Guillermo del Toro: El señor de los monstruos

Autor: Pablo Marín

El jueves se estrena en Chile La forma del agua, película del realizador mexicano que compite por 13 premios Oscar.


Este año las estatuillas le sonríen ampliamente al guadalajareño Guillermo del Toro (53). Con 13 nominaciones al Oscar, La forma del agua, que escribe y dirige, es clara favorita de cara a la ceremonia del 3 de marzo. Y aun si no se alzara con el triunfo, ya parece haber llegado bastante lejos. En Hollywood y en el resto del mundo.

Ahora que su buena estrella confirma -una vez más- el peso mundial de la “trinidad” mexicana (que también integran sus colegas y amigos Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu), el realizador, guionista, productor y novelista corona con su décimo largometraje una trayectoria sembrada de reconocimientos. Una carrera poblada de recurrencias y obsesiones que han encontrado un eco sostenido en la industria, el circuito festivalero y la crítica.

El nuevo punk

“Vivimos en un mundo raro, donde el odio y el cinismo se consideran discursos inteligentes, y si hablas de sentimientos, suenas como un idiota. La emoción es el antídoto, es el nuevo punk. Por eso quería una película enamorada del amor y del cine, mi obra más esperanzadora”.

Tras recibir el León de Oro en Venecia 2017, Del Toro se despachó un discurso en el que sintetizó parte de su credo y advirtió a los espectadores respecto de lo que se encontrarían. Advertidos o no, estos últimos han reaccionado con un boca a boca perceptible, por ejemplo, en las redes sociales (“Amé La forma del agua”, tuiteó el escritor Francisco Ortega, mientras que en Facebook el crítico Daniel Olave habló de “la obra maestra” del mexicano).

La película sitúa al espectador en 1962, en un laboratorio gubernamental semisecreto, y centra su intriga en la empleada del aseo Elisa Esposito (Sally Hawkins). Muda, Elisa tiene de amigos a un pintor solitario (Richard Jenkins) y a una compañera de trabajo que es ante todo una amiga y una cómplice (Octavia Spencer).

Envuelta en esa atmósfera de oscuro cuento de hadas que define el look y hasta la moral de las cintas del jalisciense, la intriga se dispara cuando llega al laboratorio un rarísimo ejemplar: un ser calcado del que estelariza El monstruo de la laguna negra, la cult movie de Jack Arnold (1954). ¿De dónde habrá salido un ser tan extraño?, parece preguntarse Elisa, quien no puede evitar ir cada vez que puede a visitar el acuario en que lo mantienen. ¿Por qué lo siente tan cercano? La película se encargará de contestar esas y otras preguntas a medida que va desplegando una línea argumental muy de la Guerra Fría.

“La idea era mostrar que ahora uno siente cómo se habla con gran encono hacia la otredad, hacia ‘el otro’, y la cinta trata de proponer la idea de que todos somos los otros”. Hablando de La forma del agua tras mostrarla en el Festival de Toronto, el cineasta daba otra clave de una cinta que considera distinta del resto de su filmografía. Una que fluye y se desparrama de modo que la fantasía con dejos de horror se complemente con apuntes sobre la diversidad sexual, la discriminación racial, los roles de género y otros temas, todos muy contemporáneos.

Dicho lo anterior, el Del Toro de ayer y el de hoy se parecen. Comparten temas, recursos y visiones del mundo. Dan cuenta de un hilo conductor, el mismo que ha ganado simpatías y empatías críticas, así como admiraciones de colegas que rayan en el fervor. Como James Cameron, que en la “Oda al maestro” con la que prologa el Gabinete de curiosidades del mexicano, lo compara con Da Vinci, ambos dueños de “un genio único en su tiempo y quizá en todos los tiempos”.

Monstruosidades

Que en el libro colectivo The transnational fantasies of Guillermo del Toro (2014) el plural y el singular del sustantivo “monstruo” figure 235 veces, sugiere que entre los eruditos la asociación entre nombre y temática está clara. Pero no sólo entre ellos: al fondo de la cultura pop, este universo que pueblan criaturas fantásticas, encarnaciones del mal y alegatos humanistas es muy familiar. Y el propio Del Toro se ha encargado de sintetizarlo: en sus películas, en sus libros, en los videojuegos con los que ha colaborado y, ciertamente, en la temporada XXVI de Los Simpson, para cuyo especial de Halloween dirigió unos créditos que parecen un compendio del horror en la literatura y en el cine.

La propuesta del realizador cobró vuelo desde su primer largo (Cronos, 1992), cuyo estatus de culto llegó muy pronto. Cinta mexicana con dos de sus actores fetiche (Federico Luppi y Ron Perlman), versa sobre la vida eterna, la sangre, los vampiros, un viejo alquimista que legó un artefacto milagroso y una niña que, como la Elisa de Hawkins, no habla.

Las críticas y los premios abrieron el apetito del hoy execrado Harvey Weinstein, quien a través de Miramax financió Mimic (1997), con Mira Sorvino y un ejército de bichos de distintos tamaños. Más bien genérica, la cinta no marcó el domicilio artístico del cineasta en Hollywood. Eso sí, un año más tarde él y su familia se mudarían a Los Ángeles: el secuestro de su padre le quitó toda ilusión de vivir con seguridad en su país.

Llegarían más tarde dos de sus filmes más celebrados: El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006), ambientados respectivamente en la España de la Guerra Civil y del franquismo, ambas lidiando con demonios reales y figurados. En medio, hay un par de encargos basados en cómics: Blade II (2002) y Hellboy (2004). Más tarde, se daría el lujo de desechar la realización de El hobbit, al tiempo que su presencia en el espacio editorial y televisivo se ampliaría considerablemente. Hay quienes esperan aún que Del Toro “interprete” En las montañas de la locura, de H.P. Lovecraft. Otros, más realistas, se soban las manos esperando su versión de Pinocho, que se anuncia más oscura que la del propio Carlo Collodi, lo que ya es decir. No hay demasiado adelanto, pero es de intuir que habrá infancia perpleja, pesadillas varias, terrores diurnos y algo de compasión. De esa vertiente sigue bebiendo Guillermo del Toro.

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