismo un nostálgico, pero utilizo la lógica del sueño y la recolección para contar historias, como Federico Fellini”.

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